lunes, 10 de junio de 2024

Y Miguel de Cervantes comenzó a escribir El Quijote...

 



Bajo la tenue luz de una vela, un preso contempla su húmeda celda. Sobre la mesa, sus escasas posesiones: libros, papeles, un tintero y una pluma. Desganado, mira el ventanillo con rejas que apenas deja pasar la luz y suspira profundamente.

—Aquí me hallo, en este antro de corrupción, una gruta que deshonra el nombre de cárcel. Es el tormento de los cuerdos y no ofrece descanso a los locos. Malditos sean estos barrotes corroídos, malditas las paredes cubiertas de moho, donde crecen los hongos más venenosos de la infamia, aún peores que esta áspera estera de esparto. Dicen que el hambre aguza el ingenio del más tosco dramaturgo. Si tuviera un rocín flaco y la puerta abierta, escaparía de esta cueva de Medrano y, sin dudarlo, comenzaría mi obra con estas palabras:

«En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme...»

—¡Pardiez, buen inicio para la más tristes de las historias? Lope de Vega rabiaría de envidia…Eso si salgo de esta cueva.

Rápidamente, toma la pluma y papeles que su carcelero le ha vendido a precio de oro dispuesto a escribir esa ocurrencia. De pronto, oye algarabía que llega desde la calle, risas y cánticos manchegos, seguramente acompañados de buen vino. Deja los papeles sobre la estera que le sirve de colchón y percibe un aroma tentador.

—¿Qué es esa ambrosía? ¡Por Dios! Juraría que es caldereta de cordero con ajos... ¡Carcelero! ¡Carcelero! Esos pícaros deben estar durmiendo como un perro al sol en invierno.

—¿A qué vienen esos gritos desmedidos? No permitís que los alguaciles disfrutemos de las festividades en honor a la Virgen de Peñarroya, nuestra santa patrona —replica el carcelero, que es nuevo, o al menos no lo conoce, abriendo el ventanillo superior de la puerta.

—Mis entrañas rugen y entonan la triste melodía de las cañas huecas. Mi olfato adivina lo que hace tiempo no degusto...

—Por desear probar la carne de la hermana del señor comendador os encontráis aquí...

—No digáis necedades, sólo le comenté lo hermosa que estaba, cual dulce flor del Toboso, Dulcinea le llamé... Su hermano malinterpretó mis intenciones... Pero dejemos eso ahora... ¿Acaso huele a cordero con ajos?

—Vuestra merced tiene buen olfato para la carne guisada pero ahora prefiere el aroma de los ajos a los de esa tal Dulcinea. No es para menos, los ajos superan al cordero en sabor. Os traeré vuestro rancho.

Media hora más tarde, el carcelero vuelve a abrir el ventanillo para asegurarse de que el prisionero está lejos. Acto seguido, abre la parte inferior de la puerta:

—Aquí tenéis una olla con más vaca que carnero —dice con sarcasmo, dejando una fiambrera humeante en el suelo, que resulta ser un guiso mucho más triste que una viuda desamparada el día del entierro de su esposo.

Miguel de Cervantes se acerca y, sin tocar la fiambrera, para no quemarse, remueve el contenido con el cucharón.

—Esto no es caldereta de cordero. ¿Cómo osáis? ¿Dónde está el carnero? Aquí solo hay una quijada de vaca en un charco de agua hirviendo, que bien podría haber servido para desplumar una gallina en torpe vuelo... Ni rastro de ajos... ¿Los villanos comen cordero y a mí me traéis esta bazofia?

—Es lo que hay. Lo tomáis o lo dejáis, como las lentejas castellanas. Quedaos con Dios, que a mí me espera la caldereta en honor a la Virgen de Peñarroya.

—¡Maldita sea! Voto a Rus, que en cuanto salga de este lugar de la Mancha, no pienso volver a acordarme de él.

El carcelero se aleja silbando. Cervantes, tentado a patear la marmita de pura rabia, cierra los ojos. Prefiere la mala sopa a nada. Descarga su ira contra la puerta con una patada.

—¿Qué veo? Ese glotón se ha dejado la puerta entreabierta... ¿Quién teme? La injusticia de mi cautiverio pesa más que las cadenas. La promesa de libertad, tan cercana y a la vez tan lejana, está por cumplirse. Seis meses de espera avivan mi determinación. ¿Qué podría pasar? ¿Que me enfrente a gigantes como si fueran molinos de viento?

Con renovado ánimo, se levanta, decidido a no ser más prisionero de su cruel destino. Observa los barrotes que lo separan de la libertad y, al escuchar el bullicio, se sujeta la camisa con fuerza, demostrándose a sí mismo que aún le quedan fuerzas. Sube los escalones con sigilo y al llegar a la puerta superior, también la encuentra entreabierta. Al abrirla, allí está Sancho, su carcelero, con una sonrisa simple y una marmita de caldereta en una mano y una bota de vino en la otra...

—¿No pensaréis escapar y dejarme en la estacada? No lo hagáis —dice, cerrando la puerta y encontrándose con el pie de Cervantes atrapado en el marco y su mano en el cuello de Sancho.

—No hagáis tal. He hablado con don Alonso y ha accedido a que os traiga estos manjares y os diga que, tras la cena, podréis marcharos...

—Mentís como un bellaco.

—Por mi nombre, Sancho Panza, esposo de Teresa Cascajo, nunca he dicho una verdad más grande —afirma, invitándolo con la mirada a tomar el plato de caldereta de cordero con muchos ajos.

Cervantes cierra los ojos, afila su olfato, suelta a Sancho y toma lo que ofrece su carcelero. En un descuido, Sancho cierra la puerta con llave.

—¡Maldito villano! Me habéis engañado —exclama el manco de Lepanto.

—Tranquilo, Sancho nunca miente. Don Miguel, todo está dispuesto. Cenad y bebed, que cuando me aviséis que estáis satisfecho, abriré el cerrojo y os marcharéis de este lugar para siempre.

Sancho cumple su palabra. Cuando abre la puerta, Cervantes le dice agradecido:

—Sancho, amigo, os haría gobernador de la ínsula Barataria si pudiera. Pero como galgo corredor, no pienso pasar por este trance otra vez y os juro, aldeano harto de ajos, que la memoria de este lugar se disipará como la niebla al amanecer.

—Me lo prometéis a largo plazo y deberíais estar agradecido. Si no podéis hacerme gobernador, al menos nombradme escudero de tan gran caballero —replica Sancho.

Cervantes sale sin llevar nada, ni siquiera lo escrito durante aquellos meses, y menos ese inicio improvisado sin gabas. La noche lo acoge con su manto estrellado y, bajo su protección, inicia su camino en dirección contraria a donde se encuentra la fiesta. Pronto oye unos gritos...

—¡Maese Miguel, maese Miguel! Con las prisas olvidáis estos papeles... Quizás sean importantes...

Se detiene, vuelve y extiende su mano a Sancho, quien le entrega los papeles.

—Son solo divagaciones de un preso loco... —duda—. Gracias, Sancho amigo, prometo que, si está en mi mano, os haré gobernador...

—Ya lo habéis dicho antes, precisaría que don Alonso me hiciera su escudero y me diera consejos. Me conformo con que me leáis esas líneas, pues no sé leer...

—¡Ah, vale! Está bien, os las leo y me voy... dice:

—En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre… —Cervantes duda de nuevo. No puede mentir a quien tanto bien le ha hecho, pero tampoco puede leer lo escrito. Así que miente, como con su segundo apellido.

«En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un campesino de los de azada en mano, pollino, flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes...»

—Mejor cambie lo de campesino por hidalgo, no vaya a ser que sea drama y para duelos y quebrantos, mejor risas y deleites, son más entretenidos los entremeses…

—Tienes criterio…

—Pues eso, que la Virgen de Peñarroya os otorgue el ingenio para superar a los a los de avellana hueca...Avellana nada… o Avellaneda y olvídese de esa Dulcinea, que a lo mejor le huele el aliento a ajos… Lo que se me ha ocurrido… ¡Con Dios!

Y así fue cómo a Miguel de Cervantes Cortina se le ocurrió continuar la historia que comenzó en la cueva Medrano de Argamasilla de Alba, cambiando el drama por la comedia. Eso sí, debería cambiar también su segundo apellido, porque pensaba tomar venganza del tal don Alonso Quijada, comendador de Argamasilla y no quería que lo volviera a atrapar.

Así lo atestiguan los documentos encontrados en un lugar de la Mancha. Si lo quieres creer o no, es cosa tuya.

 


© Paco Arenas

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Los tórridos sueños de Sancho Panza


 

Don Quijote idealizaba a su Dulcinea sin haber catado las mieles del amor. Yo he querido imaginarme a Sancho pensando en la ausencia de su amada Teresa Cascajo, una mujer real de armas tomar. Sancho Panza no sabía escribir, pero he querido imaginármelo, como a mi padre, y a otros campesinos manchegos, siendo capaz de recitar poemas con gran maestría. Espero que os guste. Pero antes vamos a ponerle un poco de humor.

—¡Eh, eh! ¿Sancho, qué haces? —despierta don Quijote alterado al notar que su escudero lo abraza con entusiasmo.

Sancho no despierta, sigue con sus intentos de abrazar a su amo, que por mucho que intenta no logra desembarazarse de los brazos de Sancho, a pesar de que se queda quieto, comenzando a hablar:

—Teresa, ¡oh, esposa mía!

—Que soy tu amo, don Quijote. Mentecato, suéltame o juro por la orden de caballería que profeso, que como tu mano avance te la corto de un tajo con el filo de mi espada —vuelve a gritar con más ganas don Quijote.

Se desembaraza el caballero de los brazos del escudero sin poder evitar que su camisola quede entre los amorosos brazos de Sancho Panza, que de repente comienza a recitar unos versos, provocando que don Quijote se quedase paralizado al escucharlos.


—Teresa, ¡oh, esposa mía! —repite.

Teresa, ¡oh, esposa mía! Ansío ver tu rostro,

pues sin tu presencia, a mi corazón le falta su mitad.

Mírame en la distancia, que tus ojos se crucen con los míos,

no hay bálsamo de Fierabrás que me pueda aliviar tu ausencia.

No me arrepiento del viaje emprendido,

montado sobre estas aguaderas llenas

de inquietudes más duras que los lomos de Rucio

y la armadura de hojalata.

Volvería con las orejas gachas,

como rocín a la cuadra en busca de paja.

Extraño tanto tus manos ajadas

como lo que escondes bajo tus sayas.

¡Maldito el momento en que soñé ínsulas!

No quiero más gobernanzas que la de tus labios en los míos,

y tus prietas piernas cabalgando sobre las mías.

No necesito más dios que tu carne gozosa,

buscando el tesoro escondido, deslizándose sin ruido.

¡Oh, Teresa mía! Tanto me haces pensar,

que veo a mi amo cabalgando sobre Rocinante,

y me parece tu bello cuerpo balanceándose.

Ahogo tu nombre en cada quejido de Rucio y Rocinante,

yéndoseme los ojos en cada talle que se te asemeja.

Querida mujer, amadísima, mi alma insaciable

vuela más rápida que Clavileño, rodeado de cabritillas de colores…


Abre los ojos Sancho Panza y ve a su amo sin la camisola, mirándolo ensimismado.

—Mi amo, ¿qué hace así en cueros vivos? ¿Y yo, que hago con el camisón de vuestra merced en mis manos?

—Que bello es el amor, parecías el trovador Macías, diciéndole las palabras más dulces que jamás escribió Ovidio a tu amada Teresa… —habla el caballero robándole a autor de «El Lazarillo» la frase, al tiempo que se acerca a Sancho y le arrebata a camisola.

—¿Macías? ¿Qué sandeces dice vuestra merced? ¿No se referirá a Santiago Macías?

—Me asombra que conozca el nombre de tan gran poeta. ¿No me engañas fingiendo que no sabes leer?

Sancho se restriega los ojos, los cierra, no quiere ver los atributos de su amo tan cerca de sus ojos.

—¿Qué poeta? Santiago Macías, ¿el hijo del porquero? ¿Ese filiminincias que quiso ser novio de mi Teresa? Le arreé un soplamocos y no fue menester darle dos. ¿Conoce al tal Macías? ¿Es poeta? Si no sabe escribir...

—Te equivocas, el gran Santiago Macías el mejor juglar, conocido como «*El enamorado*», una gran tragedia su muerte…

—Estaremos hablando de otro, este pariente suyo no debe ser, porque este tal Macías, no sabe hacer la o con un canuto y es más basto que una estera de esparto, hasta yo, que no sé hilar dos palabras si no son refranes, dice mi Teresa que soy poeta cuando se pone tierna... Como no sea en sueños…

© Paco Arenas a 25 de mayo de 2024

sábado, 1 de junio de 2024

La verdad de Dulcinea del Toboso

 

Aldonza Lorenzo, Dulcinea del Toboso


De boca de Sancho salen estas palabras sobre Dulcinea:
"Sé decir que tira tan bien una barra como el más forzudo zagal de todo el pueblo. ¡Vive el Dador, que es moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pelo, y que puede sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante, o por andar, que la tuviere por señora! ¡Oh hideputa, qué rejo que tiene, y qué voz! Sé decir que se puso un día encima del campanario del aldea a llamar unos zagales suyos que andaban en un barbecho de su padre, y aunque estaban de allí más de media legua, así la oyeron como si estuvieran al pie de la torre."
Pero...

La verdad de Dulcinea del Toboso

Aldonza llega a la plaza del Toboso sobre un burro y con unas aguaderas donde lleva cuatro cántaros. Podría ir sentada de lado, pero va con espatarrada como si fuera un hombre. Es una mujer más alta y fuerte que lo normal, que impone respeto con la sola mirada. Está viuda desde hace unos meses, justo desde que se quedó viuda. Todos saben de su fogosidad, del mismo modo que habla fuerte, pero dulce, sus gemidos amorosos traspasaban los muros de su casa. Ahora nadie escucha nada, pero todos hablan más de la cuenta, sobre todo desde que salió un libro que la nombra «El Ingenioso Hidalgo don Quixote de la Mancha», ella no lo ha leído, no sabe, pero la halaga y le gusta eso de que la llamen Dulcinea del Toboso, pero como se suele decir y ella repite:

—Lo poco halaga y lo mucho cansa.

Al principio le hacía gracia, apenas recordaba a Alonso Quijano. De mozo era amigo de su marido, y antes de serlo, en las fiestas de la patrona, la Virgen de los Remedios, bailó alguna vez con él. Lo recuerda guapo, fuerte, pero muy delgado y callado. Si le hubiera hecho proposiciones, tal vez no le habría dicho que no, pues no es lo mismo romperse los riñones trabajando en el campo que ser la señora de un hidalgo, aunque fuese pobre, que con poco trabajar viven mejor que quienes trabajan.

 Se dirige sin descabalgar del pollino hacia el pozo y saluda a los presentes, dos hombres dos ancianos ociosos y un tercero más bien joven, que tampoco trabaja mucho, es bachiller y lo hace para el concejo. También y tres mujeres un poco más jóvenes que ella que han ido a por agua al pozo. Antes de llegar se percató de que estaban cuchicheando entre risas maliciosas algo, sabe que sobre ella y que si se callan es al verla. Se baja del burro de un salto y mira a su alrededor con gesto burlón.

—Podría parecer que ha pasado un ángel, porque vuestras mercedes han dejado de rezar y guardan silencio, como si estuvieran en un convento después de las últimas plegarias, o mejor dicho, en el gallinero al anochecer, pues más que cascar cacareaban, igual que un gato cuando ve a las palomas y no las puede atrapar. Nicomedes, —se dirige al joven bachiller de Sigüenza al servicio del ayuntamiento de El Toboso. —¿qué nos contabas de la tal Dulcinea? —le pregunta con falsa amabilidad con su habitual gesto pícaro.

—¿Yo? ¿Qué he de decir? Nadie conoce a la tal Dulcinea…

—No parecía eso, por tus palabras y visajes…

El aludido vacila bajo la mirada de Aldonza, que, en ese momento, aprovechando que los otros se han quedado inmóviles, lanza su cubo al pozo con fuerza volteando la cuerda como si fuera un látigo, y lo saca de dos tirones bruscos.

—¡Voto a Rus! Parecen, vuestras mercedes, gallinas verdaderas, hablan a la espalda sin saber y cuando se pueden enterar se quedan calladas como ignorantes que no saben, y por no callar, hablan a tontas y a locas.

—Eso es porque el zorro se metió en el gallinero —susurra Patrocinio, fingiendo que no quiere que la oigan, pero con el propósito opuesto.

—O la zorra —apostilla Remedios, aún en un tono más bajo.

Los cinco sienten la mirada penetrante de Aldonza Lorenzo, hasta arrugan los labios de apretados que los tienen. Ella toma una bocanada de aire, ríe y vierte el cubo de agua en uno de los cántaros. El viejo Liborio, hidalgo al que siempre le gustó aparentar, pero no tiene criada para que vaya a por agua al pozo, que tenía el cubo en la mano, con el nuevo gesto de Aldonza, asustado da un paso al lado temeroso y casi se cae al pozo detrás del cubo que tenía en la mano. Ante la indecisión y torpeza del viejo, ella se adelanta y lanza el suyo.

—Casi me tiras el cubo —protesta Liborio, que baja del brocal por miedo a verse abocado al fondo.

Aldonza no puede evitar la risa burlona, pero lo ignora, sabe que infunde temor ante los hombres y por eso la desean y la critican.  Tensa la cuerda de nuevo, al ver que el cubo está sobre la superficie del agua, lo voltea. Se percata que los hombres miran su escote fijamente y creyendo que no se da cuenta, hasta señalan sus hermosos pechos. Se inclina más dejando que el aire entre en el oscuro hueco entre su corpiño y su piel.  Las tres mujeres, a la vez, se persignan invocando a la Virgen de los Remedios, patrona de El Toboso:

—¡Virgen Santísima de los Remedios!

—Pues no tiene pelos en el pecho —le da un codazo Nicomedes a Liborio y al otro viejo, provocando las risas de las tres mujeres.

Aldonza hace como que no lo oye. Termina de sacar el cubo y mira a las mujeres y sobre todo a ellos, que parece como si los tres llevasen un ratón debajo de las calzas y pretendiese salir por entre los botones de las mismas. Sostiene el cubo lleno en la mano, hace el ademán de girarse para llenar un nuevo cántaro, pero en un rápido movimiento lo esparce a la altura de la cintura entre los seis presentes.

—Los pelos los tengo en otras partes. No digo dónde y ¡ mi esposo, que es el único que lo sabía, no os lo va a decir…

—¡Santísimo Cristo de la Humildad! —Exclaman ahora los seis invocando al patrón.

—Estoy harta, más que harta. Ya han visto que no tengo pelo en el pecho, pero sí puedo arrancar las barbas a cualquier caballero, joven o viejo y bajarles los ánimos a los babosos como la casta Susana…, porque las calzas viejos babosos, no las voy a bajar a nadie, menos si están meadas o lo otro…

—¿Casta tú? —Salta Rigoberta —. No me extraña que el tal Sancho Panza diga lo que nos ha dicho Nicomedes…

—¿Otra? No habéis tenido bastante con el agua helada, ¿acaso queréis que os coja y os tire desde lo alto del campanario como hacen los bestias de Manganeses de la Polvorosa con una cabra, ¡pobre animal!

—Nosotros no tenemos la culpa de lo que dice el escudero de tu enamorado en el libro que tantos hemos leído…

—¿Tantos habéis leído?, tú sí, Nicomedes, los otros, como yo. Mi enamorado era mi esposo, Dios lo guardé en su gloria, a tal Alonso Quijano, apenas llegué a conocerlo y bailar unas seguidillas con él,  y al sin luces de su escudero menos aún…

Se quedó callada al ver que se acercaban más personas de El Toboso y se mofaban del escalofrío que afectaba a los mojados, que en pleno invierno parecían helados, sin atreverse a levantar la voz ni moverse ante la desafiante mirada de Aldonza Lorenzo, viuda de Alfonso «El Tirili», así apodado porque siempre estaba alegre de las satisfacciones que le daba Aldonza. Algunos cuentan que tanto aprovechó y abusó del acto conyugal, que se fue al otro mundo, que no mejor, antes de tiempo. Como si no le importaran los curiosos que seguían llegando, siguió llenando cubos y cada vez que los elevaba hacía el ademán de tirarlo, haciendo que todos retrocedieran y ella riéndose, se burlaba de todos. Acabó de llenar los cántaros, se remangó las enaguas y las sayas y saltó sobre el pilón más alto.

—Ya que venís de medio Toboso, me gustaría explicar algunas cosas, como si fuera el alcalde de Zalamea, con el permiso del señor regidor que nos acompaña —indicó al alcalde que se hacía camino con dos alguaciles, que parecían dispuestos a detenerla.

Ella esbozó una sonrisa y el alcalde y los alguaciles se detuvieron, al igual que el resto de los vecinos. Era verdad lo que narraba la novela que la mencionaba, todos estaban seguros.

—Mi nombre es Aldonza Lorenzo, la aldeana que, según narran las historias, fue convertida en Dulcinea del Toboso por el iluso don Quijote, a quien conocí y hasta le bailé una seguidilla, era yo una moza de quince años, y él aún era joven, que doncel, creo que lo sigue siendo, yo, como todos sabéis soy viuda, si alegre o triste, solo me atañe a mí. Quiero decirles que no soy solo una mera mujer en peligro o un ideal inaccesible. En este mundo donde los molinos de viento se erigen como gigantes y los caballeros andantes persiguen nobles causas, quiero reclamar mi propia historia. No soy solo un anhelo o una musa pasiva. Soy una mujer con sueños, deseos y luchas propias. Si no fui mujer con la pata quebrada y atada a la cama, como algunas, cuando vivía mi marido, ahora menos aún. Si alguien quiero que me caliente la cama…¿A quién le importa?

—Aldonza, por Dios y la Virgen de los Remedios, muestra decoro —le pide el cura Bernardo Martín, que se acerca a ella, quedándose también a la altura del alcalde y los alguaciles.

—Hazle caso al padre y daremos esto como algo que no ha pasado —intenta ordenarle el alcalde sin mucho convencimiento de que le vaya a hacer caso.

—Señor alcalde, Yo solo soy hija del padre que me engendró, Lorenzo Corchuelo y la madre que me parió, Aldonza Nogales. Y sigo para callar habladurías. Yo me pregunto: ¿Por qué debería conformarme con ser solo la inspiración de un hombre? ¿Por qué no puedo ser la autora de mi propia epopeya? En esta tierra de La Mancha, donde los vientos soplan fuertes y las llanuras se extienden infinitas, también debe haber espacio para las voces de las mujeres...

—Debes respeto a tu marido y al Señor… —alzó la voz el cura señalando al cielo.

—Mi marido está enterrado y el Señor dudo que me lleve la contraria…

—No seas sacrílega, no vaya a ser que los señores alguaciles tengan que llevarte ante la Santa Inquisición —amenazó el alcalde, que por no imitar el gesto del sacerdote, la señaló directamente a ella.

—Si me han de quemar como si fuese bruja, déjenme seguir —dijo Aldonza, escuchándola hasta su padre que se encontraba en el bancal a dos leguas de distancia —. Soy más que un reflejo en el escudo de un caballero, más que una figura idealizada. Soy una mujer que siente el sol en su piel y la lucha en sus huesos que le duelen al segar, vendimiar o plantar ajos. Mi feminidad no es fragilidad, sino fortaleza. Mi belleza no es solo física, sino también docta y espiritual, ¿acaso no soy capaz de sacar las cuentas de los celemines sin necesidad nadie que me las saque. Hoy me veo obligada a alzar la voz como Aldonza Lorenzo, como todas las mujeres que han sido relegadas a los márgenes de la historia. No somos solo las esposas, las madres o las hijas. Somos las constructoras de mundos, las tejedoras de sueños y las guardianas de la memoria…

—Sin duda está poseída por el diablo, señor cura —musitó al oído el alcalde al sacerdote.

—Déjela que termine, que camino lleva —le pidió el cura, animando a Aldonza a terminar.

—No necesito caballeros andantes que escriban sus gestas en los libros. Nosotras, sus damas imaginarias, también merecemos nuestras crónicas, nuestras hazañas y nuestros amores. No como meras acompañantes, sino como protagonistas de nuestras propias vidas.

Por eso, queridas vecinas, festejemos hoy no solo a Don Quijote, sino también a las Aldonzas, las Dulcineas y todas las mujeres que rompen las normas y pelean por su libertad. Porque en cada una de nosotras hay una llama que no se extingue, una fuerza que no se rinde, que como dicen que dijo don Quijote: Ningún hombre es más que una mujer si no hace más que ella…

—Es: no es un hombre más que otro, si no hace más que otro… —apostilló Nicomedes, al tiempo que comenzaba a toser.

Aldonza lo miró con su mohín habitual y bajó del pilón, montando en su burro.

—Nicomedes, Remedios, Rigoberta, Liborio y Patrocinio, id a la plaza ya orinados que si seguís con la ropa mojada os vais a resfriar un poco. Señor alcalde, señor cura y señores alguaciles, hasta luego, que yo me voy, que tengo que darles de comer a los cerdos…

Los alguaciles dieron un paso adelante para detenerla, pero las mujeres comenzaron a fritar y a aplaudir:

—¡Viva Aldonza Lorenzo! ¡Viva la emperatriz de la Mancha!

—Mejor no —dijeron a dúo cura y corregidor.

Y conforme caminaba el burro le abrían el paso como si fuera una reina. Aldonza Lorenzo se sentía la Dulcinea del Toboso, mirando burlona a unos y agradecida a otros.

Relato de Paco Arenas
Me podéis encontrar en:
y en
Paco Arenas-escritor
©Paco Arenas a 1 de junio de 2024 a las 1:30 de la madrugada.


martes, 14 de mayo de 2024

Caminar, siempre caminar, aunque tropieces

 


La libertad guiando al pueblo
(La Liberté guidant le peuple)


 

Caminar es tropezar y muchas veces equivocarse. Aquel que no camina no tropieza, pero no avanza y nunca escapó de la prisión quien no lo intentó.

 

Imaginad una prisión como la de If, en una isla al borde de un acantilado de la que sólo se sale al morir. Sin otra esperanza que la resignación.

 

Dantés se resigna no intenta escapar. Renuncia a la huida porque así lo dice la sentencia, la historia y que los infranqueables muros de la cárcel corroboran. Intentarlo sería un suicidio, no hacerlo es morir lentamente en vida. Dantès jamás habría sido el conde de Montecristo si no llega a conocer al sabio Faria, que lo instruye y le hace creer que es posible la huida, él lleva intentándolo toda su vida sin conseguirlo, incluso al excavar el túnel se equivoca, porque lo fácil es equivocarse, seguir intentándolo tras cada fracaso es de sabios y Faria lo es.

 

Sólo los necios se resignan a la vida que les ha tocado vivir. Faria, además le dice que el arma más poderosa del ser humano es el pensamiento. No debe esperar nada de ningún dios, rezar jamás liberó de la esclavitud ni salvó la vida, de lo contrario no habrían existido los mártires y los esclavos hubieran sido libres. El prometido paraíso que ofrecen los sacerdotes, imanes o predicadores de las distintas religiones, la verdad es cuestión de fe, nadie ha vuelto del paraíso para contarlo. Los dioses siempre estuvieron al servicio de los poderosos para esclavizar a los pueblos.

 

No pensar, cerrar los ojos ante la situación puede hacerte ser más feliz, pero jamás avanzarás. Siempre es preciso pensar, a riesgo de equivocarse. Intentar saber los motivos de tu situación y buscar las posibles salidas, por complicadas o imposible que puedan llegar a ser.

 

Tras catorce largos años de excavar un túnel en el muro de la prisión el viejo abate Faria falleció, no sin antes trasmitir sus conocimientos a Edmundo Dantès, que rezó a Dios, perdió la fe y quiso morir, hizo caso a sabio y pensó. Como sabio que ya era, podría haber seguido buscando la salida a través del muro. Habría sido lo más fácil, pero ahora sabía pensar y pensó. No buscó el camino sencillo, sino el más arriesgado: ocupar el puesto del sabio abate Faria en la mortaja, para así intentar escapar, sin embargo, los guardias no se complicaron la vida y lo tiraron al mar por el acantilado. Escapó y tras varias y tormentosas vicisitudes consigue su recompensa.

 

Esto algo de lo mucho que nos enseñan los libros, a pensar, a decir lo que se piensa a riesgo de equivocarse. Siempre habrá quien te quite la idea de iniciar el camino diciéndote que a buen seguro te equivocarás en la primera bifurcación o te arrepentirías de tu decisión. Posiblemente así sea, y la utopía está en el horizonte, tal y como dijo Eduardo Galeano:

 

«La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Entonces, ¿para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.»

 

Cada paso individual o colectivo condiciona nuestro futuro o el futuro de la humanidad, el primer grito de rebeldía posiblemente fue silencioso, efímero y ligero como el plumón de un polluelo, pero condicionó otros y otros…

 

No se puede callar ante la injusticia, ni caminar hacia atrás, porque eso nos alejará del pensamiento, de la utopía de lograr un mundo más justo y hasta sacar las tetas al aire, puede llegar a ser un gran paso por la Libertad, la Justicia, la Igualdad y la Fraternidad.

 

Nunca un poema o un libro doblegó la tiranía, pero muchos poemas, muchos libros, muchos pasos, gestos, voluntades y pensamientos lograron y conseguirán seguir caminando, porque de eso se trata, de caminar, tropezando, equivocándose, pero levantándose para seguir caminando.

 

©Paco Arenas a 15 de agosto de 2023

 

 

P.D. Yo soy una persona con suerte, siendo un zoquete nunca me resigné y siempre encontré personas sabias dispuestas a enseñarme haciendo de mí un eterno aprendiz. Mi agradecimiento a todas ellas.

Madres

 


(A todas las madres, especialmente a aquellas que ven morir a sus hijos, a todos los hijos, especialmente a aquellos que ven morir a sus madres)
Nayla
La católica Nayla, nieta de Farid, era una muchacha de grandes ojos que fue violada por parte de un grupo de soldados israelíes ocho meses atrás en Ashkelon, donde trabajaba en un kibutz. Nayla llegó a ver a su hija nacer. Fue una niña sin padre, una «deshonra» para su estirpe, la vergüenza que su padre no toleró, echándola de su casa. La acogió su tía Amiram, que ya «deshonró» a su familia quince años atrás al unirse sin la bendición de su padre a un hombre, también cristiano pero ortodoxo. Nayla rezó a su dios para que su hija naciera y se llamase Zulema, «mujer de paz», porque quería que creciera en una Palestina libre y en paz. Según le contó su abuelo Khusih, vivían en Nablus, cuando él era niño, antes de que los colonos judíos arrasaran sus campos de olivos y sus viñas, y matasen o encarcelasen a su familia.
Rania, la comadrona, cortó el cordón umbilical que unía a Zulema con Nayla y con cariño se la colocó sobre el pecho a su madre. Zulema se agarró a la vida al instante, comenzando a succionar con ansia del manantial de la vida durante lo que duró el padrenuestro que rezaba su madre Nayla dando gracias a su Dios. Sin decir amén, Rania, Zulema, Nayla, el médico inglés George, la médica portuguesa María, el enfermero español Jaime, ni el resto de parturientas, niños recién nacidos, comadronas, médicos, enfermeras y pacientes del hospital llegaron a saber siquiera que no podrían ver correr a Zulema por las calles, que nombre no lo pronunciaría jamás Nayla. Que tampoco quedaría en ningún registro. Solo cinco minutos después del nacimiento de Zulema, mujer de paz, solo quedaban cadáveres y escombros, solo cadáveres sin nombre ni apellidos masacrados en directo ante los ojos indolentes de millones de espectadores en nombre de solo uno de los 300.000 dioses inexistentes a quienes rezan los habitantes del mundo. Ninguno de ellos hizo nada, tampoco quienes de rodillas asisten al genocidio dándose golpes de pecho.
Abdel
A la familia del anciano Abdel llegó caminando desde Jabalya viendo caer las bombas a su paso. Las fuerzas de ocupación les obligaron a huir al sur, a Rafat, donde les dijeron que estarían seguros. No tenían casa, algo nada nuevo para él, que desde los cinco años, cuando vivía en Nablus en paz y armonía con los pocos cristianos existentes y los muy escasos judíos, recién llegados de la mano de los ingleses. Gentes necesitadas, que hablaban distintas lenguas, unos alemanes, otros húngaros, también sefarditas de Salónica, que huían de la barbarie nazi. El padre de Abdel los sentó a su mesa, les dio techo, sin preguntarles a qué dios rezaban, solo sabía que necesitaban de su ayuda y aunque el pan no sobraba, se repartía.
Cinco años tenía cuando en víspera de la vendimia, las vides fueron arrancadas. Rezaron a Alá, pero no los escuchó. No obstante, ellos creyeron que sí, las lluvias fueron propicias y pensaron que al menos la cosecha de aceituna les compensaría las tierras expropiadas por los ingleses para dárselas a los recién llegados, que ya no eran pocos y comenzaban a ser numerosos. Antes de pisar los olivares contemplaron con sus ojos como eran cortados con el fruto en sus ramas. A punta de bayoneta fueron expulsados de su casa y tierras y ya nunca más supo lo que era llamar «mi casa» a ningún lugar. Su casa estaba en Nablus, él era musulmán, pero como los viejos judíos de Sefarad, su padre se llevó la llave de la puerta de su casa, y Abdel la guardaba como oro en paño esperando el regreso que nunca llegaba.
A Rafat llegaron ligeros de equipaje. Allí permanecieron sin agua ni alimentos viendo como morían los más débiles. Les prometieron que allí estarían a salvo, sin alimentos, sin agua, sin médicos, ni testigos que diesen testimonio que los estaban matando de hambre.
Luego llegaron las bombas sobre las frágiles y ruinosas casas donde hacinados sobrevivían y morían sus habitantes. Bajo las ruinas de una casa de Rafat, el anciano Abdel, escuchó los lloros de su tataranieto Farid, de apenas unos meses. Intentó gritar, desprenderse de los escombros que lo tenían atrapado. Puede ver al niño llorar a apenas dos metros de él, todavía abrazado a su madre inepte, su nieta Aida, a dos metros ve a su nuera Amira, madre de Aida y abuela de Farid. Las llamas, pero no responden. Entonces los lloros y balbuceos de otra muchacha, o niña, que contesta, pero no puede verla.
Ya hace dos horas que las bombas dejaron de caer, solo se escuchan los lloros de Farid y las palabras de aquella muchacha que dice que va, pero que no llega nunca. El viejo Abdel logra quitar los adobes que lo atrapan. No puede levantarse.
Vuelven a caer bombas sobre las ruinas, por si acaso quisieran acabar con todo atisbo de vida, matar moscas a cañonazos.
Entre el humo y el polvo ve a Dana.
—Ya veo a mi sobrino — la escucha decir.
Es apenas una niña de doce años, hermana de Aida, la madre del chiquillo y bisnieta suya, hija de Simón, un judío sefardita que estaba a favor la convivencia entre judíos y palestinos, por amor a Aida y que murió cuando salieron de Jabayla. Sonríe el anciano, a pesar de dibujar un rictus de dolor en su rostro. La ve caminar vacilante, cojeando, cayendo sobre los escombros hacia Farid. Llega hasta el bebé, cae más que se agacha, lo abraza, sonríe al niño y al anciano. El primero deja de llorar, el segundo intenta devolverle la sonrisa instantes antes de que el techo se derrumbase sobre ambos, pero el niño vuelve a llorar, aunque ya no lo ve, como tampoco ve a su bisnieta. El silencio atruena más que el ruido de las bombas.
Solo le quedaba morir en el hueco de la escalera en el que quedó atrapado. Ve la vieja radio a pilas a su lado, que antes del derrumbe estaba en la planta superior. Torpemente la enciende, el receptor habla de que en las universidades de todo el mundo gritan contra el genocidio, mientras los dirigentes mundiales se lavan las manos como Pilatos apoyando a quien mata en nombre de uno de los miles de dioses inexistentes creados por los hombres.
El viejo Abdel cierra su puño artrítico sobre la llave de su casa de Nablus con la rabia del último suspiro, maldiciendo a todos los dioses creados por los hombres para justificar sus crímenes.

© Paco Arenas a 5 de mayo de 2024

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Paco Arenas-Escritor

La foto:
‘Una mujer palestina abraza el cuerpo de su sobrina’, foto del año en el World Press Photo 2024
Fuente: Mohamed Salem / World Press Photo
La organización World Press Photo ha concedido al fotoperiodista palestino de Reuters, Mohammed Salem, el premio a la foto del año en el Concurso Mundial de Fotografía de Prensa 2024. La imagen galardonada muestra a una mujer abrazando a una niña que acaba de perder la vida en la Franja de Gaza.
Debemos recordar a aquellas madres que ven morir a sus hijos y a aquellos niños que ven morir sin el abrazo de sus madres. ¡No a las guerras! ¡No al genocidio!

©Paco Arenas a 5 de mayo de 2024

 


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