martes, 24 de mayo de 2016

La borrica, el vinatero y el obispo (leyenda conquense)




Agustín era uno de aquellos vinateros manchegos encargados de suministrar vino a las iglesias, estableciendo una bodega muy cerca de Cuenca, para así aprovechar y vender también vino a los paisanos  de la capital. Vendía tres calidades muy diferenciadas, el que compraban a granel y el que elaboraban ellos mismos, de su propia viña.  Cada vez que iba a Cuenca a llevar vino a la catedral y a la parte alta, dónde tenía sus mejores clientes, pasaba con su borrica por el puente de San Pablo. Llegó un momento que la avaricia del obispo, no provocaba que no le fuese rentable servir a la catedra. Siendo que el puente de San Pablo era propiedad del cabildo catedralicio y que estaba abandonado en su mantenimiento, el vinatero encontró la excusa perfecta para no suministrar su caldo a la catedral. Aunque con ello perdiese buenos clientes.  No le resultaba rentable ganar en sus pregones y perder en sus devociones, que tampoco las llevaba muy convencido.  A la catedral suministraba otra tercera calidad de vino, uno excelente solo para disfrute del obispo, el bueno para el oficio de la misa y otro de peor calidad para poder vender barato , siendo como he dicho el que era  para el señor obispo muy exquisito.

—Su eminencia— dijo con todo respeto al señor obispo aquella calidad mañana de mayo, no son cierto temor, por el mal genio que gastaba el dignatario de la catedral —no podré traerle más vino...

— ¿Qué tonterías dices, mentecato? —Replicó con encono el dignatario eclesiástico.

—Lo que ya le dije. Los borricos son muy sabios y mi borriquilla, se niega a pasar por el puente de San Pablo, por más que la fustigue. Y yo, siento hormiguillas en las piernas al caminar por las vibrantes piedras del puente. Y no voy a negar el miedo que sienten mis pobres y pecadores huesos cada vez que lo cruzo.

—¡Por Dios! Ya te ves con el sudario de Satanás, sube por otro camino. A Dios se llega con denodado esfuerzo, no en la sillita de la reina…

—Los animales son muy sabios. Por otra parte, si he de subir por callejones y recovecos, ni para subir al cielo, aunque me empujase el viento del cierzo, me salen las cuentas...

—¿Sabios los borricos? Pues yo no veo que tú seas muy sabio, más bien gañan a falta de una hornada para terminar de cocerte. Así que si no quieres que te retire la bendición y seguir vendiendo en la provincia episcopal, no sólo vas a seguir sirviendo el vino del oficio, sino que el que traes para mi disfrute, va a ser de balde. Además lo vas a traer por el Puente de San Pablo.

—Mi borrica se niega…—fue a protestar el vinatero, con palpitante preocupación, sin ser capaz ni de parpadear, por la nueva imposición.

—Yo, con la ayuda del Altísimo te ayudare a hacerlo. Debes traer una arroba más de vino del que vendes a los pordioseros, yo te diré lo que con él debes hacer.

Agustín, no vendía vino a los pordioseros, pues no lo podían pagar, sí que en ocasiones, llevaba vino un poco repuntado que llevaba de balde a la casa de la caridad que estaba cerca del castillo y que era a quienes el obispo les llamaba pordioseros.

— ¿Cómo, si la borrica se niega?

Quedaron vinatero y obispo en un mesón, ya desaparecido, cerca del puente, donde el obispo le explicó su plan, y que en cierto modo se lo había adelantado.

—Del vino peleón le das a la borrica para beber en lugar de agua, la engañas y yo echaré mi bendición al vino y a la borrica y sin duda, con la ayuda de Dios, la borrica cruzará...

—Si no es preciso engañarla, que bien que le gusta...que si me descuido, con una arroba no tiene bastante, aunque sea más vinagre que vino...

. Con gran placer la borrica bebió más de una arroba de vino y porque Agustín no quiso darle más, pues la borrica rebuznaba de puro placer. Tampoco se quedó con sed su eminencia, que aprovechando que era gratis fue bebiendo trago a trago sin necesidad de tazón o vaso.  A Agustín también le gustaba, sin embargo, mientras trabajaba no bebía, pasando envidia de obispo y pollina. Esperaron un rato para que el vino hiciese efecto. Obispo, vinatero y borrica se encaminaron en dirección al puente. La borrica se negaba a poner sus herraduras sobre el puente gótico, ni con vino ni sin vino. Sacó el obispo el hisopo y bendijo a la borrica. La borrica más terca que la mula de su hija, se negaba a cruzar.  Tiraba de los ramales Agustín y con más fuerza tiraba para atrás la borrica. Entonces el obispo tuvo una idea, puso delante del animal un tazón de vino peleón, mas la borrica no caminó. Llenó después un tazón con vino del que reservaba para él, apoyándose en uno de los muros del puente a bebérselo tranquilamente mientras que pensaba el modo de engañar a la borrica. De repente la borrica quiso probar ese exquisito vino, porque borrica sí, tonta no. El obispo se percató de la intención del animal y como si fuese zanahoria caminaba raudo por encima del puente a paso acelerado, cuánta más prisa se daba, más rápido trotaba el animal. De nada servía que le dijese:
—No se ha hecho este vino para la boca del asno.

Agustín, asustado, quiso contener al animal, que de una coz lo tiró fuera del puente. Y cuando del mareo y aturdimiento quiso recuperarse el vinatero, animal y obispo estaban en el centro del puente,  Un gran estruendo retumbo en la ciudad, el puente de San Pablo se derrumbó entre una gran nube de polvo y aroma afrutado al mejor vino de La Mancha.  Del obispo y borrica nunca más se supo, pues quedaron sepultados por las góticas piedras de San Pablo. Mientras el vinatero, salvado por la coz, daba gracias al Señor, al tiempo que decía a quien ya no le podía escuchar:

—Ya le dije a su eminencia que el puente no estaba para aguantar a dos borricos a un tiempo.

Y así cuenta la leyenda que se derrumbó el puente de San Pablo, si es verdad o no, no lo sé, pues una fotografía en blanco y negro así me lo conto y así lo cuento yo.

©Paco Arenas

Foto robada a Sole Martinez se puede ver cómo quedó el puente .

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