martes, 19 de abril de 2016

El viejo guitarrista





Tantos años la tuvo de novia. Tantas noches las que se dejó acariciar por sus ágiles dedos, que le hacían llegar a éxtasis de los sentidos, fundiéndose con ella, con su piel de ébano y fresno, formando parte de ella. Tantas noches dejó a su esposa en la cama para estar con ella, incluso antes que a su esposa a otras mujeres que pasaron por su vida, todas sin excepción llegaron a sentir celos. Hubo alguna que lo puso entre la espada y la pared.

—Tú eliges, ella o yo.

Y Juan siempre se quedó con ella, fue suya siempre que él quiso. Sí quería a las mujeres que pasaban por su vida, a algunas llegó a amarlas hasta lo indecible, llegando a perder el sentido por su amor de mujer. Pero por ninguna estaba dispuesto a renunciar al placer de acariciarla.  La mujer que quisiese compartir su vida con él, debía saber que también debía compartirla con ella.

No obstante, no siempre fue así, ella, le ayudo siempre al principio a conquistarla, cual generosa Celestina, las atraía hasta Juan. Todas al principio abrían su corazón a los armoniosos acordes de su cantar, y a Juan algunas también lo más recóndito de sus ser, allí donde casi nunca da el sol. Tan innumerables fueron las murallas derribadas, convertidas en amorosas caricias, gracias al sonido de sus cuerdas, que Juan a sus noventa y ocho años, con sus dedos secos por la cruel artrosis, quiso acariciar a su amante más fiel. Él la amaba, la amaba como solo se puede amar a una guitarra.

Y aquella mañana de abril, sabiendo que todo se acabaría en unos instantes, cuando su bisnieto —el único que había heredado su afición —, entro para desearle feliz domingo, sabiendo Juan lo que sabía, le pidió la guitarra.  

—Juanito, tráeme a Juanita y trae tú también tu guitarra, que vamos a tocar juntos “Entre dos aguas” al alimón.


—Abuelo, sí tú ya no puedes tocar la guitarra —dudó el chiquillo, casi riendo.

—Tú, trae las dos guitarras y te prometo que jamás olvidarás este día.

El chiquillo salió por la puerta, miró el reloj de pared, no eran todavía las siete de la mañana; pero los domingos era el único día de la semana que le gustaba madrugar, para ir a escuchar contar historias a su bisabuelo.

Con gran dificultad se levantó, sin esperar la ayuda del chiquillo, se sentó en la silla, acercó con el pie el banquillo, puso la espalda recta y cogió la guitarra que le tendía Juanillo, espero a que el chiquillo se sentase a su lado. Acarició su contorno con la suavidad y delicadeza que se acaricia a una mujer, con el deseo anhelando del placer insatisfecho y seguro de alcanzar, se acomodó sobre ella...

—Abuelo, son las siete de la mañana, todos están durmiendo —le apercibió el chiquillo, que le llamaba abuelo.

—Sí quieren llegar a tiempo tendrán que despertar. —Contestó Juan.

Concentró toda su fuerza vital en la punta de sus dedos, y después de diez años sin tocarla, la guitarra de Juan comenzó a romper el frágil silencio de la madrugada, su bisnieto se animó intentando seguir el ritmo. Sus dedos artríticos se tornaron ágiles por unos instantes y rasgaron el aire con alegría infinita, provocando la llegada de todos los habitantes de la casa restregándose los ojos. Cuando terminó su canción, su última interpretación, alzó la vista mirando a los ojos a todos, que le miraban asombrados.

—Sólo quería despedirme —dijo con una sonrisa en los labios.

Rasgó por última vez las cuerdas de su guitarra y entonó al mismo tiempo su último suspiro sobre la más fiel de sus amantes.


©Paco Arenas

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