viernes, 22 de diciembre de 2017

Marcelina, peladillas y turrón (Cuento de Navidad)



Ilustración realizada a partir de la foto original que se encuentra al final del relato

Sube la anciana Marcelina, como todas las mañanas de invierno, empujando la carretilla desde el lecho del Huécar con la carga de leña, lo único que dará calor a su hogar. Su mirada cabizbaja, que siempre miró al frente, a los ojos, ahora parece perdida entre las ramas secas de la carretilla. Parece no mirar a ningún lado, y sin embargo mira lejos, muy lejos, a cuando soñaba con tener un reloj de bolsillo — solo los hombres los usaban cuando ella lo soñaba — para no llegar nunca tarde a ningún sitio, como si tuviese que ir fuera de esta ciudad abrazada por dos ríos que es Cuenca.

—Pocas veces subiré esta angustiosa cuesta —piensa en voz alta fijándose en la desinflada rueda de la carretilla —se queja mientras nota el frío entrando por los recovecos de sus sayas, notando los pies fríos como si fuese descalza caminando sobre el hielo, sobre los charcos helados —estas zapatillas están pidiendo un recambio, me he quedado sin suelas.
Se detiene cansada antes de llegar a la altura del puente de San Pablo. Intenta estirarse, con las manos en los riñones y echando la cabeza para atrás.

—¡Malditas cervicales! ¡Malditos los años! Una que es vieja ya —dice, mientras mira los turistas que en esos momentos cruzan el puente disparando sus cámaras de fotos contra las Casas Colgadas, sin mirar atrás.

A ella no le queda más remedio que mirar atrás, cuando fue feliz, cuando hasta sobre la nieve le ardía la sangre, cuando se estremecía, y no era como ahora de frío.

—¿Dónde estará? Pobrecito mío. Sí el viera ahora el abandono que tengo, que ni me peino muchas mañanas, como no sea que tenga que salir. Pobrecito mío, lo que me quería…—piensa notando como la emoción le ahoga y una solitaria y cálida lágrima sale de su ojo bueno, del que ve.

Algunos focos se percatan de su presencia, la enfocan primero, y luego, como si no existiese y formase parte del paisaje, como el mismo puente que pisan, se concentran en la pantalla.  Ríe, imaginándose a los turistas que, con los ojos fijos en los monitores de sus cámaras digitales o en sus celulares, tropiezan con las tablas del puente y caen de morros contra las mismas; incluso, en un alarde de maldad que nunca tuvo, los ve caer a las heladas aguas del río Huécar. Termina estallando en carcajadas por su pequeña malicia mental. Recuerda aquellas otras malicias, tan lejanas casi como su nacimiento, su despertar a la adolescencia con la vida abriéndose en canal al verle.

—Su voz recia me parecía canto de jilgueros, sus manos agrietadas por el frío y el trabajo, abrían con gracia mis labios. ¿Cómo no iba a quererlo?

Siente que le duelen las sienes de tanto reír. Le cuesta coger de nuevo las frías barras de la carretilla, no por las manos, sino por los riñones, que después de estirarse, al agacharse le duelen. Mira de nuevo a los turistas, que también la miran con miradas cómplices, murmurando, tal vez, que está loca, no es muy lógico, piensa, ver a una vieja mellada riendo a carcajadas. Sí, la miran, ven que le cuesta empujar la carretilla; pero, ninguno se ofrece a ayudarla.

—Sí es que parece que están atontolinados, miran todo a través de la pantalla de un aparato, y ninguno ve más allá de los dos palmos que le separan del cristal, ninguno ve lo que me cuesta empujar esta vieja carretilla. Alguno, sí alguno me mira y se percata de que estoy aquí, pensará, estoy segura, pensará que formó parte de las atracciones del ayuntamiento para atraer turistas, como cuando en la plaza ponen el tablao para bailar seguidillas, o los turbos tocan sus tambores en la procesión de los borrachos…Eso es, están tontos de capirote, y además borrachos con tanto aparato.

El último tramo de la pendiente, le cuesta más subirla, descansa de nuevo. Levanta su mano derecha hacía sus labios tocándose las desiertas encías, con el dedo índice, que, está libre de la lana del guante. Se tapa a continuación su mellada boca al percatarse que dos chiquillas se le quedan mirando. Intenta sonreírles, siente el pudor de que le vean el desierto que se esconde tras sus ajados labios.  Al final baja su mano rebuscando caramelos de menta en el bolsillo del mandil, siempre lleva consigo por si le da tos. Saca dos y con la mano extendida los ofrece a las chiquillas. La madre, niega con la cabeza, apartando a las chiquillas.

—No, no, gracias, no llevamos dinero suelto. Después dirigiéndose a las chiquillas…—¿No os tengo dicho que no cojáis nada de extraños?

   Alguien pensará que, a sus casi noventa años, no tiene marido, hijos o nietos que le puedan ayudar a subir la carretilla. No tiene marido, tuvo dos, y un novio de adolescencia, con el que no le dejaron relacionarse sus padres, es del que siempre se acuerda, con el que sentía arderle las venas ansiando romper en mil pedazos su pudor y vergüenza. Muchas veces se lamentó no haber tenido el valor y la decisión necesarias para hacerlo. A sus dos maridos los amó, aunque, el primero solo le dio sufrimiento y cinco hijos de embarazos encadenados, no guarda otros recuerdos que su barriga hinchada y un chiquillo mamando de su teta, y él, trabajador, sí, pero celoso. No le llegó a pegar, pero muchas veces llegó a pensar que lo haría. Dios se lo llevó después de una borrachera de anís un día de febrero.  Pensó que, ya jamás se casaría, ni tendría más hijos.

—Pero una es muy tonta, no había televisión y las noches en Cuenca son muy frías, y yo, me dejaba querer —diría muchas veces a quien le quisiese escuchar, siempre con la sonrisa en los labios.

 Y entonces llegó él, aquel novio de adolescencia, viudo como ella. Más cariñoso que una gata en celo. Que acariciaba las sienes de los chiquillos como si fuesen suyos. Que la acurrucaba en su pecho mientras le contaba mil historias. Ya no estaban sus padres para prohibirle nada. Ella tuvo un sueño de adolescencia, cuando él se fue, ahora al recordarlo, tantos años después, musita:

—Si es que soy bruja. 

Con su amor de adolescencia, tuvo más hijos, llegando hasta los diez.

—Lo quería tanto.

 Fue madre de todos, a todos les enseñó a ser personas, y, con sus ahorros, los pocos que tenía, les dio estudios. De sus riñones salieron dos arquitectos, un médico, un coronel, dos maestros y dos que se negaron a estudiar, por mucho que ella insistió. Todos se marcharon fuera, al principio venían todos los años a pasar las vacaciones o dejarles los nietos, para poder ellos marcharse de vacaciones.

—Con los chiquillos es un incordio.

Hasta dieciocho nietos llegó a juntar un verano en su casa. Los nietos crecieron, y alguno, de vez en cuando la visita. Los hijos, los diez, acudían todos en Navidad. Después, comenzaron las discusiones en torno a la mesa, para al final demostrarse, al morir su marido, que una madre es para mil hijos y mil hijos no son para una madre, todos quisieron su parte de la herencia, lo poco que había se lo repartieron de malos modos, a ella le quedó la casa y la exigua pensión de viudedad..., y, nada más, ni tan siquiera el cariño de algunos de los hijos y de muchos de los nietos, que no volvió a verlos más.

Sí, casi todos, y algunos años, todos, llaman, si se acuerdan para desearle Feliz Navidad, y si no se acuerdan, llama ella. Todos prometen que el año siguiente, sin falta, estarán con ella, todos tienen poderosas razones para no poder pasar esa noche a su lado. Ni enciende el televisor para escuchar las campanadas desde la Puerta del Sol.

Al llegar su fría casa, enciende la chimenea, la leña está húmeda y le cuesta prender; sin embargo, al final, la experiencia de sus años y sus dedos artríticos consiguen prender la llama.  Cuando estaban los nietos, cuando iban los hijos con sus familias, y ella era más joven, adornaba toda la casa como una “feria”. Preparaba mantecados, roscos de anís o de vino, y aguardentados.  Ponía un belén, con sus luces y su río de papel de aluminio, y con ramas colocaba los árboles alrededor. En los últimos años se limita a poner las viejas guirnaldas de colores y las luces que tanta gracia le hacían entonces, y ahora le producen tristeza. A media luz, termina de decorar la casa con motivos navideños, los mismos de los últimos veinte años. Este año, duda si poner las viejas figuras del belén en el recibidor. Piensa en los chiquillos que vendrán a pedir el aguinaldo.  Como todos los años dejará niño sin poner, para que le pregunten:

—Doña Marcelina… ¿Su portal de Belén no tiene niño Jesús?

—Ven mañana, que seguro que ya habrá nacido —siempre manifestaba ella con la misma respuesta que daba a sus nietos cuando la visitaban.  No puede evitar notar como unas lágrimas le corren por las mejillas al recordar su casa repleta de chiquillos, y ahora, son los dos ojos, también el “malo”.

Coloca los retratos de todos sus hijos, de sus dos fallecidos maridos y de algunos de sus nietos, de aquellos que sus padres habían tenido a bien mandarle fotos; aunque, a algunos de ellos ni en fotos los conoce.

Cuando los primeros troncos han ardido y comienzan a formarse las ascuas, prepara el brasero, que coloca bajo la mesa camilla, para no tener que levantarse. Enciende un par de velas doradas, adornadas con guirnaldas de colores, pero no las enciende. Primero coloca la sopa, que con paso tembloroso derrama, parte de ella en el suelo, para alegría de su gato que comienza a lamer el suelo con su áspera lengua. Después, con prudencia, para no quemarse con el aceite hirviendo, echa en la sartén unos ajos y cuando están dorados, unos filetes de merluza, de esos congelados, que no tienen raspa. Cena con parsimonia, imaginando la desierta mesa llena de hijos, nietos, yernos y nueras. Cenará con sidra, no se le sube a la cabeza, y esa noche no quiere agua. Brindará por ellos, por todos los ausentes, mientras deja el pescado al lado, la congoja le impide comerlo, como si las inexistentes raspas se le agarrasen como garfios de hierro oxidado a la garganta.  Cuando llega con el turrón blando a la mesa, el gato se ha comido ya el pescado. Marcelina, ríe y le regaña; pero, al final lo abraza sintiendo su calor y cariño. Termina por sentarlo en su halda, juntos, comen la sopa.

Aquella noche, cuando los chiquillos van a pedir los aguinaldos, nadie contesta a la puerta.  Cosa extraña, pues Marcelina, siempre, siempre, tiene peladillas y turrones para darles.

—Doña Marcelina, ¡abra! Sabemos que está —grita uno entre risas.

 —Huele a chamuscado, seguro que se le han pegado las gambas...—ríe otro, frotándose las manos heladas.

Pero Doña Marcelina no contesta. No insisten mucho, a pesar de saber que está dentro, volverán al día siguiente y seguro que tendrá peladillas y turrones para darles.

—La vieja ya chochea, seguro que se le han cruzado este año los cables. —Dice uno de los chiquillos echando vaho sobre las manos.

—Pues mi madre me ha dicho que la ha visto en la pastelería y ha comprado de todo, peladillas, turrón y alajú —apunta una de las niñas —además, de esos que van envasados por unidades.

—Volvemos mañana —casi ordena el que llevaba la voz cantante.

—Huele a quemado —dice una de las chiquillas más pequeñas.

—Vamos, que nos quedamos helados —estira el que llevaba la voz cantante de su hermana.

—Pero antes le cantamos un villancico —protesta la chiquilla.

El ruido del teléfono se escucha desde el exterior, nadie lo coge. Insisten en llamar, Marcelina siempre les da caramelos de menta, cuando los manda a algún recado, y en Navidad el aguinaldo, peladillas y turrón. Cuando no les da es en Halloween, y reniega con aspereza si le dicen “truco o trato”, pero en Navidad, siempre les abre la puerta.

Hace mucho frío, pero, como todos los años le cantan un villancico, que Marcelina apenas llega a escuchar, quiere gritar, tener las fuerzas suficientes para llegar a la puerta; no obstante, solo llega a coger la talega con las peladillas y turrón que iba a darles a los chiquillos.  La voz no le sale de la garganta, el humo llena todo. Pronto se vuelve a escuchar el teléfono de manera insistente, una y otra vez. Sabe que son sus hijos. Pensarán que está enfadada, además de sorda, y como están todos muy lejos y celebrarán la Navidad cantando alegres villancicos, y tal vez, entre copa de cava, y polvorón, se acuerden de su madre. Los chiquillos se marchan cantando.

Cuando el veintiocho de diciembre, la asistenta social abre la puerta, un fuerte olor a humo impregna todo, ve a Marcelina cerca de la puerta con la taleguilla de las golosinas en la mano, los ojos muy abiertos y el gato muerto a su lado.

©Paco Arenas


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