lunes, 11 de diciembre de 2017

Cómo ser escritor y publicar sin morir en el intento (otra cosa es ganar dinero)

El poeta pobre de  Carl Spitzweg (Alte_Nationalgalerie)

Darse a conocer como escritor es muy difícil, vivir como escritor, misión imposible en el 99,9% de los casos.  Seguro, como dice mi amiga y gran poeta María Senatore, "existen fórmulas posibles, y quienes escribimos podemos lograrlo"; aunque, tal vez, cual alquimistas sigamos buscando toda la vida la piedra filosofal para conseguirlo. Supongo que más que formas existen casualidades y circunstancias. Con 26 años creí estar a punto de lograrlo, fue muy poco lo que faltó, tras quedar seleccionada mi novela "Réquiem por una noche de amor" para aspirar al Premio Nadal. Finalmente, ni tan siquiera fue publicada y yo dejé de escribir durante más de 26 años, ahora con 58 años sé que nunca tiraré la toalla ç, y que al menos, aparte de las dos novelas que tengo publicadas, otras dos verán la luz.

Dice mi admirada amiga, artesana de la palabra, María Senatore que: 

"Venimos desnudos y así nos vamos. Crecemos, con dolor o no. A veces no maduramos, a veces sí, otras veces intentamos y no se logra; pero siempre nos vestimos del papel y nos mece su olor, nos enriquece la palabra escrita del otro y nos buscamos, y nos envuelve"eso" -la palabra- nos enciende, nos atrapa y nos libera. De cada ESCRITOR rescatamos la esencia y nos nutrimos. 
Nos "alimentamos" y somos felices desde el alma. Mi pensamiento me dice que "vivir como escritor"es de pocos, de los elegidos y existe la fórmula, la intuyo, la palpo y podemos hacerla nuestra."

  Es cierto, son pocos los elegidos, muy pocos,  y ahí puede residir el problema, en que algunos sean elegidos o no, que alguien reciba el manuscrito y decida ignorarlo o no, tirarlo a la papelera o a la trituradora o pararse a leerlo y no se conforme con el título, o lo que es peor, con el desconocido nombre del autor. 

Antes, publicar es misión casi imposible, basta recordar las peripecias de García Márquez con “Cien años de Soledad”, que se gastó todos sus ahorros, además de  empeñar las joyas de su esposa, para poder mandar  la novela a las principales editoriales,  sin éxito, y que, con los últimos pesos que le quedaban en el bolsillo pudo mandar tan solo la mitad de la novela por no tener dinero suficiente para pagar el envío de la novela completa. 

No ha sido el único. El mayor éxito editorial de los últimos años, sin duda, ha sido Harry Potter, J.K. Rowling desgastó más suelas que un pastor trashumante de editorial en editorial. Finalmente se presentó en una humilde editorial, y mientras que el editor le decía que no consideraba digna de publicarse,  tuvo la suerte de que una chiquilla de ocho años, la hija del editor, hojease el manuscrito mientras este se negaba a publicarla.  La editorial ahora es una de las más importantes de Inglaterra.

Ahora resulta mucho más fácil, casi imposible en una gran editorial, dificilísimo en una mediana y difícil en una pequeña; aunque, hay otras alternativas, una vez agotados los intentos de publicar a través de una editorial tradicional:

Co-edición, autoedición y plataformas digitales, tanto en papel como en formato digital como Amazon o Lulu. Algunos autores, de hecho, sus primeras opciones son estas últimas y ni se plantean hacerlo a través de editoriales tradicionales, sin que por ello sea una locura, ni mucho menos, al mismo número de ejemplares vendidos los beneficios son muy superiores, si es que existen, que en muchos casos son pérdidas. 

En poesía, resulta mucho más difícil, no basta ser un gran artesano de las letras, un gran poeta, como muchos de los poetas que conozco, es imposible ser poeta y comer de ello. 

 En novela es preciso tener padrinos y ser dócil. Tengo dos experiencias en el último año que así lo atestiguan. Después de ser seleccionada mi novela "Magdalenas sin azúcar" en dos ocasiones en dos importantes premios, de llamarme y decírmelo, luego no les interesó. Supongo que culpa tendrá mi novela, y culpa tendré yo, por ser una mosca  cojonera, o tal vez, porque tras pensarselo bien no la han considerado digna de sus editoriales. No quiero decir con esto que sea yo un gran novelista, ojalá. Muy mala no debe ser cuando se han preocupado de ponerse en contacto conmigo. 

Hoy en día a miles y miles de poetas y novelistas que escriben maravillas y que jamás serán publicados por grandes editoriales. Incluso, resulta difícil ser publicado por pequeñas editoriales, no olvidemos que las editoriales son empresas y como tales no están para perder dinero. Siempre venderá más un periodista que salga en televisión o una tertuliana que su único mérito sea el haberse acostado con un torero o alguien que presenta un programa de cotilleo, que quien escriba o intente escribir una obra literaria. 

Publicar con editoriales pequeñas, las cuales tienen gran mérito y en la mayoría de los casos los editores son auténticos héroes, que arriesgan su dinero y trabajo con autores desconocidos. Yo personalmente estoy muy agradecido a Ediciones Hades por publicar mi primera novela "Los manuscritos de Teresa Panza" hace ya casi tres años,  es una editorial que recomiendo, José Luis Victoria es fantástico,  que ama su profesión, lee lo que le llega y lo valora en su justa medida. Sin embargo, publicar en editoriales pequeñas,  en la mayoría de las ocasiones lo único que da es satisfacción personal, lo cual es mucho para quien aspira a ver su nombre en letra impresa sin arriesgar su dinero. ¿Y por qué no? Tal vez pueda producirse el milagro de Harry Potter, a través de una pequeña editorial y convertirse tu libro en un éxito editorial. 

   Algunos autores pasan o pasamos por la edición, autoedición y coedición, como es el caso de la escritora e investigadora María Nieves Michavila Gómez, la cual publicó con Incipit hace dos años el mejor libro de investigación histórica que he leído, y que consulto a menudo "Voces desde el más allá de la historia", libro tan ameno como una novela histórica, y sin embargo, riguroso. Dos años después y con la garantía de haber quedado finalista en el Premio Café Mon con "Manual del buen truhán", ha decidido arriesgarse a publicar con Letras de Autor. Esta novela es de fino sentido del humor, divertido e ingenioso, del cual muy pronto, cuando termine de leerlo haré una reseña, de momento engancha, apasiona y divierte. 

La autoedición es un riesgo que asumes sólo tú y nadie más que tú, sin garantías de que tu libro valga realmente la pena, nadie te dirá que es un bodrio, aunque lo sea, puesto el cliente de la editorial o imprenta eres tú, y quien se comerá con patatas los libros que imprimas serás tú, y los amigos y familiares que lo compren o se lo regales. Siempre, te darán la oportunidad de que contrates sus servicios editoriales para mejorar el libro sustancialmente, lo cual encarece el producto, en otros casos va en el pack, o pack, por escalones, a más azúcar más dulce, al final según el pack elegido, la cantidad o la editorial, te puede salir cada libro por un ojo de la cara y parte del otro, sin garantías ni de que sea bueno, ni de que se vaya a vender, por mucho que te ofrezcan o te digan que estará en la principales librerías de España o del mundo.  Por tanto, es preciso tener mucho cuidado, en la actualidad la mayoría de las editoriales principales han sacado su sello de autoedición incluidos los grupos PlanetaPenguin Random House; aunque en autoedición se lleva la palma, de momento Circulo rojo.  

No obstante, a pesar de lo dicho, la autoedición no es sinónimo de falta de calidad, ni mucho menos, yo he leído estupendos libros de autores autopublicados, con varias ediciones en el mercado, y auténticos bodrios de editoriales de prestigio, y autores reconocidos, como en todos lado, en la autoedición puede haber auténticos tesoros literarios. En los últimos tiempos he leído libros fantásticos autoeditados, como el ya mencionado "Manual del buen truhán" , también otros como "Bib-Rambla El silencio habitado de las casas", de Antonio Andújar Castro, o su segunda novela, publicada primero con una editorial y después en autoedición "La vida partida en dos", de ambos se puede leer la reseña en este blog. 



Siempre nos quedará París, dijo Humphrey Bogart. 

En este caso, existe otra opción para los escritores, Amazon y otras plataformas similares. Esa fue la opción elegida para mi segunda novela "Caricias rotas", y no me puedo quejar, más bien al contrario, desde el mes de octubre de 2016 que salió, lo hizo con fuerza, entre noviembre y diciembre se vendieron muchos ejemplares, en  el mes de febrero llegué a ocupar los primeros puestos de ventas en las listas de Amazon de EE.UU., España y México, en el mes de julio, también se vendieron bastantes ejemplares. Mis adaptaciones de clásicos "El Lazarillo de Tormes" y "La Celestina", ocupan los primeros puestos de su categoría. A pesar de todo, siendo la opción menos arriesgada, la que más dinero puedes ganar, creo que no e la mejor opción. Una editorial, por pequeña que sea, siempre es una editorial. Publiqué "Caricias rotas", en Amazon, por lo delicado del tema, la violencia machista, Amazon te permite modificar la novela, y yo quería estar seguro de tener la suficiente sensibilidad como para no herir sensibilidades, contribuir a la lucha contra la violencia de género, sabiendo que los maltratadores no leerán nunca mi novela.  

A pesar de las dificultades y obstáculos...

Escribir, escribir, escribir, hacer de los arroyos ríos de tinta, y de los ríos torrentes de palabras que rompan la indiferencia que nunca se conformen con ser mares de aguas mansas sino de agitadas corrientes. Escribir lo que os salga de vuestras entrañas. Escribir para vosotros, que os guste a vosotros, sin miedo, ser moscas cojoneras, si es posible que moleste;  pero, ante todo, ser vosotros mismos, sin pensar en el lector, sino en disfrutar de lo que estáis haciendo. Una obra literaria es parto, un hijo, y como tal, la acción llevada a cabo, puede llegar a ser orgásmica, no renuncies nunca a un orgasmo; aunque sea en solitario.

No perdáis la esperanza, es posible, recordar que Ulises de James Joyce, El señor de los anillos, estuvo a punto de no publicarse, sin olvidar “La conjura de los necios”, fueron tan necios, que lo rechazaron un montón de editoriales, fue publicado casi veinte años después de ser escrito, y después de que el autor (John Kennedy Toole) desesperado se quitase la vida. No seáis necios, no escribir por afición, distracción o entretenimiento, no olvidéis que Miguel de Cervantes murió en la miseria, mantenido por su hija.

Para que sirva de aliciente y acicate, recordar las palabras de dijo Katherine Neville, que durante muchos años intentó sin éxito publicar su novela “Ocho”.  Cuando ya había perdido la esperanza, su novela fue publicada y traducida a doce idiomas, siendo un éxito total:

"Pueden impedirte ser un autor publicado, pero nadie puede impedirte ser un escritor".

Ahora ni eso, así que, ánimo, y a escribir hasta que de las yemas de los dedos te salgan jilgueros volando... (© Paco Arenas - © Los papeles perdidos del Quijote)

lunes, 4 de diciembre de 2017

La bicicleta el silencioso ladrón de tu virginidad (Cuento tradicional)


Viendo este anuncio tan retrógrado y machista, posiblemente publicado por una mente enferma, más que la mía, que ya es decir, he recordado este viejo cuento tradicional  sin ánimo de ofender a nadie, que últimamente en España solo falta reinstaurar la Inquisición para rojos, herejes, gays, lesbianas y herejes de diversa calaña infernal...
Pero en fin, espero, que a la mayoría le haga gracia, que no sé que la tiene menos, si el chiste o el panfleto, puesto que todo el mundo tiene derecho a su propia sexualidad siempre que con ello no perjudique a nadie.

Allá por los años cincuenta del pasado siglo, cerca de una ciudad castellana se encontraba un convento en el cual las monjitas elaboraban en su obrador las más ricas y dulces pastas que cristiano alguno ha probado nunca. Dichas sabrosas elaboraciones las vendían a los comercios de la ciudad, siendo ellas mismas quienes se encargaban de llevarlas en el tren de San Fernando, un ratito a pie y otro andando, al menos una vez a la semana. Un devoto feligrés de mucho dinero, les regaló diez bicicletas, lo cual alegró mucho a la comunidad. Así, a   ritmo de pedal, dejando el convento casi vacío, con tan solo con las más ancianas tras sus muros, dos días en semana iban camino de la ciudad pedaleando seis novicias y tres hermanas, yendo a la cabeza de las cuales con gran con alegría la madre superiora, que siendo la de mayor edad, no llegaba a los cincuenta, ponía más entusiasmo que ninguna. Todas llevaban su correspondiente cesta con pastas monásticas para vender en los comercios de la ciudad y al mismo tiempo regresar con ellas llanas de donaciones de los feligreses.

Las monjas iban cantando piadosas canciones de alabanzas al señor cada vez con mayor entusiasmo, tanto que, llegando a la ciudad, la madre superiora frenó su bicicleta en seco, y cuando se le pasó el sofoco, se dirigió a las hermanas y novicias de esta manera:


—Hermanas, moderación, o la próxima vez, colocamos el sillín a las bicicletas.

©Paco Arenas

domingo, 3 de diciembre de 2017

Sueños disueltos en gotas de lluvia



Ver las primeras luces de tu vida en silencio, solo roto por la callada sinfonía del agua golpeando los cristales y el fluir del Huécar, sería un placer que no solo los frailes de San Pablo (ahora parador) deberían poder disfrutar. Cuenca es el resplandor del atardecer de cualquier tarde de verano, la frescura en tu rostro con el aroma de hierba mojada en las madrugadas de otoño, el roce de la nieve en tu cara al besar tus labios los copos en invierno, o el despertar de la manzanilla, el tomillo, el romero y el espliego en primavera. Levantarse cerca del abismo del Huécar o el Júcar implica rozar el cielo con los sentidos, junto al calor del hogar con el crepitar de las llamas reflejándose en el pecho desnudo de la persona que más te querrá en tu vida, tu madre. Mamando la cálida teta, sientes la frescura de la lluvia, o tal vez esos copos difusos al otro lado de los cristales, y el fuego ardiendo dentro de ti.

 

Al nacer, al abrir los ojos por primera vez, mirando con un solo ojo desde el abismo de la aterciopelada curva de la teta con tus labios succionando el néctar de la vida a través de un moreno pezón, ves otro abismo distinto al que ve tu madre desde la ventana tras la lluvia.

 

 

 Cada gota de calostro en tus labios, de lluvia estrellándose sobre el cristal, será un sueño por el que tendrás que luchar paso a paso, rompiendo abarcas, chafándote las narices y las ilusiones tras cada tropiezo.  Te levantarás, llorarás o reirás, pero... ¡Copón! Eres el barro y el sudor de aquellos que tenían callos en las manos, la amenaza en la sien y la ilusión en los ojos. No puedes rendirte. ¡Levántate y sigue adelante!

 

Solo avanzarás si te levantas y desafías las dificultades de la vida, incluso si eso implica atravesar los muros de los palacios como nunca lo harán los fantasmas, rompiendo cadenas y candados innecesarios de un amor eterno que dura solo un suspiro.

 

Es necesario traspasar los umbrales de las murallas, cruzar el puente de San Pablo sin miedo a que se hunda bajo tus pies. Si el suelo no es firme, pisa con más fuerza. El barro se moldea, pero tu voluntad no debe hacerlo.

 

 Lucha por tus sueños y verás cómo avanzan, como las gotas de lluvia deslizándose por el cristal, o como la leche de la vida fluyendo por tu garganta a través de ese hermoso pezón que ahora, sin ser consciente, sin la lujuria pecadora, seduces con tus tiernos labios, que un día usarás para pronunciar las palabras más hermosas.

 

Avanza con los ojos abiertos, con tus labios que todavía no han pronunciado «ajo», ni «papá» o «mamá», simplemente mama, ahora mama, luego lucha.  

 

Saciado, déjate llevar por la corriente del río, si tu madre se asoma a la ventana para que expulses los aires, eructa con ganas, respira Cuenca, antes que los purines de las «macro granjas» contaminen ese aire limpio que ahora respiras contra el pecho desnudo de tu madre. Entonces, entre palmada y palmada en la espalda, día tras día, año tras año, verás cómo tus sueños vuelan y se desvanecen, y se confunden con el agua del río.  Antes de que sea tarde, respira, mama...

 

Llegará el día en que tus labios ya no quieran esa teta, y buscarán otros sueños, otros labios en los que depositar sus besos. Los sueños, como el agua de la lluvia tras el cristal, se deslizarán y se mecerán con otras gotas, otros sueños, y se disolverán en las aguas del Huécar, para luego, confundirse con las del Júcar. Solo entonces, busca entre las aguas del río y las brisas de Poniente y Solano, esos sueños que dejaste volar cuando el calostro era tu alimento.

 

La lluvia siempre es vida y la vida es una carrera hacia la inevitable meta de la muerte, pero también del olvido, del conformarte con lo que nunca debieras; por lo tanto, se dejan en el tintero los sueños que iluminaron tu camino. Procura no hacerlo, te pesará, nunca lo olvides… ¿Pero, ¿qué importa eso ahora? ¡Copón!

En Cuenca llueve y la lluvia es vida, alegría, y tienes agua en el botijo, vino en el porrón, pan, queso y tocino en la alacena, y entre tus manos un libro en blanco por escribir. Eres barro y sudor y sangre en las venas: moldea tus sueños, lucha, vive, escribe...


sábado, 2 de diciembre de 2017

Felipe y Leticia. Un día en la vida de una familia real…



Dedicado a todas las familias reales, las de verdad

Felipe se levanta todos los días antes de las seis de la mañana. Como siempre, lo primero que hace es ir al trono y sentarse, tomar posesión de ese punto de su casa que tan solo a él le pertenece a esas tempranas horas; aunque parezca extraño, no necesariamente a defecar. Por las mañanas está tan dormido que prefiere sentarse hasta para orinar, no vaya a ser que su puntería le juegue una mala pasada. Mientras se cepilla los dientes observa a Leticia con preocupación, cada día está más delgada.

—La pobre tiene que pasar dos veces por el mismo sitio para hacer sombra —piensa, que no dice, con el cepillo dental frotando con fuerza.

 Recuerda que antes de la crisis dejaba que el grifo corriese alegremente mientras se cepillaba, ahora apenas moja el cepillo con un minúsculo chorro y cierra el grifo. Son ya dos veces las que les han cortado el suministro de agua. Lo grave no es que se la corten y al pagar enganchen de nuevo, lo peor es que para que le vuelvan a enganchar le cobran ciento treinta euros de alta, y si ya no podían pagar los sesenta euros del suministro, después deben de pagar casi doscientos, la mitad de lo que le dan de limosna por desempleo. 

Cuando sale del cuarto de baño se viste a oscuras, aunque por la noche sí tienen suministro eléctrico, pero ya sea acostumbrado a hacerlo así, después de haber estado dos semanas sin luz. Un día alguien dijo que podía hacer la trampa y contra sus principios la hizo, se enganchó.

—Quien roba a un ladrón…—le dijo esa persona que vivía de ocupa en un piso propiedad de un banco, después de que ese mismo banco le robara el suyo.

 Por la tarde, a partir de las seis, hasta las ocho de la mañana —se ha informado bien —los inspectores de la mafia energética no comienzan su trabajo hasta las nueve de la mañana y dejan de trabajar a las cinco y media de la tarde, paran a la una y media del mediodía y regresan a las cuatro; aunque, normalmente, la tarde la utilizan para redactar informes. Durante ese tiempo puede arriesgarse a tener la electricidad conectada; sin embargo, al mediodía no se atreve, salvo sábados, domingos y festivos, que tiene todo el tiempo conectada la electricidad.  Así lleva mucho tiempo, por suerte sus dos hijas no lo saben, sus horarios escolares coinciden con la ausencia de conexión, sería un mal ejemplo que descubriesen que están robando la luz.

Antes de las siete, sin desayunar, se acerca a la panadería “low cost” que ha llevado a otras muchas panificadoras del barrio a la ruina por sus bajos precios, a pesar de la baja calidad del producto.

—A los pobres no nos queda otro remedio que ir a lo más barato —piensa mientras recuerda la Tahona Margarita, que se encontraba justo enfrente de esta nueva, y que, todavía dos años después de su cierre luce vetustos carteles, uno de ellos imitando el principal, colocado veintitrés años antes:

Tahona Margarita desde 1914, 75 años a su servicio.

—¡Dios mío, qué pan hacían!

Dos años y medio antes colocaron aquel despacho de pan producido en un polígono industrial, con barras a veinticinco céntimos, Tahona Margarita no aguantó la competencia. Primero comenzó a despedir a parte dela plantilla, de doce trabajadores, quedaron cuatro, al final doña Margarita, hija de la fundadora, se jubiló, sus hijos no contemplaron siquiera la posibilidad intentar rentabilizar el negocio familiar, no existía.

Felipe espero pacientemente a que el empleado del despacho de pan levantase la persiana. Cuando lo hizo, miró a aquel rincón donde apartaba el pan sobrante de día anterior, suspiro aliviado al ver que había cinco barras; no obstante, después de dar los buenos días  preguntó:

—¿Te queda pan duro?

El empleado asintió con la cabeza, y cogió una bolsa metiendo las cinco barras de pan duro dentro, después se acercó a las estanterías donde estaba el pan recién traído, todavía caliente, e introdujo en la bolsa una de las barras del día. 

—Esta para las chiquillas, que coman pan tierno, ya pondré yo la diferencia —dijo condescendiente mientras esboza una sonrisa de circunstancias —hoy no me queda nada de bollería de ayer.

—No pasa nada —responde —. ¡Muchas gracias!

—A ver si hay suerte. Esta mañana en las noticias han dicho que ha bajado mucho el paro…

—Sí, eso han dicho. Yo llevo trabajando ya todo el mes de julio y lo que va de agosto…

—Hombre, mi más sincera enhorabuena, no sabía nada, como sigues viniendo todas las mañanas, ¿hasta cuándo tienes el contrato? —Preguntó el empleado del despacho de pan dando muestras sinceras de alegría.

—Los contratos, amigo mío, los contratos…

—¿Trabajas en más de un sitio? Me alegro…

—No, trabajo en un restaurante de la Malvarrosa, —baja la voz como si le pudiese escuchar alguien —de viernes a domingo en jornada partida, cuatro horas al mediodía y cinco a la noche. Me tienen asegurado cuatro horas y me pagan a cuatro euros la hora, total treinta y seis euros al día, si me necesitan un día de entre semana me aseguran dos horas, así que hay semanas que tengo hasta cuatro contratos…

—¡Madre mía! No se lo digas a nadie, yo estoy jornada completa, pero como sabes abro y cierro el despacho, diez horas al día de lunes a domingo por ochocientos euros al mes. Me llega para pagar el alquiler y poco más, menos mal que el pan me sale barato…

Calla el empleado ante la llegada de los primeros clientes, Felipe paga el importe del pan duro, mitad de precio que el tierno del día, y se va.  Se ha entretenido más de la cuenta.  Se prepara un café sin leche, desde que comenzó la crisis, ni Leticia ni él toman leche, solo café aguado. Busca entre las barras la más dura. Tuesta media barra de pan, y esparce sobre las tostadas aceite de semillas, que es el más barato. Al principio le producía asco acostumbrado al aceite de oliva virgen extra.  Será el único alimento que reciba su estómago hasta después de las cuatro de la tarde que comerá junto con el resto del personal de las sobras en el restaurante.  Termina de desayunar mientras escucha las noticias de la radio. No quiere ver imágenes en la televisión, no quiere que le amarguen el desayuno, bastante tiene con comer esas insípidas tostadas con aceite de semillas y azúcar, para que al menos tengan algo de gracia.  Prepara el café aguado de Leticia, mete las tostadas en tostador y mientras se tuestan acude al dormitorio a despertarla.  Pasa la mano por debajo de la sábana y la sube en forma de caricia desde los pies hasta el sexo, deteniéndose haciendo círculos en el mismo. Sonríe mientras ella se despereza.

—Déjame tonto. ¿No tuviste bastante anoche? —dice ella fingiendo hastío.

Felipe entonces sube la mano rápida, hasta llegar debajo de la nunca de ella tras detenerse en la aureola de uno de sus senos, la besa en los labios, apenas un pico.

— Nunca tengo bastante, mi huesitos, nunca…—la vuelve a besar, buscando un beso profundo, que ella rechaza —ya tienes el desayuno —termina fingiendo resignación.

—Tengo la boca que parece un estropajo —se disculpa ella.  —¿Has llamado a las chiquillas?

—Cuando desayunes. Queda tiempo todavía.

Se da prisa por llegar a la cocina. Se lava las manos con una gota de lavavajillas. Ha recordado que lleva en el bolsillo del pantalón una bolsa individual de aceite de oliva virgen. Saca las tostadas de ella de la tostadora con gesto de fastidio, se han tostado más de la cuenta. Intenta abrir la bolsita de aceite.

—Copón con el abre fácil —se queja mientras echa mano a las tijeras.

Derrama la bolsita de aceite sobre las tostadas. Leticia llega desperezándose, después haber llamado a las chiquillas. 

—Pobrecillas, con lo a gusto que están ahora en la cama.

Leticia se fija en la bolsita vacía, sobre una de sus tostadas. Sabe que son para ella, porque él siempre le reserva la punta de barra, siempre más grande de lo que se la haría ella. Se percata que él se ha puesto aceite de semillas, todavía está la botella sobre la encimera.

—¡Tostadas con aceite de oliva! —Exclama ella exagerando el gesto y abriendo los ojos como si fuese a devorar las tostadas.

—No me di cuenta y me lo traje en el bolsillo. No era cuestión de devolverlo...—responde él quitándole importancia —no creo que por eso me despidan; aunque incumpla las normas.

Se acerca a Felipe y lo abraza de la cintura. Ahora es ella quien busca sus labios. Se besan profundamente.  Al separarse ella está llorando. Es llanto seco, lágrimas que a fuerza de disimularlas no llegan a salir por el lagrimal. Son años encubriendo delante de sus hijas, de sus padres, de algunos amigos el dolor que les despellejaba la piel desde el interior de su ser. Tal vez hubiesen necesitado un llanto torrencialmente húmedo, como el que suelen tener las personas normales, para así sacar todo el mal que llevaban dentro y que poco a poco estaba acabando con la vida de ambos. Leticia sin hambre, con los nervios consumiéndola por dentro, con los ojos enrojecidos de aguantar el resbalar de las lágrimas por sus mejillas. Él, apático con todo, asqueado del mundo, de la indiferencia, de disimular con todos y ante todos. Solo ella y la risa de las chiquillas le asían desear la vida, que, en muchas ocasiones, pensó en quitarse. Cansado de recorrer polígonos, calles, playas o avenidas entregando currículos que sabía que nadie leería.

—¿Estás segura? —Pregunta él.

—No, pero, nos queda otro remedio. Debemos aprovechar este mes. Necesitamos el dinero. ¿Quién sabe cuándo volveremos a tener trabajo?

—Con tus padres estarán bien…

—Un mes sin verlas—se lamenta ella.

—Sí, un mes sin verlas.  Y a pesar de ello, contentos de tener este mes una mierda de trabajo…— suspira ahora él intentando evitar el llanto, sin conseguirlo.

Sí, Leticia también el mes de agosto ha encontrado trabajo en su profesión. Una sustitución en un hospital como enfermera. Después de tres años sin trabajar, por fin trabajará durante veinticinco días.

Durante los últimos años ha trabajado clandestinamente cuidando enfermos. Antes de la crisis faltaban enfermeras, tanto de manera regulada en hospitales como para cuidar enfermos durante las estancias hospitalarias. Donde antes trabajaban tres enfermeras, ahora trabajan dos o una. En cuanto a cuidar enfermos, mientras que antes la gente prefería pagar antes que pasar malas noches en el hospital, ahora con tanto desempleo, los hijos o pariente de los enfermos se quedan ellos antes que pagar. Durante todo el mes de sus hijas estarán en el pueblo de sus padres, saben que estarán bien cuidadas, pero estarán sin ellas, y eso les duele.

Abre la nevera, saca el tetrabrik de leche, lo agita buscando que se multiplique su contenido.

—¿No hay más leche? —Pregunta a Felipe conociendo la respuesta.

—No me quedaba dinero y como hoy te las llevabas al pueblo, calculé y había bastante…

—Sofí anoche echó un trago…pensaba que había más.

Felipe coge el tetrabrik de leche, lo agita también.  Reparte la leche entre las dos tazas de sus hijas, quedan por la mitad. Las acerca al grifo y las termina de llenar.

—¿Qué tontería es esa? —Protesta Leticia.

—¿Qué quieres que se enteren que sus padres no tienen ni para cómprales leche? A ver si cambian las cosas, me estoy dejando la piel, lo mismo me cogen para todo el año…

—Dices unas tonterías, te han cogido ahora porque necesitan gente que trabaje y se dé el callo. Están desbordados. En septiembre se acaba todo, tú lo has dicho.  Prefieren tener dos niñatas con buenas tetas o niñatos con tabletas en los abdominales, que cumplan el expediente por seiscientos euros…—le corta Leticia, que no quiere que se ilusione como todos los años para luego deprimirse.

—Tampoco me pagan mucho más…, pero sí, llevas razón.

—Ya. En fin, Dios dirá…—calla Leticia, las niñas entran en la cocina.

— ¡Buenos días! —Saludan al unísono las chiquillas.

 Felipe abre la nevera y saca la margarina, la mermelada y dos botellitas de “bífidos activo”, todo de marca blanca. Antes compraban de marca los “bífidos activo” y el yogurt también.  Siempre fueron mirando la peseta, tal vez por eso todavía respiran algo, pero poco. Si no fueran por los abuelos…nada.

—Tomar “pitufinas”, los “artimeles” bien fresquitos que hace mucho calor…

Las chiquillas corren a coger las botellitas de yogurt líquido y le dan un beso a su padre y después a su madre. Se sientan en la mesa listas para desayunar. Mientras su padre les prepara las tostadas, su madre que ha terminado de desayunar abre un armario repleto de paquetes de macarrones, fideos y arroz, que comienza a meter en un bolso.
—La leche está rara —protesta Elena, la más pequeña.

—Es que desnatada —se apresura a responder Leticia.

—Pues no me gusta la leche desnatada, parece agua… —protesta la mayor.

—Papá se equivocó al comprarla. Hoy ya os la tomáis así, mañana ya os pondrán los abuelos de vaca recién ordeñada.

—Mamá… ¿En casa de los abuelos también vamos a comer casi todos los días macarrones? Pregunta Elena con gesto de fastidio.

—Como os gustan tanto…—comienza Felipe.

—Papá, como dice el abuelo, lo poco gusta y lo mucho cansa. Además, ahora no los sabéis guisar. Antes le poníais chorizo, carne, atún, queso… ahora con tomate sin sabor…—protesta Leonor.

 —Lo mismo digo. Figúrate, muchos días en que me apetece más comer las habichuelas de la abuela, con su arroz, su choricillo, morcilla y su hueso de espinazo, que antes no me gustaban —replica Sofía sin dejar terminar a su padre, guiñando un ojo a su hermana y chupándose el dedo.

—Sí, mejor este mes de agosto comer cocidos, potajes, chorizos, morcillas, jamón y queso…—se chupa Elena el dedo, guiñándole a su vez el ojo a su hermana —Cuando comencemos el cole, ya comeremos lo que nos pongan en el comedor y los sábados domingos, arroz a la cubana, unos días con huevo y otros viudos, macarrones o de todo lo que tenéis en ese armario…—dijo Leonor señalando un armario de la cocina donde guardaban los víveres que les daban en el banco de alimentos para poder subsistir.  

Por los gestos de las chiquillas sabe que ellas no se chupan el dedo, aunque las dos se chupasen el dedo. Son conscientes de la situación que viven. Se quedan en el comedor del colegio, es la única comida que realizan variada al día, por la noche, sábados o domingos, recurren a los paquetes de la ONGs. Siempre procuran añadir atún, chorizo, pescado o algún filete a la dieta de las chiquillas, muchos días no puede ser. Por suerte en ocasiones sus padres y suegros les alguna ayuda económica y sobre todo alimentaria. Sabe que al regreso traerá aceite de oliva virgen, jamón, embutidos, que siempre reservan para las chiquillas. Felipe está a base de pan, arroz blanco, sopas y macarrones. A ella los nervios le cierran la boca del estómago y cada día está más delgada.

—Les dices que lo necesito para ir a trabajar —le recuerda él.

—¡Qué remedio! Tampoco se chupan el dedo, por eso nos ayudan. Si no fuese por ellos…

—Mis padres también nos ayudan…—apuntala él sin mucho convencimiento.

—Sí, pero tienen otros dos hijos que están peor que nosotros…

Felipe mira el reloj. Son las nueve menos cinco de la mañana. Ya debería haber bajado a desconectar la luz. Le sabe mal, las niñas están viendo Pocoyo en la tele. Mira a Leticia, acelerada intentando dejar todo en orden antes de la marcha. Decide echarle una mano y acercar las maletas a la puerta, así las niñas no preguntaran por qué razón todas las mañanas se va la luz a la misma hora. Baja Felipe corriendo las escaleras para desconectar la luz, son casi las nueve y media, debería haberla desconectado al menos cuarenta minutos antes. Es principio de mes, tiene controlado al inspector de zona y sabe en esos días suele ir a primera hora de la mañana. Cuando sale del cuarto de contadores entra el inspector de la empresa energética por la puerta del patio, Felipe palidece. El inspector agacha la cabeza fingiendo no darse cuenta mira la tableta electrónica que lleva para anotar los datos de los contadores. Disimula más que el propio Felipe como si no intuyese lo que termina de hacer. Felipe sube por las escaleras sin esperar el ascensor a pesar de vivir en el quinto piso. El inspector se baja las gafas hasta la punta de la nariz para mirar mejor a Felipe.  Menea la cabeza de un lado a otro suspirando. Podría haberlo pillado muchas veces; sin embargo, una vez más, hará la vista gorda. Le queda poco para jubilarse y sabe que hay mucha gente que lo están pasando mal. De vez en cuando le toca dar parte, pero solo cuando no le queda más remedio o se entera que el infractor es en realidad un caradura o un vecino chismoso se presenta en la oficina con una foto del enganche, que en ocasiones también ocurre. 

—Pobre gente, lo mal que lo está pasando.

Nervioso, toca con los nudillos la puerta, como si no llevase la llave en la mano. Se percata al instante y echa mano a la llave. Leticia abre antes de que él consiga hacerlo.

— ¿Qué te pasa? Estás blanco como la pared —Se asusta ella al ver la expresión de Felipe. La pared en realidad es de color crema, pero la cara de Felipe está radicalmente pálida.

—El inspector de la luz, casi me pilla, si no me ha pillado.

—Si es que esperas hasta el último momento, algún día vamos a tener un disgusto —dice Leticia, a la que le hubiese apetecido gritar con ganas. No sabe si contra él, contra todo y todos de rabia o desesperación.

Tienen coche, aunque sin la ITV pasada. No tienen el dinero que necesitarían para ponerlo a punto. Retrasan a septiembre la revisión, para ver si así un amigo les puede hacer un apaño con piezas del desguace. Pensaron en la posibilidad de marcharse en autobús, pero Felipe apenas había cobrado una semana y Leticia todavía faltaba quince días para comenzar a trabajar. Imposible hacer frente al billete de las dos niñas y la madre, frente al pago del alquiler, del que llevan dos meses de retraso y el propietario; aunque, fue condescendiente al principio, ahora condescendiente, ahora, se encuentra también sin trabajo, necesita de ese dinero para salir adelante, y les amenaza con desahuciarlos si no hacen frente al importe.

—Cuando he podido os he dado tregua, ahora, si no cobro, soy yo quien no come, así que o cobro o vendo el piso para poder comer. No me queda otra.

 Finalmente, Leticia, después de meses parado en la calle, se arriesga a coger el coche, no les queda otra alternativa. Tienen la gasolina justa para llegar al pueblo, sabe que su padre siempre le dará dinero para rellenar el depósito de combustible; de lo contrario, no le quedará más remedio que fingir el olvido de la tarjeta, todo antes que confesar la precariedad económica y laboral que sufren. Se despiden procurando mostrar alegría delante de las chiquillas; sin embargo, los abrazos y besos terminan en lágrimas, como siempre secas.

Nada más salir Leticia se persigna. No es ella de muchas misas, y tiene dudas, incluso, sobre si es creyente o no. Las niñas repiten el gesto entre risas.

— ¡Música! —Gritan al unísono las chiquillas.

La música le hace olvidar los problemas, aunque la mayoría de las canciones hablen de pena y desamores. En el amor se siente afortunada, a pesar de las estrecheces económicas; si bien en los primeros momentos de dificultades estuvieron a punto de separarse…

Fin parte primera del relato.

Este relato forma parte de un futuro libro de relatos basados en hechos reales,  que pretendo que los beneficios vayan a las personas víctimas de la presunta crisis, que en realidad, es consecuencia, no de que los pobres hayan vivido por encima de sus posibilidades, sino de que las mafias dirigentes nos han robado por encima de nuestras posibilidades. 

©Paco Arenas


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