martes, 24 de mayo de 2016

La borrica, el vinatero y el obispo (leyenda conquense) (Fotos y dibujos del viejo Puente de San Pablo)






















Agradecer a Editorial L`Encobert que mi cuento «La borrica, el vinatero y el obispo», haya sido considerado digno de ser incluido en una antología de 19 narradores de la península ibérica, «Cuentos de Iberia», en la cual están incluidos autores de tanto prestigio como Federico García Lorca, Vicente Blasco Ibáñez, Rosalía de Castro, Leopoldo Alas Clarín y Carmen de Burgos, entre otros. 

Agustín era uno de aquellos vinateros manchegos encargados de suministrar vino a las iglesias de Cuenca. Pronto se percató del negocio que podría llegar a suponer el montar una bodega en la capital, pero no tenía bastante dinero y decidió hacerlo en un pueblo cercano a la ciudad, aun así, hubo de gastar más de lo que disponía y tuvo que pedir dinero prestado en régimen de usura al obispo de Cuenca.  Era intención suya, no solo suministrar vino a la Iglesia sino también aprovechar y vender a los paisanos de la capital. Vendía tres calidades muy diferenciadas, el que compraban a terceros a granel y el que elaboraban ellos mismos, de su propia viña. Entre el comprado a otros bodegueros tenían dos calidades, diferenciadas, bueno y regular, ninguno de esos iba para la misa, a la que servían solo vino de su mejor viña.

  Cada vez que iba a Cuenca a llevar vino a la catedral y a la parte alta, dónde tenía sus mejores clientes, pasaba con su borrica por el puente de San Pablo. Viendo el obispo el agobio económico del vinatero, pensó que podría rentabilizar; todavía más, su trato con él. Le subió el interés de préstamo al mismo tiempo que le bajo el precio del vino que compraba.

—O lo tomas o lo dejas. Tú decides.

  Llegó un momento que la avaricia del obispo, provocaba que no le fuese rentable servir a la catedral. Siendo que el puente de San Pablo era propiedad del cabildo catedralicio, y que estaba abandonado en su mantenimiento, el vinatero encontró la excusa perfecta para no suministrar su caldo a la catedral ni a los vecinos del Vati[2] y venderlo a otros vecinos de la parte baja de Cuenca.  Aunque con ello perdiese buenos clientes.  No le resultaba rentable ganar en sus pregones y perder en sus devociones, que tampoco las llevaba muy convencido.
  A la catedral suministraba otra tercera calidad de vino, uno excelente solo para disfrute del obispo, el bueno para el oficio de la misa y otro de peor calidad para poder vender barato, siendo como he dicho el que era para el señor obispo muy exquisito.

—Su eminencia— dijo con todo respeto al señor obispo aquella cálida mañana de mayo, no son cierto temor, por el mal genio que gastaba el dignatario de la catedral —no podré traerle más vino…

— ¿Qué tonterías dices, mentecato? —Replicó con encono el dignatario eclesiástico.

—Lo que ya le dije. Los borricos son muy sabios y mi borriquilla, se niega a pasar por el puente de San Pablo, por más que la fustigue. Y yo, siento hormiguillas en las piernas al caminar por las vibrantes piedras del puente. Y no voy a negar el miedo que sienten mis pobres y pecadores huesos cada vez que lo cruzo.

—¡Por Dios! Ya te ves con el sudario de Satanás.  Sube por otro camino. A Dios se llega con denodado esfuerzo por la senda del sufrimiento y el sacrificio, no en la sillita de la reina...—replicó el obispo mientras que devoraba unas chuletas de lechón y disfrutaba de buen vino.
—Además, ¿cómo se va a caer el puente si está bendecido?

—Los animales son muy sabios y ni por Dios consiente entrar. Por otra parte, si he de subir por callejones y recovecos, ni para subir al cielo; aunque me empujase el viento del cierzo, me salen las cuentas...

—¿Sabios los borricos? Pues yo no veo que tú seas muy sabio, más bien gañan a falta de una hornada para terminar de cocerte. Así que, si no quieres que te retire la bendición y seguir vendiendo en la provincia episcopal, no sólo vas a seguir sirviendo el vino del oficio, sino que el que traes para mi disfrute, va a ser de balde. Además, lo vas a traer por el Puente de San Pablo. Y ya veremos cómo pagas lo que me debes. Tú mismo, te puedes ver como Zacarías, pidiendo limosna en la puerta de la catedral, y contigo no voy a tener tanto miramiento. 

—Mi borrica se niega…—fue a protestar el vinatero, con palpitante preocupación, sin ser capaz ni de parpadear, por la nueva imposición.

—Yo, con la ayuda del Altísimo te ayudare a hacerlo. Debes traer una arroba más de vino, de ese que vendes a los pordioseros, yo te diré lo que con él debes hacer, que con la ayuda del Altísimo todo saldrá a pedir de boca.

Agustín, no vendía vino a los pordioseros, pues no lo podían pagar, sí que, en ocasiones, llevaba vino un poco repuntado que les daba de balde a la casa de la caridad que estaba cerca del castillo y que era a quienes el obispo les llamaba pordioseros.

— ¿Cómo, si la borrica se niega?

—Tú no te preocupes, que, llegado el momento, yo te lo diré.

Quedaron vinatero y obispo en un mesón, ya desaparecido, cerca del puente, donde el obispo le explicó su plan, y que en cierto modo se lo había adelantado. en un mesón, ya desaparecido, cerca del puente, donde el obispo le explicó su plan, y que en cierto modo se lo había adelantado.

Quedaron vinatero y obispo po le explicó su plan, y que en cierto modo se lo había adelantado.

—Del vino peleón le das a la borrica para beber en lugar de agua, la engañas y yo echaré mi bendición al vino y a la borrica y sin duda, con la ayuda de Dios, la borrica cruzará...

—Si no es preciso engañarla, que bien que le gusta..., si me descuido, con una arroba no tiene bastante, aunque sea más vinagre que vino...

Con gran placer la borrica bebió más de una arroba de vino, y porque Agustín no quiso darle más, pues la borrica rebuznaba de puro placer. Más contenta jamás la vio Agustín.  Tampoco se quedó con sed su eminencia, el cual se tomó licencias que no le habían sido otorgadas, así que, aprovechando que era de balde, fue bebiendo trago a trago sin necesidad de tazón o vaso.  A Agustín también le gustaba, sin embargo, mientras trabajaba no bebía, que luego, hasta con el mejor de sus caldos le dolía la cabeza, pasando gran envidia de obispo y pollina.
—¿No bebes? —Preguntó el obispo.

—No, estoy de ayuno voluntario —mintió Agustín.

—Tú te lo pierdes, hoy no es Jueves Santo, y ni entonces hago ayuno, para eso tengo licencia del obispo —rio el obispo, borracho como comenzaba a estar.

Esperaron un rato para que el vino hiciese efecto. Obispo, vinatero y borrica se encaminaron en dirección al puente. La borrica se negaba a poner sus herraduras sobre el puente gótico, ni con vino ni sin vino. Sacó el obispo el hisopo y bendijo a la borrica. La borrica más terca que la mula de su hija, se negaba a cruzar.  Tiraba de los ramales Agustín y con más fuerza tiraba para atrás la borrica. Entonces el obispo tuvo una idea, puso delante del animal un tazón de vino peleón; sin embargo, la borrica no caminó. Llenó después un tazón con vino del que reservaba para él, apoyándose en uno de los muros del puente a bebérselo tranquilamente mientras que pensaba el modo de engañar a la borrica. De repente la borrica quiso probar ese exquisito vino, porque borrica sí, tonta no. El obispo se percató de la intención del animal y como si fuese zanahoria caminaba raudo por encima del puente a paso acelerado, cuánta más prisa se daba, más rápido trotaba el animal. De nada servía que le dijese:

—No se ha hecho este vino para la boca del asno.

Agustín, asustado, quiso contener al animal, que de una coz lo tiró fuera del puente. Y cuando del mareo y aturdimiento quiso recuperarse el vinatero, animal y obispo estaban en el centro del puente, Un gran estruendo retumbo en la ciudad, el puente de San Pablo se derrumbó entre una gran nube de polvo y aroma afrutado al mejor vino de la Mancha.

 Del obispo y borrica nunca más se supo, pues quedaron sepultados por las góticas piedras de San Pablo. Mientras el vinatero, salvado por la coz, daba gracias al Señor, al tiempo que decía a quien ya no le podía escuchar:

—Ya le dije a su eminencia que el puente no estaba para aguantar a dos borricos a un tiempo.

Y así cuenta la leyenda que se derrumbó el puente de San Pablo, si es verdad o no, no lo sé, pues una fotografía en blanco y negro así me lo contó y así lo cuento yo.


©Paco Arenas
©Esperando la lluvia-Cuentos al calor de la lumbre



[1] Agradecer a Editorial L`Encobert que mi cuento «La borrica, el vinatero y el obispo», haya sido considerado digno de ser incluido en una antología de 19 narradores de la península ibérica, «Cuentos de Iberia», en la cual están incluidos autores de tanto prestigio como Federico García Lorca, Vicente Blasco Ibáñez, Rosalía de Castro, Leopoldo Alas Clarín y Carmen de Burgos, entre otros.  
[2] «Vati», de Vaticano, es el nombre con el que conocen algunos vecinos de Cuenca a la parte alta de la ciudad, por su gran número de iglesias y conventos.









Foto prestada Sole Martínez se puede ver cómo quedó el puente .










Este relato forma parte del libro:
ESPERANDO LA LLUVIA-CUENTOS AL CALOR DE LA LUMBRE
Así mismo, forma parte de CUENTOS DE IBERIA la antología de los mejores cuentos costumbristas españoles, en la que participan autores de tanto prestigio como  Federico García Lorca, Vicente Blasco Ibáñez, Rosalía de Castro, Leopoldo Alas Clarín y Carmen de Burgos, entre otros.  

Enlaces de obras publicadas:



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