miércoles, 11 de julio de 2018

El Giraldo, el Castillo de Cuenca y Velázquez (extracto de Magdalenas sin azúcar)




—Porque, ¿sabes?, se me cae la baba cada vez que veo a la chiquilla de Clara, lo graciosa que es, porque me gusta peinarla, vestirla con la ropa que le hace su madre, pero sé que me gustaría mucho más si fuese nuestra hija. Al levantarme, todos los días verte a mi lado, despertarme con la guitarra, escucharte trastear mientras enciendes la lumbre, después de haber ardido toda la noche entre las sábanas. Sin ti, mi amor, tengo frío, la casa entera está fría y mi corazón desolado.


Y lee una y otra vez sus cartas y piensa en ella y por las noches sueña con ella. Si está dormido, despierta.

Sí, las dudas le asaltan. Si está pensando en infidelidades, intenta cambiar el pensamiento y fantasea con el día en que entran y le llaman por su nombre. No para integrar la larga lista de ajusticiados, sino para decirle que aquel día es su día, el día que deciden dejarle en libertad y le dicen que su mujer le está esperando en la puerta, tal y conforme le dijo la última vez. Pasear por la ciudad, cruzar juntos el puente de San Pablo en dirección a las Casas Colgadas, después a la Plaza Mayor donde entran en la catedral, mocha tras el derrumbe del Giraldo porque la catedral de Cuenca de la misma manera tenía su Giraldo, como Sevilla. Recuerda que María se reía y le llamaba ignorante. Del mismo modo que se reía cuando él le hablaba de los cuadros auténticos de Velázquez, en el mesón de la calle Colón. Él, ofendido, saca un periódico de la época, El Progreso Conquense, que guarda su padre como oro en paño, y puede leer que es cierto lo que le dice orgulloso y satisfecho, que Cuenca tuvo su Giralda o Giraldo, y su derrumbe sepultó a veintiuna personas bajo los escombros, la mayoría niños. Incluso cuenta El Progreso Conquense que una de las víctimas era una beata junqueña que se había trasladado a la capital a pedir a la Virgen salud, porque prosperidad ya tenía, pero la artrosis no le dejaba dormir por las noches. Ocurrió un día de abril de 1902, Felipe no había nacido. A pesar de ello, todavía se recuerda en toda la provincia como una tragedia, aún mayor que el famoso Crimen de Cuenca, que nunca ocurrió, muy cerca de Juncos, en Ossa de la Vega. Entonces, ella se disculpa, sin parar de reír, y le dice que no es un ignorante, terminando la disputa en un beso o haciendo el amor.
Después visitarán la catedral porque a ella le hace ilusión ver la catedral mocha como la de Notre Dame de París. Continuarán su paseo al lado del río, si es verano y si es invierno, comerán en el mesón de la calle Colón, para así poder comprobar que son cuadros pintados realmente por Velázquez.


—¡Copón! Que está hasta la firma de don Diego Velázquez y la firma es algo muy serio.

—Sí claro, ahora me vas a decir que su mujer era de Cuenca —se burla ella, porque sabe que sí, que el suegro de Velázquez era de Cuenca, y que visitaba la ciudad, alojándose en la posada de San José, propiedad del abuelo materno de su esposa…

—Pues sí, su mujer, su padre eran de Cuenca…

Ella, finge incredulidad, se ríe de él una y otra vez; a pesar de todo Felipe insiste.

—Los cuadros los pintó Velázquez, bueno o uno de sus alumnos, maestra de los…—y calla, porque ella lo besa mirándolo con esos ojos que le recuerdan el mar que nunca vio.

Entonces él acepta que ella lleva razón, fingiendo enojo y riendo, a pesar de todo, que, en realidad, Felipe es un ignorante y ella una maestra.

—Claro, los maestros lo saben todo…—y de nuevo busca sus labios, mientras sueña que los gruesos muros del Castillo no existen, que en realidad aquel castillo no es una cárcel, sino una biblioteca o sabe Dios qué…

 En muchas ocasiones le hace callar. No obstante, él no es tan ignorante como ella piensa que quiere hacerse para hacerle reír. Sueña con la brisa de un mar, que él nunca vio y del que ella le habla enamorada de su azul, de sus olas, de su brisa húmeda, que no tienen nada que ver con esta brisa seca de Castilla.

—Es una brisa húmeda, pegajosa, diferente, con sabor a sal —le dice ella.

Sueña con la libertad, con cumplir todos aquellos proyectos que juntos piensan y planean, sabiendo que eran casi imposible llevar a cabo. Aquellos viajes imposibles que veían en los libros de su suegro o con irse lejos. Un preso le comentó que él se iría cuando saliese de la cárcel a la República Argentina porque allí se hacían dos cosechas y había tierras de sobra para cultivar. Al pobre hombre le llamaron por su nombre una mañana para decirle que iba a ser juzgado y eso significaba lo que después ocurrió frente a un pelotón de fusilamiento. No quiere pensar en ello, quiere pensar en ese día en que también pronuncien su nombre para decirle que puede volver a Juncos con su mujer y su hijo. Nueve meses después de meterle preso, aún no le han juzgado y duda que sea juzgado alguna vez. Él solo espera que un día le digan que se puede marchar. El sol comienza a entrar entre los barrotes de las ventanas de la cárcel cuando se escuchan los disparos contra los condenados y casi en el mismo instante que el ruido de las llaves en las cerraduras y el correr de los cerrojos de la puerta al abrirse. Les obligan a ponerse de pie para pasar lista. Joaquín Pérez, el compañero que tiene frente a él en el pasillo, es un anciano de casi setenta años, se le queda mirando en la semipenumbra, ríe.



—Felipe… ¿Te has meado? —Felipe se agacha y coge la manta enrollándosela a la altura de la cintura, también ríe.

—Esta noche he soñado con mi mujer —Y se le dibuja una cara de felicidad, como si en lugar de soñar se hubiese levantado de la cama después de una noche de pasión con María.


Extracto de la novela ©Magdalenas sin azúcar, si quieres puedes descargarlo en PDF

©Extracto del capítulo IXº  Los sueños se escapan entre los barrotes

©Paco Arenas

La novela se puede comprar en Amazon

o a través del Messenger del autor  Paco Arenas

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