lunes, 8 de febrero de 2021

Magdalenas de Pinarejo - Receta fácil y primeros capítulos de Magdalenas sin azúcar


 Magdalenas sin azúcar, con magdalenas al estilo de Pinarejo, con vino para acompañar

Las magdalenas de Pinarejo tienen fama de ser de las mejores del mundo, y no lo digo  porque yo sea de Pinarejo.

 A la tahona de Pinarejo va gente, no sólo de la comarca, sino de toda España. 

La receta de la tahona no la tengo, pero, sí una de Pinarejo, con excelentes resultados y que a grandes rasgos se le parecen bastante. Uno de los secretos está en el aceite de oliva virgen de la comarca; aunque, la mayoría de la gente recomienda aceite de oliva suave. Otro el horno tradicional de obra, o, aunque parezca broma, la vieja olla horno que se utilizaba antiguamente.  Pero, nuestro horno es eléctrico y vamos a dejarnos de tonterías y vamos a la receta.

Magdalenas estilo Pinarejo

Ingredientes (siempre a temperatura ambiente):

500 gramos de harina (tamizada con las gaseosas)

3 gaseosas azules y tres blancas, o un sobre de levadura química (16gramos)

3 huevos medianos

Un cuarto de litro de leche (para hacerlo fácil dos medidas de envase de yogurt)

Un cuarto de aceite de oliva suave (para hacerlo fácil dos medidas de envase de yogurt)

125 gramos de azúcar para el cuerpo (medida de vaso de yogurt)

Medio vaso de yogurt de azúcar, o al gusto para echarles por encima, (a más azúcar más dulce, sin pasarse, si le echas mucha azúcar, puede que no suban igual )

Elaboración:

1)     Batir los huevos con varillas, hasta que os duela la muñeca, o con batidora, también con varillas para que entre aire en la masa.

2)     A continuación, añadir el azúcar, y batir de nuevo.

3)     Seguidamente, aceite y leche y darle otra vez a las varillas con ganas.

Aparte, mezcláis muy bien la harina con las gaseosas y una vez mezcladas la vais tamizando sobre la mezcla líquida, sin dejar de batir.

Cuando ya está la mezcla homogénea, vais echándola en los moldes, hasta algo más de la mitad, que luego crecen. La dejáis en los moldes un rato, más o menos una hora en la nevera.

Precalentáis el horno a 240º

Después lo bajáis a 190º, sólo parte inferior, sin abrir hasta que estén listas (aproximadamente 20 minutos, depende del horno).

Ningún horno es igual, es importante vigilar el horneado, sin abrirlo, tampoco pongáis bandejas una encima de otra. El calor debe llegar desde abajo. 

No abráis de golpe el horno, y una vez fuera, paciencia, frías están mejor.

 

¿Cómo comerlas al estilo de Pinarejo?

 

Las magdalenas en la Mancha se han comido casi siempre con vino, lo cual no es obligatorio, faltaba más.

En mi casa siempre la hemos desmoldado antes de echarle el vino, dándole la vuelta y haciéndole un pequeño orificio, donde echamos el vino, con lo cual se logra que se empape mejor. Otros sin desmoldarla, le pegan el bocado en el copete y echando el vino. Para gustos colores.




 

Magdalenas sin azúcar

Primeros capítulos

Preámbulo

 

30 de abril de 2013

—¿Quién llevará flores a los muertos de Juncos, si están bajo las aguas del pantano? —repitió el anciano palabras muy parecidas a la pregunta pronunciada por su madre, María Flores, veinticinco años atrás, tan solo unas semanas antes de que Juncos fuese anegado por las aguas del río Júcar.

—¿Qué dices abuelo? —preguntó extrañada la joven estudiante de periodismo Clara Vieco a su abuelo, ante esas inesperadas palabras que jamás hubiese creído escuchar. El anciano, Miguel López, aquejado por el terrible estigma del alzhéimer desde hace ya más de cinco años, lleva tres años sin despegar los labios, ni tan siquiera para pedir agua, a pesar de tener casi siempre seca la boca. Clara se quedó paralizada. Quiso, a pesar de tan triste pregunta, gritar de alegría para llamar la atención de sus padres y hermano; pero estaba sola, quedándose callada, no porque no fuera a escucharla nadie, sino por no romper la magia del momento. La mano del anciano le agarró su delgada muñeca con una fuerza desconocida, casi clavándole los huesos de sus esqueléticos dedos en su brazo.

—¿Quién llevará flores a los muertos de Juncos, si están bajo las aguas del pantano? —repitió de nuevo el anciano, intentando levantar la mirada desde la silla de ruedas.

En esos instantes, el noticiario de la televisión había hecho recordar a Miguel López Flores, que era un exiliado de sí mismo, que durante los últimos veinticinco años había huido de su pasado, de sus orígenes. Que quiso olvidar lo que dejaba atrás en Juncos, cuando por fin fue cumplida la amenaza, y aquel pueblo que exportaba hortalizas hasta Madrid y Valencia, era anegado por las aguas del Júcar. Ahora, afectado por el alzhéimer, poco a poco se había apagado hasta no articular palabra, como si fuese mudo.

 En la televisión podía ver la torre del campanario de Juncos sobresaliendo por encima de las aguas del pantano, fue entonces cuando repitió las últimas palabras que escuchase a su madre, María Flores, veinticinco años atrás, añadiendo otras:

—¿Quién cantará todo lo que el jilguero no pudo cantar?

—¿El jilguero? Abuelo, ¿qué jilguero?

—El jilguero, el que se quiso escapar de la jaula, ¿no te acuerdas? —y parecía que intentaba llorar y se había olvidado de hacerlo.

Su nieta, asombrada, era incapaz de pensar, sin saber cómo reaccionar, se agachó sacando un pañuelo kleenex para limpiar las furtivas lágrimas que comenzaban a bajarle desde el lagrimal a su abuelo.

Clara se quedó en cuclillas mirándolo fijamente a los ojos. De repente, el anciano comenzó, ya por fin, a llorar desconsoladamente. Por primera vez en muchos meses lo veía emocionarse, decir algo que parecía tener sentido; aunque ella no entendía lo que quería expresar. Se sentó a su lado, viendo llorar a su abuelo e intentando calmarlo a base de besos y caricias, mientras escuchaba al locutor y miraba las imágenes de la torre de la iglesia de Juncos.

La joven cogió aquella mano esquelética de su abuelo, acariciándola, hasta llegar a calmarlo. Una vez terminada la noticia meteorológica sobre la sequía que afectaba a toda España, Clara se sentó frente al anciano, mirándolo frente a frente. Quería volver a escucharle hablar. Sus palabras en los dos últimos años se habían limitado a monosílabos incoherentes. Esas palabras, eran las frases más largas surgidas de los labios de su abuelo, después de la muerte de su abuela Antonia. Al menos, que recordará Clara. El anciano, por tercera vez, de nuevo, repite aquella pregunta:

—¿Quién llevará flores a los muertos de Juncos, si están bajo las aguas del pantano?

Por mucho que lo intentó, el anciano no repitió una cuarta vez la pregunta, y ya no dijo nada, nunca más.

La muchacha notó como la mano de su abuelo languidecía poco a poco entre las suyas. Nunca antes escuchó hablar del Jilguero, ni siquiera sabía el nombre del pueblo de su abuelo, tampoco que estaba bajo las aguas del pantano, cuando ella nació, ya era algo del pasado que nadie quería recordar.

 Días después le vino a la memoria aquella vieja maleta de cartón, que contenía una, todavía más, vieja máquina de escribir marca Urania de fabricación alemana, a la cual le faltaba la letra «ñ». Aunque los vio, no les dio importancia a aquellos folios amarillentos. Sí que, ahora, recordaba que su abuela Antonia le había hablado de ellos, contándole, que unos sin firma, fueron escritos por su bisabuela María Flores y otros, por ella, su abuela Antonia de Las Heras. Esa misma maleta, también contenía una caja de latón de té Hornimans, en cuyo interior guardaba su bisabuela María una bandera de la República con el escudo de España bordado a mano.

Aunque, de manera muy difusa, a Clara le resonaba ver a su abuela Antonia tecleando aquella ruidosa máquina, escribiendo renglones que nunca quiso que nadie leyese. Al hacer un esfuerzo y rememorar aquel día con su abuela, ayudándole a desenredar una madeja de lana, todavía en su mente puede escuchar sus palabras: 

—Escribir es desnudar cuerpo y alma, y cuando una vieja desnuda un cuerpo viejo y arrugado, siente más vergüenza que cuando se desnuda por primera vez ante su novio. No obstante, a esta vieja le gustaría que, después de muerta, sus nietos leyesen lo escrito en sus noches de insomnio, anhelando que la recuerden joven y hermosa. Porque tu bisabuela, que era muy hermosa de cuerpo y alma, con unos ojos verdes, tan hermosos como los tuyos, se desnudó en estos papeles lo mismo que yo en estos otros; pero, ni ella ni yo, queremos que nos veáis desnudas con los pellejos colgando. Cuando muera hacéis lo que queráis…

 Cuando se lo refirió, a pesar de su edad, supo que, en realidad, le estaba rogando que leyese aquellos folios cuando tuviera edad para ello. A su vez, presintió que iba a ser ella quien cumpliría el deseo primigenio de su bisabuela María Flores y de su abuela Antonia de las Heras. Sin embargo, con nueve años, Clara Vieco todavía no lo sabía y con el tiempo terminó por olvidar la escena y aquellos papeles guardados en una vieja maleta de cartón. 

 Cuando Clara leyó los folios, comprendió muchas cosas, entre estas, que ahora, la bisnieta de María Flores, Felipe López y de Clara De Las Heras, sería ella la encargada de llevar flores a los muertos de Juncos, y que a ella le correspondía dar voz a aquellos que se vieron privada de la misma. Clara Vieco López, sería el jilguero que cantaría todo lo que El Jilguero no pudo cantar.


Capítulo 1

El Jilguero

1923-1934

Llegó corriendo de la mano del capataz de su padre. Como siempre, cuando no estaba en la biblioteca, andaba perdido con los hijos de los jornaleros tirando piedras sobre el lecho del río. Pero ese día estaba solo y no tenía perdón de Dios, sabía que su hermano estaba muerto y él hubiese querido estarlo. Traía los ojos llenos de lágrimas y  las ropas de domingo sucias, impolutas dos horas antes para el funeral, empapadas de barro y agua. El salón estaba repleto de gente, la cual se fue apartando para abrirle paso y no mancharse.

—Felipe, dale un beso a tu hermano —le indicó su madre frente al níveo ataúd, donde yacía su hermano mellizo, empujándolo suavemente al tiempo que movía la cabeza con tristeza.

El chiquillo miró con ojos llenos de incredulidad el rostro blanco y brillante, como la cera, de su hermano. Tan pálido y consumido como si la piel se le hubiese pegado a la calavera. Solo los párpados y las largas pestañas parecían mantener su tamaño habitual. Aquel niño, que de tan guapo y fino que era, parecía una chiquilla, nada que ver con su hermano mellizo, Felipe, siempre despeinado y con aire ausente. Felipe observó la escena de las gentes alrededor del blanco ataúd, con todos los ojos clavados en él, como si esperasen verle junto a su hermano muerto u ocupando su lugar. 

—Era tan bueno, un ángel del Señor. 

Sintió un escalofrío; se desembarazó de los brazos de su madre dando un dubitativo paso hacia atrás, indeciso. Perdido en un agobiante maremágnum de miradas y rezos en voz baja. Incapaz de llorar, se ahogaba en lágrimas que no salían al exterior, transformándose en acuosas manos invisibles que le apretaban desde el interior de la garganta hasta ahogarlo. Sintiendo rabia, le dolía el alma y quiso escupir el dolor.  Tropezó con su eminencia, el cual colocó su mano suave sobre su hombro, reteniéndolo en su marcha atrás.  Percibió la dureza del anillo de esa mano a través de la camisa. De nuevo sintió un escalofrío cuando aquella mano, más suave que la de su madre, le acarició la mejilla. Borrosos recuerdos llegaron a su memoria que, aunque, olvidados, permanecían ocultos en un lugar de su cerebro.  No recordaba el motivo por el cual, cada vez que veía al obispo, sentía un pavor inconsciente y unas ganas inmensas de salir corriendo.

—Dios siempre se lleva a los mejores —escuchó a sus espaldas, de nuevo, la voz del ilustrísimo obispo, que de la misma manera lo empujó para que besase a su hermano—. Dios elige a los mejores para llevarlos a su lecho. Tu hermano era muy bueno y Dios misericordioso lo quiere a su lado…

Felipe, entonces, giró la cabeza mirando al señor obispo con ojos de culpa. Su eminencia se agachó y lo miró fijamente a los ojos, sonriendo y moviendo la cabeza de un lado a otro, como si leyese el pensamiento del chiquillo.

—Tú, sin embargo, no eres bueno, no tienes fe en Dios. En todas las familias siempre hay un garbanzo negro y el demonio te ha elegido a ti. Tú tienes la culpa de la muerte de tu hermano…

Es cierto. Se siente culpable, cree es tal y conforme lo dice el señor obispo, tal y conforme se lo había dicho su padre. Sin embargo, a su padre lo teme, al obispo no, a pesar de entrarle esos extraños escalofríos cada vez que lo veía. El obispo sonrió y él dio un paso hacia atrás y con toda su rabia le propinó una patada en la espinilla a su eminencia. Este fue su primer desencuentro, consciente, con la Iglesia, aunque no con su padre. Felipe no era un niño normal, era raro, no encajaba en aquella familia de normas estrictas. Con una doble y extraña personalidad, hasta la enfermedad de su hermano mellizo, muy unido a él, más que mellizos, parecían un solo ser. Ajenos al mundo que les rodeaba, lo mismo se encerraban en la biblioteca materna que se iban sin decir nada a nadie a tirar piedras al río, coger cangrejos y hacerles mil diabluras, o juntarse con los hijos de los jornaleros para tirar piedras. No fueron dóciles ninguno de los mellizos, pero siempre él se llevaba las culpas, porque su hermano desde que nació, todos daban por hecho que se moriría pronto, todos menos él. Tras la patada al obispo, salió corriendo como alma que lleva el diablo. Dudó si marcharse de nuevo al río o esconderse en la biblioteca. Al final se encerró en la biblioteca porque sabía que, de irse al río, se subiría a un viejo olmo seco y desde allí se tiraría al agua. Sintió miedo, no se reuniría con su hermano porque su hermano iría al cielo y él directo al infierno. Se escondió debajo de la gran mesa de la biblioteca. Su padre sabía que lo encontraría allí y poco faltó para que al día siguiente la familia terminase enterrando a los mellizos de la paliza que recibió el chiquillo. A pesar de todo, se negó a salir de la biblioteca. Su padre le encerró con llave, dejándolo hasta después del sepelio sin comer, ni cenar, con la espalda y las nalgas en carne viva, con el cinturón marcado como si fuese la tela de un colchón y sin permitir que entrase su madre.  

Su madre terminó por entrar, consolándolo. Es la única que lo comprende. Fue ella quien le enseñó a refugiarse entre las páginas de los libros. Su madre inició pronto el camino al camposanto, seis años después de que lo hubiera hecho su hijo. Cuando el retraído y a la vez rebelde Felipe estaba a punto de cumplir los diecisiete años. Los seis años que transcurren desde la muerte de su hermano a la muerte de su madre se convierten en un auténtico infierno para el chiquillo. Le angustiaba la ausencia de su madre, pero también no poder verla, a pesar de saber que se estaba muriendo en un hospital de Madrid. Los médicos daban por hecho que no viviría, por mucho que don Pascual, su padre, siendo como era un rico terrateniente, pensase que el dinero y los rezos podrían obrar milagros:

—Yo por mi mujer lo que haga falta —acostumbraba a decir.

Una noche de abril, Felipe despertó sobresaltado, seguro de que su madre habría llegado de Madrid. No podría ser de otro modo. Ya no era un crío y sabía lo que ocurría cuando los muelles del somier crujían en el cuarto de sus padres. Y esa noche crujían. Se levantó de un salto de la cama.

—¡Madre!

La alegría se congeló en sus labios. No puede ser, estuvo leyendo el último libro que le trajo de Madrid hasta después de la medianoche, «Veinte poemas de amor y una canción desesperada», de un entonces, para él, desconocido poeta chileno, Pablo Neruda. Mas no tiene dudas, escuchaba con claridad los muelles del somier y, además, los gemidos de una mujer en el cuarto de sus padres. Salió de su cuarto en silencio. Por debajo de la puerta se adivinaba una luz tenue, lo cual le confirma que no es su madre quien está en la habitación. Sus padres siempre hacían el amor a oscuras. Intenta mirar por la cerradura, el quinqué deja ver con claridad a Caridad, la mujer del capataz, cabalgando sobre el terrateniente. Indignado, abrió la puerta, y de su boca salieron las peores palabras nunca pronunciadas a lo largo de su vida. De un empujón, su padre tiró a la muchacha al suelo y, desnudo, saltó de la cama con el cinturón en la mano, comenzando una paliza que jamás olvidaría. La cual le dejó varias cicatrices, sobre todo en la cara, que el tiempo terminó borrando; aunque, a él nunca dejaron de escocerle. 

Trajeron a su madre para morir en su casa, cuando él todavía tenía visibles las cicatrices de la paliza recibida. No quiso decirle a su madre el motivo, sin embargo, ella lo sabía.

—Tú no entiendes de eso. Eres diferente. Tu padre es muy hombre y un hombre que es muy hombre, como lo es tu padre, necesita una mujer todas las noches en su cama. Yo no puedo dar a tu padre lo que necesita.

—Y yo, madre, no puedo consentirlo —se atrevió a contestar a su madre.

Un muchacho como él solo podía tener un camino: el sacerdocio. Ya lo había decidido su padre. Se lo había prometido al señor obispo. Felipe se había convertido en una auténtica pesadilla para don Pascual y para su amante. Desde siempre, Felipe fue aficionado a cantar y recitar poesías. En no pocas ocasiones era el encargado de leer el misal en la iglesia de Juncos. Su padre, en concordancia con el señor obispo, se lo habían impuesto como castigo a su rebeldía, que siempre fue en aumento conforme avanzaba la adolescencia. Lo que nunca pensó don Pascual que fuese a llegar hasta el punto que llegó. Cuando Caridad, la mujer del capataz, después de haber recibido la Sagrada Forma en su boca, pasó al lado de Felipe, este soltó, delante de su marido:

—Aquí está el camino de la mujer adúltera: ha comido y se ha limpiado la boca y ha dicho: No he cometido mal alguno…

Fueron muchos quienes le escucharon, el capataz se contuvo por ser quién era. Fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de su padre. Recibió su tercera gran paliza, que estuvo a punto de costarle la vida. Si no ocurrió, fue porque su madre se puso por medio. 

—El que detiene el castigo a su hijo aborrece. Mas el que lo ama, desde temprano lo corrige —replicó don Pascual ante la intromisión de su mujer—. No le gustan las sentencias bíblicas, que se las aplique, que a mí no me vuelve a dejar en evidencia. Aunque, este, ni a correazos ha de entrar en razón.

Unos días después emprendió su viaje hacia el seminario de Cuenca. La decisión estaba tomada: Felipe sería sacerdote, sus hermanos Braulio y José María estudiarían derecho, y, por último, su hermana Elvira, a sus cosas de mujer. 

—Que las mujeres no necesitan saber leyes, con saber guisar, coser, cuidar de su hombre y chiquillos sobra —sentenció don Pascual.

Con diecinueve años, su padre le dio el último golpe con el cinturón. Fue cuando se escapó del seminario, después de la muerte de su madre. No esperó el segundo golpe, agarró el cinturón y mirando a su padre a los ojos fijamente, le replicó enojado, pero sin alterar su voz:

—Si me vuelve usted a poner la mano encima, le juro por su Dios y por todos los santos del firmamento que es lo último que hace en su vida, acuérdese bien de estas palabras, padre.

Su padre creyó que realmente su hijo sería capaz de matarlo. Fue tal su mirada que sintió por primera vez miedo a morir. Accedió, no sería sacerdote, ya no era aquel tímido adolescente que se marchó al seminario. A don Pascual todavía le quedaban armas para que recapacitara, ya que tampoco estaba dispuesto a estudiar. Trabajaría en el campo, pero no como el hijo del amo. 

De nuevo, decidió castigarlo y ponerlo a trabajar como un jornalero más para que reconsiderase si valía la pena. Lejos de amilanarse, se convierte en uno más, a pesar de ser el hijo del amo. Felipe es un amo con el que hablan, cantan, se emborrachan y conspiran los jornaleros.  Se hace un experto en el cuidado de la viña. Limpia el monte y le saca producto, más allá de la leña para calentarse la familia, comienza a utilizarlo como coto de caza, a cortar leña, vender en los pueblos vecinos, escasos de monte y de leña. El terrateniente, tras la muerte de su esposa, cansado de Caridad, continúa su peregrinaje del prostíbulo al confesionario. En los últimos tiempos se ha aficionado a los viajes a Madrid y termina contagiándose de sífilis, así comienza su declive físico. Don Pascual, tras lo que considera un castigo divino, deja los rezos de lado, necesita médicos y se traslada, casi de manera permanente, a Madrid. De este modo, Felipe queda como cabeza de la hacienda, con su padre enfermo y sus hermanos estudiando en Madrid. Tan solo su hermana se queda en Juncos a su lado, ejerciendo de señorita que aspira a casarse con el médico que, por primera vez, tenía consulta en el pueblo. No resulta fácil para don Pascual confiar en Felipe a pesar de su incapacidad y enfermedad. Desde el primer instante discrepa del modo como lleva a cabo su hijo la administración de la hacienda:

 —Manos blandas para el trato con los jornaleros — dice—. Les das la mano y se toman el brazo, ya se espabilará si Dios quiere —comentó resignado en más de una ocasión.

No le queda otro remedio; sin embargo, contra lo esperado, mejora los resultados. El monte infrautilizado como coto de caza lo transformó en una fuente de ingresos, comenzando a vender leña por toda la comarca. Felipe no es un terrateniente más. No es un señorito, se convierte en un jornalero más: corta leña, labra, vendimia o siega como cualquier otro. Su padre nunca llegó a coger una hoz ni tampoco ninguno de sus hermanos.

—¿No me dijo usted que tenía que ser uno más? Pues eso soy, padre, eso soy —argumentó Felipe.

Es con el contacto con el duro trabajo del campo cuando se produce el gran cambio. Felipe continuaba siendo un joven rebelde, a pesar de ello, no deja de ser un muchacho retraído, en apariencia formal, un muchacho de familia acomodada que asiste a las reuniones de Acción Católica y que va a misa domingos y fiestas de guardar, cada vez de manera más espaciada en el tiempo, demostrando de forma más clara sus desacuerdos con las ideas de su padre.

Un día descuelga una vieja guitarra y comienza a tocarla sin nociones de música. Uno de los jornaleros lo adiestra, y pronto comienza a cantar, a cantar mal, pero a cantando mucho para compensar. Al mismo ritmo que aprende a tocar la guitarra, se acerca más a los jornaleros, separándose de sus amigos de siempre, de Acción Católica y de la Iglesia.  Se transformó en el amo a quien nadie teme y el amigo y compañero de los jornaleros, que unos por interés y otros por verdadera amistad lo quieren tener como tal y alternar con él. Con ese cambio de amistades, pronto comienza el cambio, se transforma en un joven muy alegre y despreocupado, que alterna con los jornaleros y no se relaciona con sus iguales. Deja de ir definitivamente a la iglesia influido por sus nuevos compañeros. Don Pascual termina resignándose a que no vaya a la iglesia. Él, con su enfermedad avanzando, igualmente está perdiendo la fe, de nada sirvieron misas y vigilias por su hijo o por su mujer, tampoco las generosas donaciones al obispo. Sin embargo, quisiera que su hijo la tuviera. No obstante, él se ve incapaz de enderezarle. No tiene fuerzas para intentar convencerle de algo en lo que él comienza a dudar. Por otra parte, el terrateniente admira la manera con la que consigue «sacarles el estaño» a los jornaleros, sin amenazas, basta con decirles «vamos, esto lo tenemos que acabar hoy», para que todos se vuelquen en la faena, saben que luego tendrán su recompensa, unas veces sabiéndolo don Pascual y otras sin saberlo. 

—Quien trabaja debe cobrar un jornal justo, así trabajará más y mejor —le replicó a su padre en cierta ocasión que le recriminó haberles dado más de lo estipulado.

Él siempre fue partidario de la mano dura y medidas drásticas, pero comprueba con sus ojos, que su hijo lleva razón. Lo que peor lleva el viejo terrateniente es que Felipe haya abandonado las amistades de antaño, ya no va con Mariano Echaniz, ni Jacinto Posadas, hijos de familias acomodadas, con las que siempre ha tenido buena relación. Por si fuera poco, no solo iba de borrachera con los jornaleros, sino que de vez en cuando iba a la Casa del Pueblo a conspirar contra la gente de bien, a ganarse la antipatía de todos aquellos que son sus iguales.


 

 

 

Capítulo 2º 

 

 El señorito y su hermano El Jilguero

 Año 1934

Nunca se conocen los recovecos del destino, ni dónde nos pueden llevar; tampoco el caprichoso futuro se puede adivinar, bajo qué sombra vamos a encontrar reposo, ni de qué ojos nos vamos a enamorar. Felipe abominaba toda posibilidad de cualquier relación que pudiese atarle. Nunca le habían conocido novia hasta el punto de que hasta su propio padre lo consideraba un muchacho raro. 

—Cualquier otro ya habría tenido veinte novias, es que no vas ni de putas —le recriminó su padre—, sólo de borracheras. ¿No te llama ninguna muchacha la atención?

—¿Para luego acostarme con putas? Como hacía usted.

—Es lo que hacen los hombres, los de verdad. Es lo que mueve el mundo y lo que necesitas, más que los cuartos. Un día voy a quemar todos los libros…

—Me tendrá que quemar a mí con ellos.

—Tú tontea, que soy capaz de quemarlos contigo dentro, todo antes que tener a un hijo marica.

—Yo no soy marica.

—¿Entonces qué coño eres? ¿Un flojo? Para eso metete a cura, ¿por qué te escapaste del seminario, para estar como un monje de clausura entre libros o borracho entre gente baja?

—Para hacer lo que me dé la real gana, y esa gente, que usted llama baja, es la que le da de comer, a usted y a todos los vagos como…—no terminó la frase Felipe.

Su padre alzó la mano, pero se contuvo, recordando la amenaza de su hijo, tras escapar del seminario.

La inquietud o las dudas que tenía el padre la compartía su hermano Braulio, el cual a muchas muchachas había rondado y otras le habían rondado. Los dos hermanos eran un buen partido para cualquier muchacha. Braulio era el típico señorito, altivo, pagado de sí mismo y, además, guapo y elegante. Felipe parecía tan sólo preocupado por las labores agrícolas, pasar el rato con los jornaleros emborrachándose  y al llegar a su casa, meterse en la biblioteca de su madre, y entre las páginas de los libros, leer y soñar con una mujer a la que darle su amor, como si se tratase de un tesoro único que debía encontrar entre la tinta impresa. En ocasiones, tras leer algún poema, se quedaba como contemplando las musarañas, pensando o soñando con esa mujer única a la que dar su amor.  

—¡Dios mío, paciencia! —Exclamaba su padre cada vez que lo buscaba, sabiendo que lo encontraría allí, embobado, leyendo o mirando a cualquier punto indeterminado de la sala.

Unos extraños ojos verde esmeralda sacaron de dudas a todos. Fue casi a finales del verano cuando el maestro don Jaime Flores llegó a Juncos con su familia. Felipe lo conocía desde el principio de la primavera, cuando el maestro estuvo al frente de las Misiones Pedagógicas para buscar la que debía ser la ubicación de la nueva escuela que había decidido construir el Gobierno de la República en Juncos. El maestro había intentado convencer a los campesinos de la necesidad de escolarizar a sus hijos. Campesinos reacios a desdeñar una mano de obra que ayudaba al sostenimiento de la economía familiar. El edificio escolar se ubicó fuera del casco urbano, en una de las eras cercanas al mismo, apenas a unos cincuenta metros de la casa más próxima. Esta ubicación tenía sus inconvenientes, aunque, del mismo modo, sus ventajas. Lo importante, a pesar de ciertas reticencias, era construir la escuela.

Don Jaime llamó con dos golpes secos, con la anilla de la aldaba en forma de caballo de la puerta principal de la casa de don Pascual. Fue una de las puertas del corral la que se abrió, saliendo aquel joven que él conocía. Se saludaron sonrientes, al tiempo que el profesor arrugaba la nariz debido al fuerte olor a estiércol que salía por la puerta entreabierta del corral. Incluso, el mismo joven llevaba estiércol pegado a los pantalones. No obstante, el maestro educadamente extendió la mano que el joven rechazó:

—Don Jaime, perdone usted que no le dé la mano. Estamos sacando el estiércol de las cuadras —se disculpó enseñando las palmas de sus manos. Cambiando de conversación. ¿Al final tendremos escuela?

Don Jaime, asintió con la cabeza, dudando. Creyó reconocer, más por la voz que por el aspecto, al joven campesino que tanto ahínco puso en la Casa del Pueblo, en la necesidad de que los jornaleros y el ayuntamiento apoyarán la construcción de las escuelas.  Entonces el viejo profesor pensaba que se trataba de un jornalero más. No sabía su nombre, aunque sí su apodo «El Jilguero». Don Jaime, al recordarlo, insistió en darle la mano y esto obligó a que el muchacho intentara limpiárselas con la camisa. Estrecharon sus manos de manera afectuosa, como cuando el maestro en la Casa del Pueblo le dio las gracias por hacer entrar en razón a algunos campesinos que alegaban que necesitaban las manos de sus hijos para las labores agrícolas. Terminados los cumplidos, el profesor fue al grano.

—Jilguero, quiero hablar con tu amo. 

—Amigo profesor, yo soy el amo —contestó él. 

El maestro se echó hacia atrás. Sí, sin duda, era la casa que le habían indicado, además se notaba una casa señorial con escudos de antiguas hidalguías o incluso señoríos de piedra en la fachada. Él era un buen fisonomista.

— ¿Tú eres don Pascual? —preguntó algo perplejo.

—No. Yo soy Felipe, su hijo, para servir a Dios y a usted, don Jaime.

—Perdona, debo haberme confundido, pensaba que eras uno que llaman el Jilguero. Un jornalero que dicen que es medio poeta, te he confundido con él —enfatizó el maestro la palabra poeta, no queriendo utilizar esa otra que tenía que ver con la presunta tendencia sexual que algunos le atribuían a Felipe, aunque no hubiera nada que lo indicara. 

Felipe no puede evitar echarse a reír casi hasta que se le saltaron las lágrimas.

—No haga usted mucho caso de las apariencias, que la gente habla mucho. Jilguero me llama la gente porque canto mal, pero canto mucho para compensar. Lo de poeta pertenece a otra canción que se empeñan en adjudicarme inmerecidamente…, que por esa senda nunca he ido, y jornalero nunca he sido —responde captando el tono.

—Dicen que escribes y recitas versos, y eso lo hacen los poetas —El maestro se disculpa, intentando enmascarar la verdadera intención de sus palabras.

—Dicen tantas cosas. No haga usted caso de la gente y menos de quienes sin saber, hablan más de la cuenta. ¡Por Dios! Que usted es maestro — dice Felipe con ironía, para ponerse después serio—. Aunque supongo que usted no ha venido a hablar de poesía...

—No. Hombre, no. Me han dicho que don Pascual, tu padre, sirve la mejor leña de encina de la comarca...

—Sí y no. Nosotros servimos la mejor leña de encina. Aunque debo decirle que mi padre nunca empuñó el hacha, ni tuvo callos en las manos —contestó con cierta sorna Felipe enseñándole las manos encallecidas al maestro —él es el señorito, el amo, y yo el hijo del amo que trabaja como uno más.

Al maestro le extrañó esa referencia de Felipe a su padre, con un tono casi peyorativo en el modo de pronunciar la palabra señorito. Resultaba evidente que el amor entre padre e hijo dejaba bastante que desear. Al final, el maestro terminó por encargar dos cargas: una para las aulas y otra para su casa, en la cual vivía la familia del mismo, en un edificio anejo a la misma.

Junto a dos jornaleros, Felipe se puso manos a la obra para cargar dos galeras de leña. Cuando estaba la primera galera cargada, apareció su hermano Braulio elegantemente vestido, como ya era habitual en él. Había llegado unas semanas antes de Madrid después de terminar el último año la carrera de derecho. No era intención suya ejercer de picapleitos, lo que realmente ansiaba era servir a la patria, para lo cual en septiembre comenzaría su andadura en la Academia Militar de Toledo. Braulio nunca pisó un barbecho, ni cortó ni cargó leña. Él era un señorito con todas las de la ley, sólo iba al pueblo a presumir, cual pavo real. Una vez estuvieron las dos galeras cargadas, se ofreció a acompañarlo, provocando extrañeza en Felipe.

—¿Con esa ropa? 

—Yo no voy a descargar ceporros, para eso están los destripaterrones que llevas y tú —respondió un tanto altanero, señalando a los dos jornaleros que estaban terminando de atar las cargas —. Voy porque me han dicho que la maestra tiene unos ojos que quitan el sentido, aunque, no sé para que te digo nada, si tú de eso no entiendes.

—¿Ahora andas con mujeres que pueden ser tu madre? — respondió con cierta sorna Felipe, ignorando deliberadamente las palabras de su hermano —. Señoritooooooooo.

—No, hombre. La maestra, no es la mujer del maestro, es la hija del maestro. Padre quiere que me quede dos o tres semanas. Tendré que buscarme compañía...

—Lo que es no tener nada que hacer. Anda, sube don Juan, que sólo piensas en doña Inés.

—A mí déjame de comedias, yo las mujeres de carne y hueso, las de papel para ti.

Felipe trata a su hermano como a un crío, aunque a esas alturas la niñez la habían dejado mucho tiempo atrás ambos. Los diez meses de diferencia le hacen ejercer como hermano mayor. Al llegar a la escuela, abre la puerta la hija de don Jaime, una joven sonriente y agradable.  A simple vista, se aprecia que es una muchacha de ciudad, tanto por su vestido como por sus cabellos recortados, sólo un poco más largos que los hombres, también por sus gestos y modo de saludar. Lleva un plumero en la mano y los cortos cabellos recogidos en un pañuelo, que no evita que algunos se escapen, húmedos de sudor por la frente. Felipe la encuentra guapa; sin embargo, no lo suficiente para que su hermano esté dispuesto a doblar el espinazo descargando leña. Hay algo que le llama poderosamente la atención: sus ojos verdes, grandes y ligeramente rasgados

—Disculpe, señorita, el atrevimiento. Antes de descargar la leña, debo decirle una cosa, y no se moleste usted —dice Felipe exagerando el gesto, tratando de imitar la forma de hablar de su hermano —. Tiene usted los ojos más hermosos que los trigos del amanecer…

— ¿Del amanecer?  —le corta Braulio molesto, por lo que él considera una intromisión—. Y del mediodía y de la tarde…

—No, hermano. no. Mucho estudiar para ser un ignorante. ¿Pero tú qué vas a saber si nunca te has levantado al amanecer? Al alba, los trigos brillan por el rocío de la mañana, al mediodía se agachan por el sol y por la tarde parecen marchitos. A la vista está, a la señorita maestra le brillan los ojos como esmeraldas o como los trigos al amanecer.

La maestra ríe y al reír, dos pequeños hoyuelos se dibujan en sus pómulos, al tiempo que hace un mohín gracioso. Queda más deslumbrado Felipe que Braulio, acostumbrado este a las chicas madrileñas de la alta sociedad con las que se codea, maquilladas y con elegantes vestidos. María no le deslumbra, incluso, piensa que no es tan guapa como le habían dicho. No obstante, en aquel pueblo es lo más parecido a lo que él entiende por una mujer como Dios manda.   

—Anda, vamos a descargar —lo apremia Felipe.

—Eso, eso, sal tirando a descargar leña, que para eso has venido — replica Braulio.

Felipe refunfuña algo, acepta con naturalidad que ni su hermano ni el resto de la familia trabaje en las tareas propias de los jornaleros. Se pone manos a la obra junto con los dos jornaleros que ya habían comenzado a desatar la carga, aunque no pierde de vista a Braulio y a la muchacha. Ella, cada vez que pasa Felipe por su lado, habla de continuar con la limpieza poniéndose a limpiar. Felipe puede ver a través de los ventanales como Braulio va tras la maestra mientras pasa el trapo o plumero por los pupitres o muebles. Braulio se vende, se considera guapo y culto, alardea de ser ya abogado, mientras ella limpia, aunque de vez en cuando se detiene para escucharle y reírle las palabras que, entonces él vuelve a repetir.

—Abrir una escuela aquí es como querer sembrar trigo en un pedregal, son ignorantes por naturaleza.

—En ese caso, ¿de dónde salen abogados… como usted?

—No se equivoque usted. Yo no soy un labriego, ni mi padre, ni mi abuelo…

—¿Y su hermano?

—¿Acaso no se nota?

Braulio señala a través de la ventana a su hermano, que en esos momentos lleva una carretilla de troncos.

—¿El Jilguero es tu hermano? —Se escucha la voz del maestro, que en esos momentos entra por la puerta.

—¿El jilguero? ¿Todavía le llaman así? Supongo que será mi hermano. Lo pondría en duda de no ser porque, como dice mi padre, jamás dudaré de la honestidad de mi madre, que Dios tenga en su gloria. Siempre tiene que salir un garbanzo negro, negro o... —contesta Braulio sorprendido con la entrada y pregunta del maestro, cesa la frase al notar la desaprobación de don Jaime Flores.

—Realmente, no os parecéis en nada, al menos a simple vista… —Mira con cierta sorna a Braulio, bien plantado y mejor vestido, un señorito. «Un picaflor», piensa el maestro, mientras añade —: sin dudar de la honestidad de tu madre.

—Muchas gracias.

—No, mozalbete, no. Te equivocas, no os parecéis en nada, aunque si yo fuese mujer y tuviese que elegir, me quedaría, por lo poco que le conozco y sin conocerte a ti, sólo con escucharte, sin conocer a uno ni a otro, le elegiría a él…

—¡Padre!  —protesta María.


Puedes comprar la novela Magdalenas sin azúcar AQUÍ


 

domingo, 24 de enero de 2021

Guerra racista en mi cuerpo

 

 


Ha estallado la guerra en mi cuerpo:

Mis cabellos, antes negros, emprendieron una batalla contra las canas, que poco a poco, tras fratricidas batallas, van conquistando mi cabeza, mis axilas y hasta las más ocultas zonas de mi blanca epidermis.

Mis brazos morenos, quemados por el sol, se niegan a responder a mi tronco claro, El corazón pide la independencia de manera chantajista, arguye, en su estupidez, que, si él se para, todo deja de funcionar.

En mis pies, mis morenos dedos, con necios argumentos despotrican contra mi blanco empeine, y este se niega a compartir espacio con mis oscuros dedos.

Mis piernas morenas hasta los muslos, niegan tener nada que ver con ellos, negándose a mantener a muslos pálidos. Los muslos, más estúpidos todavía, alegan que son blancos por ser de raza superior, porque así lo quiso Dios.

Las partes ocultas, esas que me daban placer infinito, se niegan a obedecer al cerebro, tal como antaño lo hicieran, pues ahora, sus vellos, todavía negros, reniegan de quien se viste con cabellos tan blancos...

A la vejez, viruelas...

© Paco Arenas

.

El Quijote boricua —Cuento absurdo ( A don Jaime Flores)

 

El Quijote boricua —Cuento absurdo

 

Don Jaime Flores 


 

El Quijote boricua —Cuento absurdo

 

Este relato es un homenaje al profesor Jaime Flores profesor de la Universidad de Puerto Rico, gran cervantista y defensor de la lengua castellana.

 

 

Tal vez estaban fuera de lugar. No era lógico ni no normal que aquellos dos estuvieran allí. Los paisanos creyeron que estaban intentando hacer girar las muelas del molino de viento, desde tiempos inmemoriales se decía que donde no hay harina no hay tremolina, y eso le pasaba a la cabeza de Paco; pero hombre, que todo un catedrático de la Universidad de Puerto Rico, se prestará a tamaña tontería.

Nada era casual, sino fruto de unas ideas locas surgidas de cabezas a las cuales no les funciona bien lo que tienen delante del occipital, y no por las resacas, que las borracheras se pasan y ya está, la tontuna es para siempre. Aquellos dos hablando sin parar de don Quijote y Sancho, delante del molino de viento, muy normal no era, esa es la verdad.

Fue Zacarías Zenón el primero en darse cuenta, que de inmediato se lo comunicó a Hilario Buendía, jefe de la oposición a la alcaldesa, que estaba en el bar tomándose su café y su copa de después de la comida, en compañía de Nicomedes Alcañiz y Ambrosio Ortiz, correligionarios suyos.

—Zacarías, esto que nos cuentas es muy grave. Habrá que ponerlo en manos de la autoridad competente —dijo Hilario Buendía, después de escuchar a su amigo.

—Esto es culpa de la alcaldesa — acuso Nicomedes señalando con el dedo hacia la barra del bar, puesto que el bar era propiedad de la alcaldesa.

—Y del Gobierno, no lo olvidemos, el gobierno es el principal culpable —añadió Ambrosio.

—Sin duda, el gobierno el principal. Es imprescindible ponerlo en mano de la autoridad competente.

—¿De la alcaldesa? —Preguntó Zacarías.

—¿Estás memo? Quiero decir en manos de los guardias.

 ***

Subieron al viejo Mercedes-Benz del edil y sin detenerse un instante tomaron rumbo al cuartel de la Guardia Civil de San Clemente. Llegaron a la garita, siendo la hora de la siesta, y que por allí no pasaba nadie, el guardia encargado de la puerta se había quedado traspuesto con un vaso de carajillo en la mano. Condescendientes, tocaron con sumo cuidado el cristal de la garita; no obstante, el guardia se alteró más de la cuenta:

—¿Qué pasa?, ¿quién ha sido? Ahora mismo limpio los cristales… No mi sargento, no he sido yo… ¿Qué coño quieren ustedes a estas horas? —Terminó despertándose, al darse cuenta la presencia de los cuatro hombres, que de manera tan insolente se atrevían a molestarlo a esas horas.

—Queríamos poner una denuncia —dijo Hilario Buendía, el cual quería llevar la iniciativa.

—¿A estás horas? ¿Tan grave es? ¿Han matado a alguien? ¡Copón que son las cuatro y media de la tarde? Parecen, ya se parecen a las teleoperadoras, siempre jodiendo la siesta…

Los paisanos se miraron extrañados ante tal batería de preguntas atropelladas. Era la primera vez que iban a poner una denuncia. En aquella comarca nunca pasaba nada, siendo lo más importante acaecido, en los últimos años, el suceso de un joven madrileño que se perdió en el monte jugando con el «Tamagotchi» o buscando «pokemons», tal vez cazando gamusinos, que para el caso es lo mismo.

—Es que ha pasado algo extraño en Pinarejo, en el molino de Pinarejo concretamente —contestó dubitativo, quien llevaba la voz cantante.

—¿No me irán a decir que don Quijote ha vuelto a cargar contra el molino y se ha quedado enganchado en las aspas? —Se burló el guardia —. Si allí sólo quedan cuatro viejos y poco más…

—Pues casi, don Quijote y Sancho…—fue a decir Zacarías, pero, el guardia lo paró en seco.

—Mejor hablen con el sargento directamente, esperen un poco, que ya les vale a estas horas venir con tonterías —cortó el guardia, llamando por el interfono al sargento.

—¿Qué coño quiere a estas horas, Rodolfo? —Se escuchó la voz soñolienta del sargento.

—Cuatro hombres que dicen que ha pasado no sé qué de don Quijote en el molino de Pinarejo…

—¿Rodolfo, sabe que no se puede beber estando de servicio, y menos en la puerta?

—Mi sargento, no es el caso —respondió nervioso el guardia, metiendo el vaso de carajillo detrás del monitor de la computadora, como si el sargento lo pudiera ver —. ¿Les digo que pasen o que se vayan por donde han venido?

—Dígale que soy Hilario Buendía, me conoce, fuimos juntos a bachillerato en La Mota del Cuervo —cortó la conversación el concejal.

—Ya lo he oído. No sé quién coño es ese Hilario, pero dígales que pasen —se escuchó a través del interfono.

—Soy el líder de la oposición en Pinarejo…

Se escuchó la risa del sargento a través del interfono.

—Pasen, pasen —rio también el guardia de la puerta — ustedes, el sargento los espera.

El sargento los recibió sentado detrás de la mesa, tras la pantalla del ordenador, indicándoles con un gesto para que se sentaran en las tres sillas que había disponibles, quedándose el Ambrosio Ortiz de pie.

—Siéntense y díganme qué es tan importante como para venir a estas horas, que, con esta calina —comenzó mirando un imaginario reloj de pulsera el sargento —, a casi las cinco de la tarde. ¿Saben que a estas horas sólo salen a la calle los borricos y los turistas? Y ustedes mucha pinta de turistas no tienen, así que ya me dirán. Espero que tengan una buena razón.

—Pues eso, decimos nosotros, que el molino es para los turistas, no para moler trigo, ¡ah!, soy Hilario Buendía, fuimos juntos al instituto de la Mota del Cuervo —contestó el llamado Hilario ofreciéndole la mano, que el sargento rechazó.

—Perdone, no me acuerdo de usted. Por favor, tengo prisa —le cortó el sargento, recordando a su interlocutor —. Si es que tenía que haber pedido otro destino. Todo por hacer caso a su mujer — pensó.

—Alguien debería haber puesto remedio en su momento —intervino Nicomedes —. La culpa es de la alcaldesa que les dio las llaves sin preguntar al consistorio.

—Una locura de personas sin seso, capaces de ponerse por sombrero un orinal cual yelmo de don Quijote —terció, Ambrosio, que era quien se había quedado de pie.

—Que no era un orinal lo que se puso don Quijote en la cabeza —lo interrumpió, dándole con el codo Zacarías en la pierna —era una bacía de barbero, vamos una palangana de toda la vida, para que nos entendamos, una zafa…

—¿Qué más da palangana, que zafa o si estaba vacía o llena?, al fin y al cabo, se colocó un bacín de barbero, lo que viene a ser un orinal, ¡Vamos, para aclararnos! —protestó el interrumpido.

—¡Por favor! ¡Céntrense! —Gritó el sargento exasperado — ¿Cómo va a ser lo mismo una bacía, una palangana y un orinal? ¿Acaso usted no ha leído El Quijote?

—¿Acaso tengo yo pinta de estar majareta? —interrogó Zacarías Zenón — Todo aquel que lee termina como don Quijote, o peor, como Paco Arenas…

—Yo leo —le interrumpió el sargento señalando un libro que tenía sobre la mesa.

—Ya decía yo, ¿qué se puede esperar de un guardia que lee? Y que conste que yo soy muy de ¡Viva la Guardia Civil y viva el rey!  Pero, reconocerá que un guardia que lee, no es un guardia como Dios manda.

—¡Calla, calla ignorante! Disculpe sargento, este es un tontaina que no ve «Pasapalabra», ni nada —cortó el tal Hilario. Dejarme a mí, que para eso tengo título y estudié con el señor capitán, perdón, sargento, pero que llegará pronto a capitán seguro —terció de nuevo Nicomedes —. Mire usted, yo le explico todo lo que tiene que ver con Paco Arenas. La verdad es que era de suponer, como ya ha dicho mi paisano, es el culpable de todo este embrollo. ¿Le hemos dicho que se calló de lo alto del molino viejo?

—Sí, o no, yo qué sé, ni tampoco me importa —contestó con sequedad el sargento armándose de paciencia, para no explotar.

 —¡Ah bueno! Lo que yo le diga, señor guardia...

—Sargento, soy sargento, ni capitán ni guardia —protestó el sargento de la Guardia Civil, señalando sus galones.

—Perdón, sargento —se disculpó y continuó Nicomedes —. El tal Paco Arenas, mucho seso no tiene desde que se cayó desde lo alto del molino viejo, ¡ah bueno! Que ya se lo había dicho. No es que tuviera mucho antes, que muy espabilado nunca fue, además ni siquiera fue mucho a la escuela. Pero eso, la caída del molino, lo trastornó aún más de la cuenta. Más de dos horas estuvo sin conocimiento, bien que me acuerdo, y luego las abejas de las colmenas de Dimas…

—Conocimiento nunca ha tenido, ni mucho juicio. Está desquiciado desde entonces —entró ahora Zacarías Zenón —. Además, es un delincuente. Nunca debería haber sacado a la luz los manuscritos de Teresa Panza, que, si ella los guardó en la cueva del Hermosomío, su razón tendría. Debería haberlos entregado a la Universidad, no apropiárselos de esa manera, o al ayuntamiento, lo que es del pueblo, es del pueblo y todos paisanos tenemos derecho a las ganancias, a Dios lo que es de Dios y al Cesar lo que es del Cesar, que mucho predicar y de dar trigo na de na...

—Señor guardia, bueno señor sargento, por si sirve de algo —intervino de nuevo Hilario Buendía, que no quería quedarse callado, bajando la voz y acercando sus labios al oído del sargento de la Guardia Civil, señalando con el dedo al funcionario —, el tal Paco es un poco revoltosete, de cascara amarga, usted ya me entiende, como los del gobierno…

—No, no lo entiendo y ya les he dicho que no estoy para tonterías —se encogió de hombros el sargento un tanto molesto, metiendo prisa a los cuatro paisanos que le habían interrumpido la siesta, en aquel pueblo que nunca pasaba nada.

—¡Copón, cabo!¡No me joda usted! Que esto es algo muy serio, que Paco Arenas quiere hacer la república independiente de Pinarejo, «igualico» que los catalanes, imagine usted que un día escribió Pinarejo república independiente y con salida al mar, así mismo —Ambrosio, ante lo para él era algo bastante evidente.

—Sargento, si a usted no le importa… —protestó el sargento ante la degradación llevada a cabo a su persona por el pinarejero, con lo que le había costado conseguir los galones de sargento.

—Pues, eso, que es un poco rojo, bueno un poco, es un decir, a veces se mete hasta con el Tortas…, perdón, perdón, no me lo tenga en cuenta usted, que yo no quería faltar... Me he equivocado de persona, no era eso lo que quería decir…—titubeó nervioso Zacarías.

—Entonces, ¿no es el tal Paco Arenas al que quieren denunciar?

—Sí, sí claro, lo que queremos decirle que habla mal del rey, y esta pulsera con la bandera nacional, no se la pone ni borracho, es rojeras…—apostilló Zacarías, que ya parecía llevar la voz cantante, en detrimento de Hilario.

—Bueno, pero que no se ponga pulseras, no es delito, yo tampoco me las pongo, lo veo una estupidez. La patria se lleva en el corazón, y no en procesión.  Estamos en democracia, otra cosa es lo que pueda decir del rey. Si injuria a la Corona, eso sí es delito ¿qué piensa el tal Paco del rey? Que ya, con tal de que me dejen tranquilo, soy capaz de meterlo entre rejas a él y a ustedes... juntos, ¡Copón! Que ya hasta me hacen hablar mal.

—Pues lo mismo que pensamos todos, que el rey no sirve para nada, y que es un gasto inútil para el Estado…—saltó el Zacarías, queriendo estar a tono con las palabras del cabo, no fuera a ser que fuese a la cárcel. 

—Perdoné mi sargento —intervino bruscamente Hilario, dándole un codazo tan fuerte a Zacarías Zenón, que lo tiró contra el suelo —, mi paisano no quería decir eso, ninguno de quienes estamos aquí pensamos esas cosas, pensamos y decimos lo mismo que usted sobre el rey. Somos españoles como Dios manda…

—¿Lo mismo que yo? Si piensan y dicen lo mismo que yo, tendré que detenerlos por injurias a la Corona, así que vayan sacando sus «deneis», que les aplique la Ley de Seguridad Ciudadana… 

—Pero hombre, si nosotros venimos a denunciar, no a ser denunciados por usted. Somos los denunciantes. Además, somos españoles, muy españoles… ¡Viva la Guardia Civil! —protestó, ahora Hilario, echando mano a la cartera.

—¿Me intentan sobornar? —Preguntó ofendido el sargento de la Guardia Civil.

—No, es para darle el «denei» —se disculpó Hilario Buendía que ya tenía la cartera en la mano y un billete de cincuenta euros fuera, que de inmediato metió en la cartera, sacando el «denei»

—Es igual, vale, con cincuenta euros es suficiente, bueno, mejor cien. Cada uno, claro. La vida está muy cara…

Los cuatro echaron con disgusto manos a la cartera, Zacarías miro a sus compañeros, sólo tenía veinte euros, como siempre iba de gorra, comenzando a contar con los dedos.

—¿Me dejáis mil duros? Bueno treinta euros, me faltan cinco mil pesetas… para la multa…

—Es broma —era broma, dijo echándose a reír el sargento —. Lo que ocurre es que no sé qué coño han venido a denunciar. Porque ese Paco Arenas sea rojo o republicano, es legal, otra cosa es que quiera cometer un delito…

 ***

—Pues cabo Urbano no pensaba igual, pegaba unas hostias a los rojos más grandes que los panes de la tahona de Pinarejo, menudo era…

—Claro, claro, pero Urbano era un guardia franquista, yo soy demócrata. No todos los guardias no somos unos fascistas. Eso era antes. Ahora si me hacen el favor, me dicen qué quieren denunciar, sin tonterías, de lo contrario les tendré que aplicar con todo rigor la ley mordaza, perdón de Seguridad Ciudadana.

—Pero si esa ley está sólo para meter a los titiriteros y a los cantantes en la cárcel. Nosotros somos personas normales y serias, cantamos muy mal, hasta y, ni siquiera borrachos, contamos chistes y menos de su caótica majestad. Ni del que se ha fugado a los Emiratos Árabes, ni del desaparecido —protestó, ahora Ambrosio.

—Pues, hasta el momento todo esto me parece un mal chiste, sin gracia ninguna y por mejores chistes han metido en este país a gente en la cárcel. Me están cabreando, yo estaba tan ricamente echando la siesta y leyendo Magdalenas sin azúcar.

—¿Echando la siesta o leyendo? Aclárese usted a ahora, porque si estaba leyendo, no podía estar echando la siesta —intervino Hilario, bastante ofendido por el tono del sargento y por el hecho de que no lo recordará.

—Me han jodido la siesta y la lectura, justo cuando tenía un sueño cojonudo, así que aligeren o llamo a los guardias para que los metan en el calabozo.

—¡Vale, vale! Si al final vamos a tener que ir a hablar con el cura, que es el único que nos entiende, ese sí que sabe...

—Pues vaya a hablar con el cura, que yo no llevo sotana.

—Se lo decimos con claridad, pensamos que Paco Arenas ha secuestrado a un catedrático de Puerto Rico, y que lo tiene metido en el molino nuevo ¿quién va a buscar ahí?, y lo va a moler para hacer harina de otro costal…

—Váyanse ustedes a tocar los mismos a otro, dicen unas tonterías, el molino ese no muele, no giran ni las aspas, ni las muelas muelen. Donde no hay harina no hay tremolina. ¡Guardias! —llamó el sargento.

 

¡Madre mía la que se montó! Y más después de que el sargento se negara a tomar cartas en el asunto. Todo porque aquel profesor, vestido con guayabera, llegado de la Isla de Borinquén, pisó Pinarejo. Que Zacarías se alarmase, vale, que se alarmase el líder de la oposición, hombre con máster y título universitario, eso sí, falso, era más complicado. Pero, cuando Paco Arenas, alquiló un caballo y un borrico, hablando algo de molinos, de don Quijote y Sancho, de molienda y costales de trigo y harina.

—Los guardias, ya no son lo que eran. Si este caso lo pilla el cabo Urbano…—se lamentó Hilario.

Echados del cuartelillo, fueron a hablar con alguien con influencia de la diputación, al que sí convencieron, el cual quiso llamar a la Embajada de Puerto Rico, por desgracia no existía tal embajada.

—¿Cómo no va a existir la embajada de Puerto Rico, si en el Paseo de La Habana está la de Cuba y Puerto Rico es mucho Puerto Rico? —Se preguntó incrédulo Zacarías Zenón.

—Seguro que sí existe, le preguntaremos a nuestro presidente, el líder de la oposición, que se sacó la carrera sin examinarse, y un máster sin estudiar —dijo el miembro de la diputación, que también tenía máster regalado.

 

 Finalmente, tras varios intentos, lo remitieron a la embajada de los EEUU. El chismoso influyente dudó, ya veía a los marines de la Sexta Flota invadiendo la Mancha con Trump a la cabeza. Bueno, al fin y al cabo, a él siempre gustaron las hazañas bélicas, y el presidente de los Estados Unidos, era el loco más y peligroso de los presidentes americanos desde que él tenía conocimiento. Llamó a la Benemérita, pensando que a él sí le harían caso, como persona conocida y de orden que era. Lo peor es que lo conectaron con el sargento, al que contó la misma historia que le habían contado los paisanos.

—Un loco ha secuestrado a un profesor americano para atacar los molinos de viento de Iberdrola, y cambio el molino de viento por los de las eléctricas —dijo lo de «americano» pensando que así haría más fuerza que si decía puertorriqueño, y en cierto modo no mentía —. Mire sargento, el secuestrador parece que no tiene carne en el esqueleto. Como si los huesos fuesen agujas sin enhebrar, y la sesera se le hubiera secado, a fuerza de darle el aire, y parece que ya comienza a desvariar. Aunque desvariar ya desvariaba antes, desde que se cayó de lo alto del molino viejo, cuando era pequeño y jugaba a hacer el indio, o era don Quijote de la Mancha pensando que se enfrentaba a gigantes…—quiso terminar dando un tono un tanto literario a sus elucubraciones, a pesar de que nunca había leído El Quijote.

—Esas tontunas, ya me las han dicho antes cuatro gilipollas. Usted, señor diputado, disculpe, pensaba que tenía algo más de seso. Pero bueno, explíquese —contestó el sargento con tono sarcástico.

—Piense quién soy, que puedo llegar a ministro, soy el brazo derecho del líder de la oposición, aunque no dispare aceitunas con la boca. Así que escuche con atención. Los vieron anteayer, por última vez, vestidos de don Quijote y Sancho en el molino de viento, y ya no se les volvió a ver más, según todos los indicios, Paco Arenas tiene secuestrado al profesor don Jaime Flores.

—Vale, avisaré a mis superiores para que se pongan en contacto con la embajada de los Estados Unidos —contestó el sargento con tono de hastió, ante el tono del diputado.

Entonces llegaron cuatro agentes americanos, bien trajeados, hablando inglés con el acento meloso de Puerto Rico, los cuales se presentaron como funcionarios de la embajada de EEUU. Su llegada creó, aún más revuelo, que la llegada del profesor Flores en aquel tranquilo pueblo castellano del norte de la Mancha.

  Ya todo el mundo en Pinarejo y en la comarca, tenía claro de que algo grave habría ocurrido. Sólo faltaba la Guardia Civil, el reticente sargento; aunque llamó a la embajada, no mandó guardias. Los programas televisivos de la mañana, tan sensacionalistas e inventivos, ávidos de noticias; aunque fueran falsas, mandaron a sus reporteros, y por supuesto anunciar en todos los noticiarios. El presunto secuestro de un profesor puertorriqueño, por parte de un desquiciado que pretendía revivir las aventuras de don Quijote y Sancho, abría los amarillistas noticiarios. Contaban que un loco había obligado al profesor para que hiciese de don Quijote, o lo que era peor, que lo había secuestrado para pedirle su colección de libros del Quijote como rescate, pues eso dijeron en la taberna de la plaza.

Comenzó la búsqueda y por mucho que los buscaban, tanto al manchego como al profesor parecía como si se los hubiera tragado la tierra. Helicópteros y patrullas de rastreo comenzaron a peinar la zona. Hasta que por fin un pastor de la Montesina dijo haber visto un caballo y un borrico atados a una encina y a dos extraterrestres o astronautas, no estaba muy seguro, pues nunca había visto ni lo uno ni lo otro, intentando abrir un agujero en el muro de la cueva de La Montesina.

—Para entrar dentro —dijo, aclarando que no bebía vino nada más que en las comidas y sólo una gotilla.

—Dos chalados, señores americanos, dos chalados —repetía Hilario Buendía, que ya se veía como el Llanero Solitario —. Esa cueva es muy peligrosa, la tapiaron en tiempos de Franco, por lo peligrosa que es, la mismísima boca del infierno, me ha dicho mi padre.

Ante tal revuelo, el sargento cedió y Guardia Civil junto, con los funcionarios de la embajada de EEUU, se presentaron en la Montesina. Los dos hombres, boricua y manchego, ya habían salido de la gruta. Continuaban vestidos todavía con los trajes de seguridad. Las escafandras las habían sustituido por tapones en las fosas nasales, manteniéndose a cierta distancia de la entrada de la cueva. Estaban tranquilos comiendo jamón serrano, queso manchego y bebiendo vino en tragos largos de bota de cuero. Tenían todavía las pruebas del delito al lado, mazas, picos, tijeras de podar y bolsas de cuero. Todas las zarzas existentes alrededor de la cueva las habían amontonado sobre unas rocas baldías. También derribaron el muro de hormigón, con el cual, más de setenta años antes taponaron la entrada en la cueva para evitar desgracias. Se les notaba cansados, es por ello que estaban reponiendo fuerzas.

Los guardias tomaron posiciones sin mucho convencimiento, tenían orden de que obedeciesen a los funcionarios de la embajada, pero también que estaban participando en algo estúpido, aunque el cabo discrepara del sargento. Los funcionarios se dirigieron directamente al profesor Flores.

Now you are safe Míster Flores —dijo un funcionario en inglés con meloso acento de Puerto Rico, que enojó al profesor.

—Ya vienen a jeringar.  Para usted, soy señor.  Soy boricua…—replicó el profesor.

—Míster Flores, profesor, es ciudadano de Estados Unidos. Debemos protegerle…—bajando el tono—. Esta gente es peligrosa, cafres y atorrantes, ya sabe…

—Ustedes sí que son cafres…—replicó el profesor.

Paco fue a decir algo, pero de inmediato los guardias le apuntaron con sus pistolas y calló de inmediato, casi antes de abrir la boca.

—Iba a ofrecerles un trago de vino —se disculpó, mostrando la bota en una mano y el pan con el jamón y la navaja en otra.

—Suelta lo que tienes en la mano, tíralo al suelo —ordenó el cabo.

Paco soltó la navaja, pero no la bota, ni el pan, ni mucho menos el jamón. Uno de los guardias se lo arrebató de un manotazo, tirándolo al suelo.

—Eso es resistencia a la autoridad —le increpó el cabo con severidad. Mientras Paco, asustado, se encogía de hombros —tendremos que aplicarle la ley mordaza.

—¿Está usted bien? Preguntó otro funcionario al profesor, casi lanzándose sobre él, supuestamente para protegerlo.

— ¡Por Dios! ¿Cómo no estar bien?, si estoy comiendo el mejor jamón, el mejor queso y bebiendo el más delicioso vino de la tierra, sentado en la misma piedra que lo hiciera el Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha.

El funcionario lo miró con estupefacción, no podía creerlo, la información era precisa, el profesor, también estaba trastornado como don Quijote. «¡Qué malo es leer! La gente que lee se vuelve estúpida», pensó el funcionario americano. Naturalmente no dijo eso:

—No es lo que nosotros tenemos entendido, así que, sintiéndolo mucho, debe venir con nosotros…

—De ninguna de las maneras. Ustedes me dejan abochornado, tratándome como si estuviese ajumado—. replicó con autoridad el profesor.

—Míster Flores. Estamos para ayudarle, piense en su esposa e hijos…

—Juanita está al tanto, y viene de camino, mis hijos, me quieren tanto, que no comprenden que estoy hecho un jovenzuelo…

Mientras tanto la Guardia Civil comenzaba a abrir diligencias sobre la apertura de la cueva, como ya he dicho antes tapiada con bloques de hormigón más de setenta años antes, tras desaparecer varias personas en ella.

— ¿Por qué has abierto la entrada de la cueva? ¿Acaso no sabes que está prohibido desde 1956?

—¡Uy, ni había nacido? Tengo los permisos de la diputación y hemos pedido permiso a la alcaldesa —respondió Paco, primero en broma, después en serio al ver la cara de enojo del guardia —, además, está llena de monedas de oro y plata, señalando una bolsa de lona y vaciándola en una caja de cartón que tenían al lado.

— ¿Las habéis robado? —Preguntó el guardia con ojos que reflejaban a un tiempo curiosidad y codicia al ver que la bolsa estaba llena de monedas de oro y plata.

— No. No somos ladrones. La hemos abierto a la espera de que lleguen los especialistas —respondió Paco.

— ¿Hay más? ¿Se ven? —Preguntó otro de los guardias.

—Algunas, bueno, bastantes. Se ven, ducados de oro, escudos reales, también maravedíes; pero no debemos bajar porque...—comenzó Paco.

—¿Eso quién lo dice, tú? —Preguntó el guardia que había tirado el pan y el jamón al suelo.

Paco se encogió de hombros, prefería no discutir con el guardia estando la Ley mordaza vigente.

—Son manchegos... ¿Ustedes habrán leído el Quijote? —Preguntó el profesor —. Saben lo que le pasó a don Quijote cuando bajó a la cueva de Los Montesinos...

Los guardias y los funcionarios miraron al profesor como si este estuviera loco de remate.

—¿Quién va a ser tan tonto de leer esas cosas, mejor el Marca o el As habiendo fútbol y toros? ¿Estamos locos acaso? —replicó el cabo de la Guardia civil, al mando, el sargento no quiso saber nada del asunto —¿Pero hay tesoro o no hay tesoro?

—Sí, monedas, muchas monedas, pero como les dice el profesor, recuerden lo que le ocurrió a don Quijote en la cueva de Los Montesinos..., además, hay que esperar a que lleguen los especialistas de la diputación y del Ministerio de Cultura...

—Hombre, eso lo tendremos que decidir nosotros, que para eso somos la autoridad —replicó el cabo.

—Mi cabo, se ven las monedas desde aquí —dijo uno de los guardias, señalando con una linterna al interior de la cueva, dos o tres sacos llenos de monedas de oro, brillan en la oscuridad.

 Antes de que terminase, varios guardias estaban en la abertura de la cueva, y comenzaban el descenso.

—Lean, lean, que no les ciegue la codicia —les advirtió el profesor.

—Ya leemos: el Marca y el As, El Mundo, La Razón y Libertad Digital, bueno los titulares —dijo un guardia echándose a reír.

— Que lea —dijo otro—.  Menudo par de imbéciles.  Como si no tuviéramos otras cosas importantes que hacer...

 Guardias y funcionarios americanos comenzaron el descenso, a unos y otros le increpaba el profesor Flores muy educadamente:

—No bajen, es muy peligroso, no sean avariciosos...

—Esto está lleno de monedas, parecen de oro de verdad, mirar —se escuchó la voz de uno al tiempo que varias monedas salían volando a la superficie.

Paco, aprovechando que el guardia que lo vigilaba ya no estaba pendiente de él, sacó el móvil y comenzó a marcar. De inmediato un guardia le arrebató el celular.

—¿Necesitas dos hostias o qué?  —Preguntó.

—No, sólo dos o tres ambulancias para sus compañeros —contestó tranquilamente Paco, mientras al otro lado de la línea, se escuchaba la voz de la operadora «doscientos doce de emergencias, dígame», el guardia miró hacía la entrada de la cueva, se acercó y vio como uno detrás de otro, guardias y funcionarios americanos iban cayendo en un profundo sueño.[1]

—Por favor, señor guardia, dígales que vengan con escafandras de máxima seguridad.

El guardia nervioso era incapaz de articular palabra, así que Paco arrebató el celular al guardia y explicó la situación.

Por suerte llegaron a tiempo los servicios de emergencias instalados en Honrubia, menos mal que finalmente no los quitaron, como pretendía Dolores de Cospedal.

  Una vez todo aclarado, don Jaime, supuestamente en el papel de Quijote boricua y Paco, también supuestamente, en el papel de Sancho, sobre caballo y borrico, sin adarga ni lanza, pero con vino, queso, continuaron el recorrido gastronómico cultural por tierras de la Mancha, con intención de detenerse en todos los molinos y rincones por los que anduvieron don Quijote y Sancho; pero sobre todo, por posadas y fondas, comenzando por la Posada Real de Santa María, donde Julián García, y otra vez García, ganador de dos primeros premios a la mejor paella del mundo, les tenía preparada una.

 

Por la manchega llanura[2]

se vuelve a ver la figura

de Don Quijote pasar…

 

Ponme a la grupa contigo,

caballero del honor,

ponme a la grupa contigo,

y llévame a ser contigo

pastor.

 

Por la manchega llanura

se vuelve a ver la figura

de Don Quijote pasar...



[1] En la cueva de Los Montesinos, Don Quijote se quedó profundamente dormido posiblemente por los gases que emanan del interior de la tierra.

[2] León Felipe



MIS OTROS LIBROS:
MAGDALENAS SIN AZÚCAR
LOS MANUSCRITOS DE TERESA PANZA
CARICIAS ROTAS
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...