domingo, 10 de abril de 2016

El cura y el pastorcillo . Enseñar al que no sabe (Cuento manchego)

Continúo escribiendo estos cuentos tradicionales manchegos conforme me vienen a la memoria.

Como se suele decir, caía un sol de justicia. Podía ser de otro modo, estando en La Mancha y siendo agosto. Pedro Haro, un pastorcillo de no más de nueve años, se encontraba cuidando sus ovejas y cabras en medio del pasto, pensando en acercarse hacía un ribazo próximo, donde una hermosa encina centenaria daba una muy generosa sombra.  Estaba muy cansado, después de caminar toda la mañana detrás de las ovejas.   Aquel día era más severo que de costumbre.  En ocasiones, como si estuviese en el desierto, el sol le provocaba espejismos. Y eso pensó aquella tarde. Una gran nube de polvo se acercaba por el camino. Llegando a su altura se detuvo. El aire trajo mucho polvo en dirección al pastorcillo y echó mano al botijo. Lo movió. Casi no quedaba, echó un trago, reservando otro hasta que llegase a un pozo próximo donde daría de beber al rebaño y al mismo tiempo llenaría el botijo. Pero antes quería descansar bajo aquella hermosa encina, se encontraba demasiado cansado. Cuando el polvo cesó de entre la nube pudo divisar una moto y un sacerdote que descendía de la misma y se acercaba hacía dónde se encontraba él. Volvió a guardar el botijo en las aguaderas del borrico y se quedó mirando al recién llegado.

—¡Buenas tardes, muchacho! —Saludo el sacerdote, quitándose las gafas y limpiándose el polvo de la cara.

—¡Buenas tardes, señor cura! ¿Se le ofrece algo?

—Pues, sí. He visto que guardas un botijo —dijo el sacerdote limpiándose nuevamente la frente.

—Pues, sí. Tengo un botijo con el agua más dulce que las almendras y más fresca que un charco en enero —, contestó el pastorcillo.


—Pues dame que eche un trago de esa agua tan dulce y fresca.

—No, señor cura – contestó el pastorcillo moviendo la cabeza de un lado a otro.

— ¡Descarado! ¿No sabes que hay un mandamiento de la Ley de Dios que dice: Darás de beber al sediento? —Por primera vez se alteró el sacerdote, acostumbrado, como estaba a que sus deseos fuesen de inmediato complacidos.

—Sí, señor cura, sí. Pero hay otro más importante ¿Enseñar al que no sabe?  Y usted cuando mi padre, que es su vecino, le dijo que sí me podía enseñar a leer, le dijo que eso había que pagarlo—Replicó el pastor señalando a un cruce de caminos. — ¿Lo conoce?

—¿A tu padre? No sé.  El mandamiento ese no, soy sacerdote—contestó el sacerdote.


—Pues, pues miré por dónde, yo se lo enseño y le doy la solución.  Allí está la fuente, si quiere beber. Y tenga cuidado no se caiga al pozo.

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