domingo, 24 de diciembre de 2017

La Navidad cuando no existía Papá Noel


Parece que Papá Noel lleva toda la vida, desde ante de terminar el verano ya nos están dando la tabarra los grandes centros comerciales; sin embargo, yo supe de él, perdonar mi ignorancia, cuando ya me afeitaba. Estuve al menos quince o dieciséis años de mi vida que no sabía que había un viejo gordo vestido de colorado que repartía juguetes a los niños del mundo anglosajón y los niños ricos de los países latinos. Por mi casa nunca pasó.

 Yo recuerdo otras navidades muy diferentes, perdidas en un falseado de mi mala memoria. En el mes de diciembre, Pinarejo eran días de mucho ajetreo en todos los sentidos.  Se juntaba la recogida de la aceituna con la matanza del gorrino y la posterior elaboración de los embutidos, en lugar de guirnaldas colgábamos chorizos y perniles. Y ya los últimos días previos a la Navidad, con la preparación de los dulces navideños, todos caseros; aunque ya comenzaban a verse polvorones, turrón siempre hubo, no tantas variedades ni mucho menos, solo cuatro o cinco, que yo recuerde: duro de Alicante, blando de Jijona, de yema tostada, frutas escarchadas, chocolate y alguno más que no recuerdo.

Ya por la mañana comenzaban mis hermanas y mi madre a preparar mantecados, aguardentados, roscos de vino, de anís, borrachuelos (pestiños) galletas de naranja…

Por la tarde los chiquillos armados con zambombas y panderetas comenzábamos a, no ir pedir el aguinaldo, en mi caso solo a las casas que sabíamos que nos iban a dar, digamos que nuestros padres intercambiaban el dinero, por decirlo de algún modo con nuestros compañeros de pandilla, claro, que, también podía ser que hubiese algún tío, tía o demás que no tuviesen hijos, ahí, ganabamos todos.

Por la noche cenábamos la familia más o menos al completo, si alguno faltaba porque cenase en casa de los suegros llegaba después. Desde ese momento todas las casas estaban en jornada de puertas abiertas, y en la mesa había preparada una botella de coñac, una de aguardiente(anís) y dulces navideños para ofrecer a las visitas. Después de la cena algunos iban a la Misa del gallo, costumbre que no tuvimos en mi casa; aunque, sí cantábamos alegres villancicos acompañados por diversos instrumentos, no solo la pandereta, alguna zambomba, también botellas vacías de anís La castellana, El mono o marcas ya desaparecidas.

No existían regalos el día de Navidad, ni tampoco esperábamos a Papá Noel, ni siquiera sabíamos que existía, al menos yo. Uno de los días preferidos por la chiquillería era el día de los Santos Inocentes, el que más y el que menos procuraba gastar una “inocenta”, a los mayores que, se hacían los despistados, y cuando les pedíamos una peseta prestada nos la daban haciéndose los tontos, entonces nosotros decíamos entre risas:

—Que los Santos Inocentes se lo paguen.

Porque siempre les tratábamos de usted.

Ellos seguían la broma fingiendo aspavientos y nosotros nos íbamos con nuestra peseta, o nuestro real, pensando que los habíamos engañado.

En nochevieja cambiaba el ritual, nos acostábamos todos más tarde y recorríamos las casas del pueblo. Al día siguiente, como en Navidad, íbamos a misa de punto en blanco, si se podía, que no era siempre, estrenando algo.

El día grande era el Día de Reyes, por la noche preparábamos nuestras zapatillas al lado de la chimenea o en la ventana, y supuestamente, se presentaban los Reyes Magos, algunas veces dejaban tan pocas cosas y tan útiles, que no hacía falta disimular mucho. Y por supuesto, no comprendías porque si tú habías sido bueno, a ti los reyes magos te traían solo un plumier como algo extraordinario, nunca juguetes, tal vez alguna cosa de comer, higos secos, nueces, mientras que a fulanito, que era peor que la quina, le traían un montón de juguetes…, y al año siguiente te esforzabas por ser mejor, hasta que un día, escamado, pillas a tu madre colocando el plumier junto a tus “abarcas desiertas” y te das cuenta que los reyes nunca se acuerdan de los pobres, ni siquiera el negro que era tu favorito .

Obras publicadas:





sábado, 23 de diciembre de 2017

Reseña El sur negro-Crónicas afrolatinas (Pedro Jorge Solans)



El sur negro-Crónicas afrolatinas, es un libro de Pedro Jorge Solans, que nos lleva muy lejos, y a la vez muy cerca de la realidad afrolatina, recorriendo casi todos los países de América Latina.

Comienza hablando de Palenque, el primer pueblo de esclavos libres de América, de las palanqueras, símbolo de la lucha por la libertad de los negros cimarrones. Nos dice de ellas que son morenas que flamean vestidos multicolores. Al hablar de ellas, uno se siente seducido por esas mujeres que nos retrata Pedro Jorge Solans, sonrientes, capaces de recitar poesías, como María Herrero. 

El libro recorre la distintas historias personales y colectivas de gente de raza negra, orgullosos de sus raíces y orígenes. No habla del puerto negrero de Cartagena de Indias[1],  donde llegaban mil negros al mes, siendo vendidos por los traficantes como si fuesen sacos de patatas por dos escudos y vendidos en los distintos lugares del interior del continente por doscientos.

Nos habla de las primeras insurrecciones, de cómo las criadas negras creaban conciencia de pueblo y educaban a los hijos de los españoles. A lo largo del libro encontramos personajes más que interesantes, poetas, cantantes, músicos, políticos, luchadores todos. Lugares como Salvador de Bahía. De tambores sanadores, de cómo los negros africanos han mezclado sus antiguas religiones con las cristianas, la importancia de San Baltasar, nos cuenta, como un lamento, qué la carne más barata del mercado es la carne negra.

Realmente, es un libro que merece la pena leer, ayuda a través de sus páginas a tomar conciencia, nos lleva muy lejos en el tiempo, y a la vez a realidades muy cercanas, nos ayuda a pensar que la tierra que pisamos, incluso ignorándolo, está empapada de sudor y sangre, de personas que fueron arrancadas a la fuerza de su tierra africana, embarcados en barcos como si fuesen ganado, hacinados, desnudos de futuro y de sueños. Y cómo, en muchos casos, impregnaron con sus culturas milenarias, las culturas de sus “amos”.

Paco Arenas





[1] Un dato curioso, no solo Cartagena de España fue estado independiente, también Cartagena de Indias fue Estado Soberano bastantes años antes, en 1811)

¿Dónde comprarlo?
Librería Latitud Sur, de Valencia Tlfno 640 84 78 53

viernes, 22 de diciembre de 2017

Marcelina, peladillas y turrón (Cuento de Navidad)



Ilustración realizada a partir de la foto original que se encuentra al final del relato


Sube la anciana Marcelina, como todas las mañanas de invierno, empujando la carretilla desde el lecho del Huécar, con la carga de leña, lo único que dará calor a su hogar. El río, allá abajo, murmura palabras que ella ya no entiende, pero que alguna vez fueron suyas. Su mirada cabizbaja —esa mirada que siempre fue de frente, de ojos contra ojos— ahora parece perderse entre las ramas secas de la carretilla. Parece no mirar a ningún lado y, sin embargo, mira lejos, muy lejos, a cuando soñaba con tener un reloj de bolsillo —solo los hombres los usaban cuando ella lo soñaba— para no llegar nunca tarde a ningún sitio, como si tuviese que ir fuera de esta ciudad abrazada por dos ríos que es Cuenca.
—Pocas veces subiré esta angustiosa cuesta —piensa en voz alta, fijándose en la desinflada rueda de la carretilla—.
Se queja mientras nota el frío entrar por los recovecos de sus sayas, sintiendo los pies helados como si caminara descalza sobre el hielo, sobre los charcos congelados.
—Estas zapatillas están pidiendo un recambio, me he quedado sin suelas.
Se detiene, cansada, antes de llegar a la altura del puente de San Pablo. Intenta estirarse, con las manos en los riñones y echando la cabeza hacia atrás.
—¡Malditas cervicales! ¡Malditos los años! Una que es vieja ya —dice, mientras observa a los turistas que en ese momento cruzan el puente disparando sus cámaras contra las Casas Colgadas, sin mirar atrás.
A ella no le queda más remedio que mirar atrás: cuando fue feliz, cuando hasta sobre la nieve le ardía la sangre, cuando se estremecía, y no era como ahora, de frío.
—¿Dónde estará? Pobrecito mío. Si él viera ahora el abandono que tengo, que ni me peino muchas mañanas, como no sea que tenga que salir… Pobrecito mío, lo que me quería… —piensa, notando cómo la emoción la ahoga y una solitaria y cálida lágrima brota de su ojo bueno, del que ve.
Algunos focos se percatan de su presencia, la enfocan primero y luego, como si no existiera y formara parte del paisaje, como el mismo puente que pisan, se concentran en la pantalla. Ríe, imaginándose a los turistas que, con los ojos fijos en los monitores de sus cámaras digitales o en sus teléfonos móviles, tropiezan con las tablas del puente y caen de morros contra ellas; incluso, en un alarde de maldad que nunca tuvo, los ve caer a las heladas aguas del río Huécar. Termina estallando en carcajadas por su pequeña malicia mental. Recuerda aquellas otras malicias, tan lejanas casi como su nacimiento, su despertar a la adolescencia, con la vida abriéndose en canal al verle.
—Su voz recia me parecía canto de jilgueros; sus manos, agrietadas por el frío y el trabajo, abrían con gracia mis labios. ¿Cómo no iba a quererlo?
Siente que le duelen las sienes de tanto reír. Le cuesta volver a coger las frías barras de la carretilla, no por las manos, sino por los riñones, que tras estirarse le duelen al agacharse. Mira de nuevo a los turistas, que también la miran con cierta complicidad, murmurando tal vez que está loca. No es muy lógico, piensa, ver a una vieja mellada riendo a carcajadas. Sí, la miran, ven que le cuesta empujar la carretilla; pero ninguno se ofrece a ayudarla.
—Si es que parecen atontolinados. Miran todo a través de la pantalla de un aparato y ninguno ve más allá de los dos palmos que le separan del cristal. Ninguno ve lo que me cuesta empujar esta vieja carretilla. Alguno, sí, alguno me mira y se percata de que estoy aquí, pensará —estoy segura— que formo parte de las atracciones del ayuntamiento para atraer turistas, como cuando en la plaza ponen el tablao para bailar seguidillas, o los turbos tocan sus tambores en la procesión de los borrachos… Eso es, están tontos de capirote, y además borrachos con tanto aparato.
El último tramo de la pendiente le cuesta aún más. Descansa de nuevo. Levanta su mano derecha hacia los labios, tocándose las desiertas encías con el dedo índice, libre de la lana del guante. Luego se tapa la boca al darse cuenta de que dos chiquillas la miran. Intenta sonreírles, siente pudor de que vean el desierto que se esconde tras sus ajados labios. Finalmente baja la mano y rebusca caramelos de menta en el bolsillo del mandil, que siempre lleva por si le da tos. Saca dos y, con la mano extendida, se los ofrece a las chiquillas. La madre niega con la cabeza y las aparta.
—No, no, gracias, no llevamos dinero suelto.
Después, dirigiéndose a las niñas:
—¿No os tengo dicho que no cojáis nada de extraños?
Alguien pensará que, a sus casi noventa años, no tiene marido, hijos o nietos que le ayuden a subir la carretilla. No tiene marido: tuvo dos. Y un novio de adolescencia, con el que sus padres no le dejaron relacionarse; es de él de quien siempre se acuerda, con quien sentía arderle las venas ansiando romper en mil pedazos su pudor y vergüenza. Muchas veces se lamentó de no haber tenido el valor y la decisión necesarios.
A sus dos maridos los amó, aunque el primero solo le dio sufrimiento y cinco hijos de embarazos encadenados. No guarda otros recuerdos que su barriga hinchada y un chiquillo mamando de su teta, y él, trabajador, sí, pero celoso. No llegó a pegarle, pero muchas veces pensó que lo haría. Dios se lo llevó después de una borrachera de anís un día de febrero. Pensó que jamás se volvería a casar ni tendría más hijos.
—Pero una es muy tonta. No había televisión y las noches en Cuenca son muy frías, y yo me dejaba querer —diría muchas veces a quien quisiera escucharla, siempre con una sonrisa en los labios.
Y entonces llegó él, aquel novio de adolescencia, viudo como ella. Más cariñoso que una gata en celo. Acariciaba las sienes de los chiquillos como si fueran suyos. La acurrucaba en su pecho mientras le contaba mil historias. Ya no estaban sus padres para prohibirle nada. Ella tuvo un sueño de adolescencia cuando él se fue, y ahora, al recordarlo tantos años después, musita:
—Si es que soy bruja.
Cinco hijos tuvieron con su amor de adolescencia, llegando hasta diez. Fue madre de todos; a todos les enseñó a ser personas y, con sus ahorros —los pocos que tenía—, les dio estudios. De sus riñones salieron dos arquitectos, un médico, un coronel, dos maestros y dos que se negaron a estudiar, por mucho que ella insistiera. Todos se marcharon fuera. Al principio venían todos los años a pasar las vacaciones o a dejarle los nietos para poder marcharse ellos.
—Con los chiquillos es un incordio.
Hasta dieciocho nietos llegó a juntar un verano en su casa. Luego crecieron. Alguno la visita de vez en cuando. Los hijos acudían todos en Navidad. Después llegaron las discusiones en torno a la mesa y, al morir su marido, se demostró que una madre es para mil hijos y mil hijos no son para una madre. Todos quisieron su parte de la herencia; lo poco que había se lo repartieron de malos modos. A ella le quedó la casa y la exigua pensión de viudedad… y nada más, ni siquiera el cariño de algunos hijos y de muchos nietos, a los que no volvió a ver.
Sí, casi todos —y algunos años todos— llaman, si se acuerdan, para desearle Feliz Navidad. Si no se acuerdan, llama ella. Todos prometen que el año siguiente, sin falta, estarán con ella. Todos tienen poderosas razones para no poder pasar esa noche a su lado. Ni siquiera enciende el televisor para escuchar las campanadas desde la Puerta del Sol.
Al llegar a su fría y solitaria casa, cerró la puerta. Solo el gato salió presuroso a recibirla, restregándose contra sus piernas, alzándose en busca de sus caricias.
—Espera, que antes me siente; si me agacho…
Camina hasta el centro de la estancia, se sienta en la silla de enea, da dos golpecitos con los nudillos sobre la mesa y, de inmediato, el gato sube para ser acariciado. Intenta él también acariciar a la anciana, pero ella aparta la cara.
—Tienes la lengua muy áspera.
Se levanta y se dirige hacia la chimenea, con el gato tras ella. Enciende el fuego; la leña está húmeda y le cuesta prender. Sin embargo, la experiencia de los años y sus dedos artríticos consiguen avivar la llama. Cuando estaban los nietos, cuando iban los hijos con sus familias y ella era más joven, adornaba la casa como una feria. Preparaba mantecados, roscos de anís o de vino y aguardentados. Ponía un belén con luces y un río de papel de aluminio; con ramas hacía los árboles alrededor. En los últimos años se limita a poner las viejas guirnaldas de colores y las luces que antes le hacían gracia y ahora le producen tristeza.
A media luz, termina de decorar la casa con los mismos motivos navideños de los últimos veinte años. Este año duda si poner las viejas figuras del belén en el recibidor. Piensa en los chiquillos que vendrán a pedir el aguinaldo. Como todos los años, dejará al Niño sin poner, para que le pregunten:
—Doña Marcelina… ¿su portal de Belén no tiene niño Jesús?
—Ven mañana, que seguro que ya habrá nacido —respondía siempre, igual que a sus nietos.
No puede evitar que las lágrimas le corran por las mejillas al recordar la casa repleta de chiquillos; ahora son los dos ojos, también el «malo».
Coloca los retratos de todos sus hijos, de sus dos maridos fallecidos y de algunos nietos —los que tuvieron a bien mandarle fotos—; a algunos ni siquiera los conoce en imágenes.
Cuando los primeros troncos arden y se forman las ascuas, prepara el brasero bajo la mesa camilla. Enciende dos velas doradas sobre la mesa adornada con guirnaldas, pero las apaga: la cera huele mal al cenar. Las encenderá luego, con el turrón y la mistela, cuando brinde por los ausentes, por los muertos y también por los vivos.
Camina con el plato de sopa, temblorosa. Derrama parte en el suelo, para alegría del gato, que lame con su lengua áspera. Luego fríe ajos y echa unos filetes de merluza congelada —sin raspas— y tres gambones baratos. Antes, cuando estaban todos, traían gambas rayadas y cigalas; ahora, ¿para qué?
Cena despacio, imaginando la mesa llena. Bebe sidra, no se le sube a la cabeza. Brinda por los ausentes. La congoja le impide comer el pescado, como si se le clavaran raspas inexistentes en la garganta. Cuando llega el turrón, el gato ya se ha comido la merluza. Marcelina ríe, lo regaña y lo abraza. Juntos acaban la sopa.
Aquella noche, cuando los chiquillos van a pedir el aguinaldo, nadie abre la puerta. Extraño, pues Marcelina siempre tiene peladillas y turrones.
—Doña Marcelina, ¡abra! Sabemos que está —grita uno entre risas.
—Huele a chamuscado, seguro que se le han pegado las gambas —dice otro.
Pero Marcelina no contesta. No insisten mucho. Volverán mañana.
—La vieja ya chochea —dice uno.
—Mi madre dice que la ha visto comprar peladillas, turrón y alajú —añade una niña.
Se alejan cantando. Huele a humo, pero es lógico: Marcelina es la única que aún se calienta con leña y brasero.
Canturrean un villancico. Ella quiere gritar, llegar a la puerta. Solo alcanza la talega con las peladillas. El humo lo llena todo. El teléfono suena una y otra vez. Sabe que son sus hijos.

Cuando el veintiocho de diciembre la asistenta social abre la puerta, el olor a humo lo impregna todo. El gato yace a su lado. Dicen que tenía los ojos abiertos. Algunos juraron después que parecían mirar hacia el puente, como esperando a alguien que llegaba tarde… por primera vez en su vida.



©Paco Arenas

lunes, 18 de diciembre de 2017

Dios se hizo hombre, y miró para otro lado..

                                          


Dios se hizo hombre,
y miró para otro lado,
para no ver en hambre de los pobres.
Él, que nació en un pesebre
entre aromas de estiércol de vaca
y de mula estéril,
perseguido por el infame rey Herodes…,
a buen seguro, se hizo republicano.


Jesús creció entre astillas de madera,
serrines polvorientos,
 cisuras sangrantes de leprosos
 y de regüeldos agrios del estómago vacío
de los hambrientos.
Dicen, y no lo dudo, que tomó conciencia
y tiró a los mercaderes del templo…
mercaderes y pretores se hicieron confidencias,
unos tenían las monedas,
los otros...
 la codicia.
Los pobres nada.
Dios miró para otro lado.


Jesús se hizo, hombre,
transformó el agua en vino,
y gritó:
¡Bienaventurados los pobres!
Las personas de bien y orden,
mercaderes, rabinos y romanos funcionarios,  
escandalizados por el vino derramado,
lo tomaron por revolucionario,
y por treinta monedas,
de Judas compraron su conciencia…
Los mercaderes tenían muchos denarios,
los otros...
 la codicia,
los pobres nada
y Dios miró para otro lado. 

Dios, está en todas partes,
pero mira para otro lado,
el emperador Constantino se hizo cristiano,
y desde entonces sus asesinos gobiernan el mundo.
todos los ladrones y tiranos 
rezan a aquel revolucionario,
Los mercaderes tenían muchos denarios,
los otros...
 la codicia,
a los pobres, hasta del pesebre desahuciaron
y Dios miró para otro lado. 

siempre hay un Judas,
dispuesto a coger las treinta monedas,
confabulan mercaderes, rabinos y funcionarios,
compran conciencias,
siguen robando a los pobres
con la ley en la mano.
Los mercaderes tenían muchos denarios,
los otros...
 la codicia,
los pobres nada, 
y Dios mira para otro lado. 

  
¿Dónde está el Dios redentor de los pobres?
¿Dónde el carpintero revolucionario?
Desde tiempos de Constantino sus asesinos gobiernan el mundo,
y no es vino lo que se derrama de la tinaja
sino la sangre de los humildes.
De aquel pobre pesebre
solo queda aroma de estiércol de vaca
y de mula estéril,
ahora, en las alcobas de ricos palacios,
cimentados sobre la sangre de los pobres.
Los mercaderes tenían muchos denarios,
os otros...
 la codicia,
y los pobres nada.
Y desde entonces a los pobres, 
hasta del pesebre desahucian
y Dios mira para otro lado. 



©Paco Arenas

Obras publicadas:






domingo, 17 de diciembre de 2017

Mantecados hojaldrados (receta muy fácil y barata)



El camino más fácil no siempre es el mejor, nunca aquellos mantecados hojaldrados manchegos, que hacían nuestras abuelas o madres, podrán ser superados en este mundo de prisas. Elaborar el hojaldre es harto complicado, requiere mucha paciencia y tiempo, algo que no siempre tenemos. Por tanto, vamos a buscar conseguir parecidos resultados, nunca iguales, a los de nuestras abuelas, y en lugar de más de un día, lograrlo en media hora, con un buen resultado.

Hoy en día tenemos la ventaja que no tenían nuestras madres, venden masa de hojaldre fresca y congelada, yo he utilizado de dos marcas diferentes para hacer mis experimentos: Comsum (envase de 500 g. x 1€) y Hacendado (envase de 580 g. x 1,39 €), curiosamente la más barata con mejores resultados que la más cara. También está la alternativa de la masa fresca, hacerme caso, no vale la pena pagar el doble.


Solo necesitamos tres ingredientes:

·        La masa congelada, si es congelada es preciso dejarla descongelar a temperatura ambiente.
·        100 g. Azúcar glas.
·        Una cucharada de anís en grano.

Forma de hacerlo:

·        Una vez está descongelada la masa se corta a cuadraditos o con los famosos moldes de corazones o formas, al gusto de cada cual, y se coloca en la bandeja del horno, preferiblemente con sobre papel de horno.
·        Mientras tanto, moléis la azúcar junto con el anís en grano en el molinillo, que no tenéis molinillo o no queréis moler la azúcar y el anís en grano, tenéis dos alternativas:

1)     Utilizar la azúcar sin moler y comprar el anís molido.   
2)     Comprar la azúcar molida y pagar cuatro o cinco veces su precio: azúcar normal 80 céntimos kilo, o 3,98 € azúcar glas (Un molinillo cuesta en torno a los 10 euros en cualquier tienda de electrodomésticos; aunque, depende de marcas y tiendas).

            Precalentamos el horno a 200 º, cuando esté caliente, metemos la masa cortada, alrededor de los 20 minutos, según potencia del horno, ya estarán.

Nada más sacarlos los rebozamos en la mezcla de azúcar glas y anís y a disfrutar.

Al final  de la entrada vídeo de cómo hacerlo de manera tradicional

 RELACIONADOS:

Aguardentados manchegos( Receta fácil)




Paco Arenas

lunes, 11 de diciembre de 2017

Voces desde el más allá de la historia (Reseña)


Isabel II tuvo doce hijos, ninguno de su marido y uno de ellos fue Alfonso XII. ¿Quién fue el padre de Alfonso XII?


Desde hace mucho tiempo he investigado la historia de los borbones, sus contradicciones, sus torpezas, ambiciones, amancebamientos, infidelidades, traiciones, la mejor forma de ser afianzar el republicanismo en España es conociendo la historia de sus reyes, ninguno destacó por su honradez, humanidad, ética o amor al pueblo que les permitía vivir a cuerpo de rey.

Todos los borbones tienen mucho en común, todos tienen muchas zonas oscuras que los deslegitimarían para continuar como estirpe reinante en cualquier país civilizado, salvo en España, pues todos los vicios habidos y por haber ha tenido dicha dinastía que tuvo bajo su cetro el mayor imperio conocido, y que por torpeza, traición y ambición perdieron. La independencia de los países latinoamericanos posiblemente se habría producido igualmente, pues la emancipación de los pueblos termina siendo una necesidad vital cuando depende de una lejana metrópoli que les ignora. No obstante, de haber sido otros, habría sido de manera civilizada y al estilo de la “Commonwealth” británica, y posiblemente hoy, de no haber estado al frente de España tan torpes como ambiciosos personajes la comunidad de naciones hispanas sería una feliz realidad.

  A pesar de mis muchas investigaciones, llegando al reinado del peor de todos los borbones, Fernando VII y de su archiconocida hija, Isabel II, me surgieron muchas dudas, había muchas cuestiones que no me cuadraban. Entonces conocía a María Nieves Michavila Gómez, investigadora seria, no como yo que soy un simple aficionado. Todas las dudas me las aclaró en una misma conversación la autora de “Voces desde el más allá de la historia”, porque ella, además de investigadora, conoce testimonios de primera mano que afectan a su propia familia, ya que posiblemente, borbones y María Nieves Michavila, comparten un ascendiente común el oficial de artillería Federico Puig Romero, mandado asesinar; posiblemente, por su amante Isabel II.

Los libros de historia nos dicen, sin embargo, que fue su amigo, Puig Molto el padre de Alfonso XII; no obstante,  Isabel II tenía muy poderosas razones para ocultar la paternidad real de quien sería rey, como bien explica María Nieves Michavila:

“Para Isabel II era imprescindible ocultar al Santo Padre, padrino de su hijo Alfonso, la existencia de hermanos comunes con el progenitor de su hijo. A esto se unía el peligro de que saliera a la luz una información muy grave para la dinastía Borbón que hizo cambiar la actitud de Fernando VII hacia los huérfanos Puig Romero, pasando del más absoluto despotismo a todo tipo de concesiones, recurriéndose a falsificaciones y bolsillo secreto del rey.”

Partiendo de los testimonios orales de la propia familia de la investigadora,  María Nieves Michavila Gómez comienza las pesquisas durante más de diez años para saber la verdad sobre el asesinato de su ascendiente el coronel Federico Puig Romero. Surgiendo de esta investigación “Voces desde el más allá de la historia”. El libro en cuestión aporta muchas novedades y vías de investigación sobre quién fue el verdadero padre de Alfonso XII y las intrigas que en torno a esa paternidad se dieron. Siendo un libro de investigación histórica que no me cabe duda de que sentará las bases para que otros investigadores continúen la labor emprendida por María Nieves Michavila Gómez.

Es importante conocer la historia, pero la historia se escribe en no pocas ocasiones a sueldo de quien tiene el poder. Voces desde el más allá de la historia, nos muestra con más seriedad que yo voy a exponer aquí, la historia no oficial. La historia que es preciso investigar y que María Nieves Michavila lleva a cabo de manera rigurosa, sirviéndose a través de una investigación tenaz y exhaustiva y a la vez de fuentes directas llegadas directamente de sus antepasados, mostrándonos uno de los secretos mejores guardados de los borbones españoles: ¿Quién fue el padre de Alfonso XII?

La legitimidad de la monarquía se basa en la sangre del rey transmitida por vía sexual a la reina, pero los borbones, casi todos ellos muy “amorosos”, no dan los perfiles, ni reyes ni reinas de que esa legitimidad de la sangre se transmite realmente. Voces desde el más allá de la historia, nos demuestra que la historia se manipuló para ocultar esa falta de legitimidad.

Todos le dan a Isabel II fama de promiscua y de ninfómana (incluso hay un libro  satírico de los hermanos Bécquer, que de ser publicado en España, ahora, llevaría a sus autores a la cárcel). A pesar de ello, Isabel II no era diferente al resto de los borbones, incluido el rey enerito Juan Carlos de Borbón, el heredero de Franco. Baste un breve repaso por la monarquía que dilapidó con su torpeza y arrogancia el mayor imperio de la historia: 

En el siglo XVIII hasta el momento presente, comienza a reinar   la dinastía en España los borbones, periodo durante el cual hubo guerras de sucesión, guerras dinásticas y para desgracia de España, dos restauraciones  dinásticas después de habernos librado de ellos, al grito de “borbones nunca más”, la primera después del golpe de Estado que acabó con la primera república española, y la segunda tras la imposición del dictador Francisco Franco, que dio lugar a la actual monarquía borbónica de raíces y espíritu franquistas. No obstante, lo que siempre, desde el primer instante lo que todos tuvieron en común fue su ambición desmedida en todos los aspectos de la existencia y sus, de devaneos sexuales, para los cuales no dudaron en asesinar o premiar a quienes pudiesen ser un obstáculo para sus caprichos.

Un breve repaso por la dinastía hasta la susodicha reina ninfómana nos demuestra que Isabel II, no era diferente del resto de su estirpe, sus descendientes, Alfonso XII, Alfonso XIII (productor de cine porno e introductor del mismo en España) y el heredero de Franco, Juan Carlos I, siguieron esos mismos parámetros de conducta, en todos los aspectos:

La dinastía comienza con Felipe V, gobernante de pocas luces y desarreglos mentales, era prototipo de  " enfermo imaginario" unos días y se creía difunto otros, mandando que lo enterrasen...

 No se cortaba el pelo ni las uñas de los pies. Por la noche mandaba a encender cientos de luces y de día mandaba correr todas las cortinas y permanecía en oscuridad. Se quedó viudo pronto y sus cortesanos metieron en su cama hasta sus propias hijas con tal de tenerle contento, eso hasta que se casó con una muy mala mujer, Isabel de Farnesio, la serpiente cascabel menos mortífera que ella, que lo convirtió en un títere de sus tejemanejes.

A continuación, llegó al trono Luis I de Borbón, hijo de Felipe V. se casó con tan solo 16 años y su esposa Luisa Isabel de Orleáns con 13 años. La reina tan solo pensaba en comer, beber, y mostrar sus "encantos"  a la guardia real, y como tenían prohibida  la vida marital por su corta edad, terminó por acostarse con toda la guardia real. El rey, al que el pueblo español llamó el "Bien Amado", mientras la reina disfrutaba del cuerpo de guardia, él lo hacía con las prostitutas que rondaban entonces cerca del Retiro.  Enfermó de viruela y murió sin cumplirse ni un año de su reinado; pero, después de destrozar muchos huertos ajenos al de su esposa.

Fernando VI, “El melancólico” también  era hijo de Felipe V, este nuevo rey era amigo de la soledad, de la suciedad y de golpear a sus servidores, heredando los extravíos mentales de su progenitor, poco más que decir sobre este breve rey.
De Carlos III, poco que decir, solo que fue el mejor de todos los borbones, incluido los actuales; aunque con muchas manías enfermizas.
Carlos IV, hijo del anterior, se creyó un ser superior al resto de los hombres, y lo único que fue el mayor cornudo de la historia de España, y junto con su hijo, uno de los dos mayores traidores a la patria conocidos.  Su esposa y a la vez prima Mª Luisa de Borbón, según los rumores de la época, tuvo varios amantes (siendo el más conocido de ellos Manuel Godoy, válido o primer ministro de su marido) con los cuales tuvo al menos catorce hijos y diez abortos, todo un récord... Suyas fueron las palabras:

“Con la muerte de mi marido desaparece la dinastía Borbón, pues ninguno de mis hijos es suyo”.

Del presunto hijo de Carlos IV, el futuro Fernando VII, además de ser el mayor traidor a España, junto con su padre,  y de ostentar el récord de ser el peor rey de la historia España, tenía otros muchos récords a tener en cuenta:


“Un miembro viril, del mismo tamaño de un pony”, y aquí  no es diminutivo, sino exagerado para un hombre. Con tan extraordinario miembro se dedicaba a violar a toda la que se le ponía por delante con total impunidad. Tuvo cuatro esposas y varias amantes (una de ellas madre del padre del futuro rey Alfonso XII, atentos a este dato, que nos desvela el libro Voces desde el más allá de la historia). Dicen que las malas lenguas que alguna de sus esposas, amantes o marido de sus amantes murieron en extrañas circunstancias. Ahí la gran labor de María Nieves Michavila Gómez, ha buscado y encontrado todo tipo de documentos hasta debajo de las piedras.

Buscando el sucesor al trono, Fernando VII se casó por cuarta vez con la hija de los reyes de Nápoles, M ª Cristina de Borbón, sobrina carnal suya, a la cual, muy romántico él, la violó la noche de bodas. Once meses después nace Isabel II. No es que fuese el embarazo de la burra. Lo cierto es que tuvo nueve hijos más, de los cuales las dos primeras eran hijas del rey, que la palmó, al no estar ya para tanto exceso sexual.

Pasando así a ser María Cristina, la reina o gobernanta de España, recordar:

"María Cristina me quiere gobernar y yo le sigo la corriente"
María Cristina se casó en secreto con un sargento, con el cual tuvo ocho hijos, siendo que no podía casarse, porque de hacerlo no podría haber ejercido de reina regente, la gobernanta debía ponerse vestidos muy anchos para disimular cada uno de sus ocho embarazos. De ella se decía que:

“La Regente es una dama casada en secreto y embarazada en público”.

Su hija, la reina Isabel II subió al trono con 13 años y tres más tarde, ya estaba casada con su primo Francisco de Asís de Borbón, que no podía mear de pie al cual llamaban Paquita Natillas. El cual, como es de suponer, era homosexual y con amante masculino, algo muy respetable, hoy en día, entonces...

De ahí que la reina tuviera varios amantes, uno de ellos Federico Puig Romero, antepasado de la autora del libro Voces más allá de la Historia, María Nieves Michavila.


Isabel II tuvo doce hijos, ninguno de su marido y uno de ellos fue Alfonso XII, que en una carta remitida a los hijos de Federico Puig Romero, les llama hermanos ¿Quién fue el padre de Alfonso XII? Este gran misterio nos lo descubre el libro Voces desde el más allá de la historia, o al menos sienta las bases para descubrir, quién fue el padre de Alfonso XII, porque si algo aporta el libro es un amplio surtido de documentos civiles, militares, políticos, eclesiásticos y diarios de la época.

©Paco Arenas
©Mis historias borbónicas

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