domingo, 30 de diciembre de 2018

«Quien no suda el pan que se come, no sufre el hambre del menesteroso» La reunión de don Quijote, con el cura, el bachiller y el barbero



Por fin, Sancho había aprendido a leer, uno de sus sueños, ya no soñaba con volver a cabalgar junto a su amo a pesar de que las cosas se estaban poniendo feas. El rey, en plena temporada de siega, reclutó a Sancho para llevárselo a luchar para defender sus derechos, que no los derechos de España, muriendo, como tantos otros, en una guerra que no era suya. No suficiente con ello el marqués le exigió el arriendo, y el convento el diezmo, eso después de quedar parte de la siembra si segar, y parte de la mies dejada perder en la era por falta de manos para trabajarla. Denunció el convento y el marqués, no pudo pagar Sancho y por ello raptaron a Sancha, su hija, que no había cumplido las dieciséis primaveras, para disfrute de la tropa.  No era el único afectado, un hijo del barbero también había muerto en la guerra, de dos sobrinos del bachiller, nadie sabía nada. El hambre era la única que reinaba en aquel lugar de la Mancha. La idea partió de don Quijote, ya enfermo y cansado; pero, con ganas de luchar contra la injusticia. A barbero, bachiller y cura, citó el caballero en casa del más afectado, del pobre Sancho, y a ella acudieron todos dispuestos a comenzar una nueva guerra de comunidades.


Por fin, Sancho había aprendido a leer, uno de sus sueños, ya no soñaba con volver a cabalgar junto a su amo a pesar de que las cosas se estaban poniendo feas. El rey, en plena temporada de siega, reclutó a Sancho para llevárselo a luchar para defender sus derechos, que no los derechos de España, muriendo, como tantos otros, en una guerra que no era suya. No suficiente con ello el marqués le exigió el arriendo, y el convento el diezmo, eso después de quedar parte de la siembra si segar, y parte de la mies dejada perder en la era por falta de manos para trabajarla. Denunció el convento y el marqués, no pudo pagar Sancho y por ello raptaron a Sancha, su hija, que no había cumplido las dieciséis primaveras, para disfrute de la tropa.  No era el único afectado, un hijo del barbero también había muerto en la guerra, de dos sobrinos del bachiller, nadie sabía nada. El hambre era la única que reinaba en aquel lugar de la Mancha. La idea partió de don Quijote, ya enfermo y cansado; pero, con ganas de luchar contra la injusticia. A barbero, bachiller y cura, citó el caballero en casa del más afectado, del pobre Sancho, y a ella acudieron todos dispuestos a comenzar una nueva guerra de comunidades.

Estaban sentados ante la mesa el canónigo y don Quijote, y de pie, por estar en su casa y estar cuidando unas collejas con ajos, Sancho. Aprovecho don quijote que esa tarde las mujeres estaban de novena por sus hijos y maridos jóvenes muertos en la guerra.

—Quien no suda el pan que se come —comenzó don Quijote—, no sufre el hambre del menesteroso.

—Vuestra merced me enseñó a leer, y al pie de sus flacos dedos aprendí mucho, y de sus sabios consejos creí conocer el mundo y la dignidad de sus gentes...

—Así es, pero debemos salir de nuevo, juntos fuimos más de dos, y ahora, con todos vuestros conocimientos, sabiendo la condición y razón de los poderosos y de los menesterosos, seremos más de cuatro, es preciso cambiar el mundo..., no como caballeros andantes, sino como los comuneros de Castilla...—dudo don Quijote —. No ha habido caballeros andantes, puesto que inclinaron su cerviz ante reyes y poderosos, y no se doblaron la espalda ayudando al menesteroso contra sus abusos...

—¡Acabemos! —Exclamó Sancho agarrando la bota de vino y echando un buen trago —Paréceme, señor hidalgo, que la plática de vuestra merced se ha encaminado a querer darme a entender que no ha habido caballeros andantes en el mundo, ni reyes honrados y que todos los libros de caballerías son falsos, mentirosos, dañadores e inútiles para la república, habiendo hecho mal en leerlos, y peor en creerlos, y más mal en imitarlos, habiéndome puesto a seguir la durísima profesión de la caballería andante, que ellos enseñan, negándome que no ha habido en el mundo Amadises, ni de Gaula ni de Grecia, ni todos los otros caballeros de que las escrituras están llenas.

—Todo es al pie de la letra como vuestra merced lo va relatando —dijo a esta sazón el canónigo, que había permanecido en silencio, y que sin hábitos parecía un labriego más —.  ¿Acaso su majestad al declarar la guerra piensa en el hambre que provoca?

—¿Me lo ha de decir a mí, que por culpa del rey he perdido las manos de mi hijo, y por no poder pagar ni el diezmo al convento, ni el arriendo al señor, a mi hija se la han llevado para disfrute de la tropa y deshonra mía? —Se lamentó Sancho.

—Por ello debemos ponernos en marcha —remarcó el canónigo, sacando una daga oculta bajo la faja.

—¿Acaso todas vuestras enseñanzas de lealtad al rey y al noble han sido vanas? —Se dirigió al barbero, que terminaba de llegar, y a don Quijote Sancho.

—No, por Dios, que el primer engañado fui yo —asintió el caballero bajando la cabeza —. NO sabía lo que ahora he visto.  Quien no suda el pan que se come, no sufre el hambre del menesteroso.  No solo los caballeros andantes deben remediar el mal que los reyes con sus caprichos provocan, son y deben ser más importante para la patria, para nuestra república, que llegue el pan a la boca del hambriento que el llenar las arcas de nuestro rey, que bien sabemos lo poco que le importa lo que a sus súbditos les afecta, nos roba el pan, los mozos y nos exige el pago, y si no podemos nos roba la honra de nuestras mujeres..., bien lo sabéis amigo Sancho.

—Y Vos señor bachiller, ¿también levantareis vuestra espada contra los designios de su católica majestad? ¿Vos que le jurasteis lealtad eterna? —Pregunto Sancho al bachiller, al verlo entrar por la puerta con la espada desenvainada, también vestido de rustico.

— No me guía otra razón que hacer grande nuestra república…, y para ello, es preciso levantarse contra quienes llenan de estiércol su nombre —contestó sonriendo el bachiller —. Y ya sabéis buen Sancho, que mi brazo y mi espada se iguala a la de los grandes caballeros de la antigüedad...

—Que tiemblen los cimientos de los palacios y sobre sus escombros se construya la República —por fin pareció asentir Sancho.



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